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Ya te digo

Ya te digo.
Ramón y Julia se conocían de otros cursos pero fue en el penúltimo año de carrera cuando se descubrieron el uno al otro. Estaban en el mismo grupo de estudio y coincidían en el autobús después de las reuniones. Empezaron hablando de la universidad y acabaron pasando el resto de las tardes en la cama. Se licenciaron en Derecho y comenzaron a trabajar. Él en un despacho de abogados, ella en una organización de trabajo Social, dando cobertura legal a grupos marginales. Se compraron un chalet adosado cerca de la ciudad y después de unos meses de convivencia, se casaron. Como era de esperar, todo, absolutamente todo, se normalizó hasta el hastío.
Esta historia comienza en ese momento en el que piensas que es demasiado pronto para que todo este ya trazado y sea la vida un terreno tan previsible. En ese momento de la relación en el que se empieza a considerar que un amante, sería una solución más que un problema.
Ramón llegó tarde a casa y la encontró leyendo en el sofá. Ella miró silenciosamente por encima de sus gafas. Él dejó la cartera en el suelo y se sentó a su lado. Le resultaba todo tan familiar que ya supo lo que pasaría a continuación. Se iría hasta la cocina y con una cerveza en la mano se pondría a hacer cosas en su ordenador, al cabo de un par de horas se llamarían y bajaría a cenar para ver la tele un rato y dormir hasta el día siguiente. Se respetaban, se trataban bien, hasta se querían, pero la monotonía había asentado sus enormes posaderas y la comodidad ya había ganando la batalla a la imaginación.
La observó discretamente y apreció como su falda le subía más de la cuenta al plegar las piernas sobre el sofá. Le gustó tanto la visión de las medias por encima de lo que se solía apreciar, que intento imaginarla sin la falda. Sintió una punzada de deseo que le resultó muy estimulante. No pudo por menos que pensar en cuanto tiempo llevaban sin hacer el amor…..peor aún, en cuanto tiempo llevaban sin añorarlo.
-¿Cuánto tiempo llevamos sin hacer el amor?
Ramón observó a Julia mientras ella se quitaba lentamente las gafas, sorprendida por ese tipo de intervención. Ella, como si acabase de despertar, le miro intentando adivinar a donde quería llegar.
-No sé. ¿Cuánto?
– Dos, tres semanas…¿Un mes tal vez?
Los dos callaron como necesitando un tiempo como para comprender lo que se habían dicho.
Ella cerró el libro y dejo las gafas encima de la mesa. Intuyó por donde iba la trayectoria de la conversación, decidió acortar distancias y ahorrar tiempo.
-¿Qué te pasa?
-Me acuerdo demasiado de nuestros comienzos, cuando no salíamos de la cama. No sé Julia…pienso que ya no hacemos nada interesante.
-¿Qué te gustaría hacer?
-¿Te refieres a algo que no haya hecho nunca?
Ella no se refería a eso, pero no quiso perder la oportunidad de hablar de ello.
-Si..¿Por ejemplo?….
-Pues, después del todo el tiempo que llevamos sin sexo….tal vez, ir de “putas”.
Le salió de dentro. Hasta él se sorprendió de lo espontaneo que fue. No lo tenía pensado pero no quiso retractarse. Si a él le pillo de improviso, a ella la dejo perpleja, pero aguantó sin inmutarse, no quería escandalizarse o comenzar una discusión. Sonrió como hacia cuando no sabía qué decir ni qué hacer. Él aprovecho para romper la rigidez que estaba tomando la conversación.
-¿Me dejas?..¿Me das permiso?
Lo dijo con una sonrisa inocente, dejando claro que bromeaba. A ella la gustó por donde estaba discurriendo la conversación. Por un momento temió que acabasen discutiendo.
-¿Nunca te has ido “de putas”?
-No…..¿Puedo?
-No, no puedes.
-Anda…déjame..
Usó un tono especialmente forzado, ridiculizando el ruego, infantilizándolo, ella soltó una carcajada contenida.
-No. No puedes.
-¡Nazi!
-¡Tarado!
Siguieron bromeando un rato, contentos los dos de ver cómo estaba evolucionando la situación. Pasaron a la cocina, abrieron una botella de vino y la conversación seguía alrededor del mismo tema continuando en el mismo tono desenfadado.
-Irse “de putas” no es “ponerte los cuernos” o serte infiel…es solo una transacción comercial, sin afectos de por medio.
-Anda ya abogado, que me estas intentando liar.
Cenaron algo de pasta con más vino y en la cama follaron con ansia, como su ya demostrada amnesia, les impedía recordar. Después, Ramón se quedo dormido y Julia recostada en el cabecero de la cama, con el pecho aún descubierto y las sabanas apenas tapándole el tupido vello rizado del pubis, pensaba en lo que hablaron antes del vino, la cena y el “polvo”. El olor dulzón de su sexo y el semen la traían buenos recuerdos. Aspiro intensamente esos aromas y cerró los ojos para concentrarse mejor.
Reflexionó sobre las consecuencias de esa situación, que le había llevado a la cama con esa intensidad que ya no recordaban. Algo germinaba en su cabeza, algo que la hacía sonreír. Se levantó, se puso una sudadera y notando el fresco de la noche en sus nalgas, se fue a fumarse un cigarro al jardín. Se lo merecía, o se lo iba a merecer.

Ramón llego tarde a casa. Quería tumbarse, aflojarse la corbata y tomarse una cerveza. Julia estaba en el porche del jardín. Llevaba el pelo recogido solo del lado derecho, unos grandes pendientes de aro, una blusa ajustada de color rosa, una falda corta y unas medias de rejilla. También un maquillaje excesivo y un lunar falso cerca de la comisura del labio. Agitaba la mano con un cigarro apagado. Ramón se quedó contemplando la escena sin acabar de entender lo que sucedía.
-¿Tienes fuego?
-No…si, perdona.
No tenía un mechero, al contrario que Julia, él no fumaba. Recordó que había uno en la mesa del porche para encender las velas antimosquitos.
Con el cigarro en la boca, ella le insinuó hablando mientras expulsaba el humo,
-¿Quieres pasar un rato conmigo?
-Bueno.
Sonrió comenzando a entender el juego. Ella le paró en seco.
-Son 50 Euros.
Ramón la miro sorprendido. Ella seria, afirmó:
-Por adelantado…¿Tienes el dinero?
Él bromeo.
-¿Aceptas tarjetas?
-Oye guapo. Dame 50 Euros y hacemos lo que quieras, pero si no tienes el dinero o no te intereso, vete a reírte de tu “puta madre”. ¿Vale?
Lo dijo con violencia y una “mala leche” que a Ramón dejo perplejo.
-No, no. Perdona, perdona.
Echó el humo del cigarro y más tranquila pero aún seca y seria le dijo.
-¿Bueno que?…
Mirándola fijamente, con la boca semiabierta, Ramón se preguntó hasta que punto esa era “su Julia”.
-Tú…”empanao”, No me hagas perder el tiempo.
-Si, si, vamos.
-Vale…la “pasta” por adelantado.
Extendió la mano.
Ramón se cogió la cartera y busco el dinero, acababa de sacar de un cajero como hacían todos martes. Por un momento pensó en como justificaría ese dinero gastado a Julia. No llegó a comprender lo absurdo de esa preocupación ya que ella le cogió el dinero rapidamente y dándole una calada al cigarro dijo:
-¿A dónde vamos? ¿Alquilamos una habitación? La pagas tú.
-Aquí, vivo aquí y podemos quedarnos aquí.
-Vale. Está bien.
Tiró el cigarro al suelo y lo pisó girando el pie.
Entraron en la casa, él fue encendiendo las luces del recibidor, llegó hasta la cocina y elevando la voz dijo.
-¿Quieres algo de beber?
-No..¿Y tú…qué quieres?
Él se giró mirando por encima de su hombro y la vio desnuda entre los claroscuros de la luz que se filtraba por las ventanas del salón.
Llevaba solo las medias de rejilla sujetas con un liguero. El pubis afeitado, dejando visibles los labios menores de su vulva, y un tatuaje de esos que se pegan con agua, de una serpiente enroscándose entre sus dos ingles. Ramón trago saliva y se fue acercando a ella tropezando con todo lo que le salía a su paso. Tenía el pene tan duro que el pantalón le molestaba como nunca lo había hecho. Él intento besarla, ella se retiró, acaricio su cuello y le susurro al oído:
-Besos, solo aquí.
Le señalo la mejilla.
Ella bajó la mano, le cogió el pene y él sintió que se derretía al notar sus dedos rodeándole y apresándole el miembro duro como el mármol. Aún de pie, ella levantó una pierna para facilitar que la penetrase. Ramón entró en su vagina jugosa con gran facilidad y comenzó a moverse rítmicamente. Ella bajo las manos y le cogió de las nalgas para acompañar sus movimientos. Acercó otra vez sus labios hasta su oído y le susurró:
-Pero que necesitado estas, cariño.
Una de sus manos subió hasta su oreja y le acaricio el lóbulo.
Ramón se corrió sin poderlo remediar y como hacía mucho tiempo. La miró jadeando y se fue derrumbando en uno de los sillones dejándose caer. Ya más relajado, le miró los pechos como le oscilaban según respiraba después de haber follado. Ella estaba sudorosa y agitada, algo alterada, intentando no perder el control.
Comenzó a recoger su ropa y a vestirse.
-¿Te ha gustado?
Se subió unas bragas baratas de un color violeta eléctrico.
-¡Joder! Si, mucho.
-Pues toma, este es mi teléfono. Me llamas cuando quieras y ya sabes…tan sencillo como eso. Sin líos, sin “te quiero”, sin complicaciones, que los dos sabemos lo que hay.
Le alargó una tarjeta en donde se podía leer: “Talleres Martin” y un número de teléfono móvil. Era una tarjeta discreta, no daba pistas de ningún tipo. Ramón la miró sorprendido.
-¿“Talleres Martin”?
– Tú no te has ido “de putas” en tu vida. Me llamo Lola, imagínate que te pilla la tarjeta tu mujer. ¿Qué le dices?…Porque ¿Tienes una mujer, verdad?
Afirmo lentamente con la cabeza. Era verdad, no había ido “de putas” nunca, aunque reconocía en Lola un trato tan “profesional” que se preguntaba, con algo de recelo como Julia lo conocía con tanto detalle. Sin duda por experiencia, aunque no suya directamente y si de algunas de las “chicas” del colectivo al que ella asesoraba y daba protección jurídica. Se la imagino pidiéndolas consejos y tal vez haciéndolas cómplices de todo esto. Veía que aún tenía mucho que aprender de Julia y ¿Porque no? de Lola. Mientras se ajustaba la falda aún con los pechos desnudos, él pensó que estaba dispuesto a ello. Lola se abrochaba la blusa y le miraba con algo de compasión, con una cierta mirada de tutela, con la disposición de un mentor hacia su discípulo.
-La próxima vez podemos hacer “algo especial”. Chupártela es algo más barato y si quieres metérmela por detrás tendrás que avisarme antes.
-¿”Por detrás”?
-Si. ¿No me digas que “eso”, tampoco lo has hecho nunca?
Negó muy pausadamente. Recordó que lo había intentado con Julia, hacia ya mucho tiempo. Ella se quejaba de que le dolía, de que “era sucio” y así, dio excusas hasta que, simplemente, la idea cayó en el olvido de ambos. Ramón la miraba sin dar crédito a lo que le estaba pasando. Ella buscaba sus zapatos y al pasar a su lado, le acaricio la barbilla y aprovecho para cerrarle la boca que llevaba ya un buen rato abierta. Se encendió un cigarro y sujetándose el codo con la mano, dijo en tono meloso mientras le señalaba, con los dedos que sujetaba el cigarro, la tarjeta de “Talleres Martin”.
-Ya sabes dónde estoy. Basta con que tengas ganas….y dinero.
-¿Y tú….tendrás ganas?
Lo dijo con una sonrisa que llevaba implícita un intento de establecer una nueva conexión con Julia. Como diciéndole que se reconocían mutuamente.
Ella no estaba dispuesta a perder ni un palmo de terreno y ya por tercera vez, le volvió a cortar en seco. Le miro con cara de quien está perdiendo la paciencia. Se recompuso las tetas con las dos manos y con una sonrisa torcida y los ojos entornados, como si se dirigiese a su alumno menos aventajado, le dijo muy despacio.
-Soy una “puta” cariño. Mientras tú tengas dinero, yo tendré ganas.
Dio una calada a su cigarro y expulsó el humo sin dejar de mirarle.

Lola se fue y Julia llegó al rato, cansada y comentando como le había ido en trabajo. Estaba animada y no paraba de hablar. Ramón al principio estuvo callado y confuso, pero según fue comprobando que ella no estaba dispuesta a hablar de lo que había sucedido, fue sintiéndose más cómodo y se fue soltando poco a poco. Julia de una forma u otra, dejó bien claro que no pretendía crear, ni siquiera insinuar levemente, ningún tipo de nexo posible entre ella y Lola. Quedaban así, sin haber intercambiado una palabra sobre este tema, establecidas las reglas. Lola y Julia no eran la misma persona, las dos pertenecían a mundos y universos distintos e incompatibles. El encanto de esta situación era que nunca, nunca, se hablase de la misma. Ramón fue comprendiendo esto, según vio a Julia desenvolverse después de lo sucedido. No podía dejar de sentirse algo culpable y al mismo tiempo ser consciente de saber que no tenía motivos para ello. Tendría que acostumbrarse a esto, también estaba dispuesto a ello.

Días más tarde Ramón llego a casa y encima de la cama había una falda verde con una etiqueta colgando que indicaba un precio de 50 Euros.
-¿Y esto?
-¿Te gusta? Me la he comprado con un dinero que me ha entrado. Algo puntual e imprevisto. Un capricho.
-Me parece bien. ¿Habrá más “dineros” de esos que te “han entrado”?
Todo esto se lo dijeron sin verse. Ella estaba en el baño a punto de ducharse y Ramón en el dormitorio. Ella se asomó por la puerta totalmente desnuda, el tatuaje había desaparecido. Mientras sujetaba la toalla tapándose ligeramente su rasurado pubis, le dijo.
-No sé. Ojalá que sí.
Se metió nuevamente en el baño y gritó alzando la voz para que se la escuchase entre el ruido del agua de la ducha.
-Ha resultado tan fácil ganarlo que no me da ninguna pena gastarlo.
Ramón no se lo pensó y se fue decidido hacia el baño mientras se quitaba rápidamente la ropa, tropezando con sus propios pantalones. Cuando entró en la ducha Julia dio un pequeño grito de sorpresa y él la cogió en volandas para poderla penetrar. Se besaron entre risas y suspiros. El temió resbalarse pero los calcetines que aún conservaba le dieron la seguridad que necesitaba para empalarla mientras la espuma y el agua tibia les resbalaba por la espalda. Julia se corrió mientras gemía con un suspiro profundo e intenso.

Era el primer día de calor de esa primavera. Celebraban la ya tradicional fiesta de cumpleaños de Rafa, el primo de Julia. Se reunían en el chalet de Rafa y toda la familia acudía a tomar vino, comer tortilla y luego disfrutar de una barbacoa. Los pequeños corrían gritando por el jardín mientras las tías, abuelas y demás señoras allegadas, charlaban animadamente bajo uno de los frondosos árboles mientras bebían discretamente más vino del que estaban dispuestas a reconocer.
Ramón estaba dentro de la casa con una copa en la mano mientras miraba a través de la cristalera del salón a Julia que charlaba animadamente con uno de sus primos y un amigo que este había traído. Llevaba una blusa de color hueso y estrenaba su falda verde. El pelo le brillaba con el sol y entrecerraba los ojos mientras reía de lo que comentaban, de vez en cuando se cubría la frente con la mano a modo de visera mientras oía lo que decían los dos. Todo esto le daba un aire juvenil que hacía que Ramón no pudiese quitarle los ojos de encima.
La tía Sara se aproximó por detrás sujetando un plato con trozos de tortilla. Miró lo mismo que él observaba a través del ventanal y suspirando, exclamó:
-Ay hijo. Julia esta guapísima.
-Si Sara. Si lo está.
La tía Sara se quedó unos instantes mirando junto a Ramón por el ventanal, sin soltar el plato de tortilla.
-Tu mujer es un tesoro, vale un montón.
Le dio un beso en la mejilla y se fue en busca de gente hambrienta mientras gritaba: “¿Quien quiere tortilla?”
Ramón buscó en su cartera y sostuvo entre sus dedos la tarjeta de “Talleres Martin”, mientras se decía para sí.
-Ya te digo.
Tarquino Lauro

Autor: Tarquino Lauro

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