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VÉRTIGO

Oyes voces a tu alrededor animándote a saltar y no lo haces. Quienes mejor te conocen saben lo importante que es ese salto para ti. Es lo más. La decisión es sólo tuya. Nadie puede vivir por ti. Tus pies permanecen sujetos al suelo, anclados. Quieres saltar, lo deseas con todas tus fuerzas. Ya lo has hecho antes. Muchas veces. Y sin embargo, está vez, no te atreves. Algo te lo impide. Sientes pánico. ¿Y si el paracaídas, está vez, no se abre?

Sabes muy bien que saltar es lo único que te mantiene con vida. Te apasiona. Es lo que tiene amar el lado salvaje de la vida. Nunca fuiste de retos sencillos. El riesgo y la adrenalina te acompañan desde la cuna. Vivir despeinada. Llegar al final del viaje exhausta y feliz por haber saboreado hasta el último sorbo. Sin dejarte nada. Por eso todavía continúas ahí, asomada y con la punta de los pies en el aire. Tus manos se agarran con fuerza a la puerta abierta, mientras el viento no deja de golpear tu rostro. Te está invitando a saltar. Te sacude fuerte para vencer tus miedos. Sigues inmóvil, petrificada. Sabes que el trayecto no será eterno y que debes tomar una decisión. Es ahora o nunca. La vida es para los valientes. Actor o espectador. Tú decides.

Cierras los ojos y te imaginas que lo has hecho. Ves toda la secuencia. Tú cuerpo está flotando en el aire. Nadie te empujó. Fuiste tú quien saltó. Sin red. La sensación es brutal. Tú cuerpo desciende a una gran velocidad, en caída libre. Agarras la anilla y tiras de ella. Pasa un segundo que parece toda una eternidad. Suerte que apenas tienes tiempo para pensar. Sobre tu cabeza comienza a desplegarse el paracaídas. No hay sorpresas. Llegó fiel a su cita. No podía dejarte sola. Esta vez no. Nunca más. Por primera vez sonríes. Lanzas un grito de victoria e incluso pataleas de alegría. Lo has conseguido. Estás curada. Le echaste un pulso al vértigo y saliste vencedora. No podías perder. La vida estaba en deuda contigo. Ahora te toca ser feliz. Te lo mereces. Con la seguridad del triunfo disfrutas del descenso. Sigues flotando y admirando el paisaje. Es lo más bonito que recuerdas en mucho tiempo. Te sientes plena. Jamás tuviste una sensación parecida. Dominas el horizonte y estás segura. Pendes de un hilo, pero ahora tienes la certeza de que nada malo puede sucederte. Llevas el control. Puedes hacerlo. Abres los ojos… y saltas.

 

Pedro García Gallego

Autor: Plataforma de amor

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