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Una Puerta Abierta a la Esperanza

 

Primer capítulo

Tumbada en la orilla de la playa, las olas acariciaban mi cuerpo mientras el sol me llenaba de energía. A pesar de tener los ojos cerrados, sentía su presencia. Estaba allí, a mi lado. Notaba su respiración sin poder decir nada. No quería romper la magia de aquel instante, tal vez el último… Mi mente era un mar de contradicciones.

Abrí los ojos. Era inútil seguir alargando aquella pesadilla. Me senté en la arena, dejando que las olas siguieran bañando mis piernas. A nuestro lado pasaban los turistas, ajenos a mi sufrimiento. Le miré. Por primera vez me pareció un extraño. Alguien a quien ya no tenía nada que decir. Me levanté y me fui. El rumor de las olas me acompañó hasta el hotel. Entré en la habitación, hice mi maleta.

Esa habitación, que tantas noches de placer me había proporcionado, quedó atrás junto a su mirada. Había llegado justo cuando me disponía a salir, llevando mi maleta casi vacía. No quería nada que me recordara a aquella escapada. Intentó hablar pero mi mirada le advirtió que no lo hiciera.

Atravesé el hotel hacia la puerta de salida mientras las lágrimas rodaban por mis mejillas y sus palabras, tantas veces repetidas, sonaban como el eco: “te quiero, te quiero, te quiero”… Querer… ¿Qué sabía él lo que era querer? O tal vez sí, pero no a mí.

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Un movimiento brusco me sobresaltó. El avión atravesaba una zona llena de nubes y las turbulencias comenzaban a ser molestas. Me había quedado dormida mientras me alejaba de él y, sin embargo, mi subconsciente había revivido momentos vividos meses atrás. Me incorporé en mi asiento. Tenía que poner en orden mi vida y empezar de nuevo.

Agradecí estar en el avión y no poder encender el móvil. No quería enfrentarme a un mensaje en el contestador o quizás peor… a la ausencia de ellos. Sentía un gran vacío en mi interior. Cerré los ojos y volví a pensar en aquel taxi, en mi vestido azul y en el calor insoportable de un Madrid en pleno mes de junio. Sonreí. Al fin y al cabo, recordar es vivir dos veces.

El comandante anunció nuestro aterrizaje en Barajas. Nadie me estaba esperando.

Encendí el móvil. Esperé un minuto, dos, tres… No sirvió de nada. El silencio más absoluto se había apoderado de mi smartphone. Mi primer impulso me llevó a marcar su número pero me arrepentí en el último instante. Y entonces ocurrió. Su número apareció reflejado en mi pantalla.

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En el hotel Alessandro mantenía su teléfono en la mano, esperando que ella respondiese. Intento fallido. Sabía lo orgullosa que era y que tenía que hacer algo más que una llamada para recuperarla. Pero no se le ocurría nada original.

Se sentó en la cama mirando al mar. Recordó su primer encuentro en África. Etiopía y su pasión por viajar les habían unido. Su aspecto frágil le llamó la atención. Se preguntó si estaría preparada para enfrentarse a la pobreza de un país tan terriblemente bonito como duro. Se fijó en la intensidad de sus ojos azules, en su mirada penetrante y directa, que indicaba una tremenda sinceridad, y en su sonrisa tímida. No pegaba en aquel ambiente, sin embargo pronto descubriría que bajo aquella fragilidad se escondía alguien terriblemente tenaz, segura de lo que quería y a la que nadie podía parar cuando estaba dispuesta a hacer algo.

Berhan, el guía, les presentó. Les esperaban días intensos por caminos tortuosos a los que él estaba acostumbrado pero se preguntaba cómo iba a afrontarlos ella. Salieron del aeropuerto de Addis Abeba en dirección al hotel.

´- No quiero parecer machista, dijo Alessandro con su acento italiano, pero ¿qué hace una chica sola en un país como Etiopía?

A Nerea le molestó la pregunta. Siempre había tenido que demostrar que podía hacer muchas cosas, a pesar de su aspecto frágil y tímido. Se había embarcado en aquella aventura con la oposición de todos los que la conocían pero estaba dispuesta a vivir aquel sueño, a pesar de lo que los demás opinaran. Quería vivir su vida a su manera porque la vida le había demostrado que podía ser muy corta y que el mañana no existe.

–       Lo mismo que un italiano solo, respondió cortante.

La cosa empezaba bien, pensó Alessandro. Tenía personalidad. Lo había demostrado simplemente iniciando un viaje que no era fácil. Solo esperaba no tener que tirar demasiado de ella. Podía ayudar pero no ser su hermano mayor. No estaba dispuesto a ello.

La ciudad no gustó a ninguno de los dos. Berhan les comentó que no tenía nada que ver con lo que iban a visitar en los días sucesivos.

Nerea estaba ilusionada con la primera parte del viaje. Las tribus la apasionaban. Había leído mucho sobre el país pero sobre todo quería ver de cerca cómo vivían aquellas personas que veía en los documentales. Quería mezclarse entre ellos y sentir una realidad tan diferente a la suya.

Como en todos los viajes el primer día solo sirvió para hacer un breve recorrido. El colofón vino de la mano de una cena en un típico restaurante. Alessandro empezó a comprender en aquel momento que quien estaba sentada frente a él era alguien a valía la pena conocer, mientras comían injera. Sacó su cámara y sin que ella se diera cuenta hizo la primera de una serie de fotos de la mujer que iba a marcarle para siempre. Ella, mientras tanto, se afanaba en comer con la mano, imitando a los allí presentes. Tenía mucho que aprender y estaba dispuesta a ello.

La cena resultó muy agradable. Berhan les introdujo en la historia de la ciudad y agotados por el viaje decidieron acostarse temprano. Al día siguiente tocaba hacer un tour por los museos y monumentos más importantes, aunque Nerea estaba ansiosa por partir hacia el sur y comenzar su periplo por las tierras habitadas por las tribus.

Llegaron al hotel y se despidieron con dos besos. Cansada, Nerea se acostó con una amplia sonrisa. Algo le llamaba la atención poderosamente de Alessandro, aunque no estuviera dispuesta a reconocerlo.

Segundo capítulo

 Amanecer en Etiopía le pareció a Nerea un sueño. Se levantó a toda velocidad, dispuesta a ver el resto de la ciudad pero, sobre todo, tenía la curiosidad añadida de conocer un poco mejor a Alessandro.

Se reencontraron en el comedor del hotel. Berhan les saludó y les dijo que en una hora les esperaba en el coche.

–       ¿Preparada para la aventura? Preguntó el italiano.

–       Creo que mucho más de lo que imaginas, respondió con una pícara sonrisa Nerea.

No tardaron mucho en desayunar. No querían perder tiempo. Y así el día transcurrió entre catedrales, museos, grandes residencias de emperadores, unas preciosas vistas de la ciudad desde lo más alto de la capital… pero lo que más llamó la atención a Nerea fue el Merkato, al que denominan el mayor mercado de África. Berhan les dijo que les acompañaría un guía local, que conocía mejor los entresijos del lugar. No era aconsejable llevar cámaras ni objetos de valor y, por supuesto, no enseñar mucho dinero. Había que regatear en todo momento y no separarse demasiado del guía si no querían tener problemas. Alessandro pudo adivinar su temor y la cogió de la mano cuando comenzaron a andar por las innumerables calles llenas de objetos. Ninguno de los dos compró nada. Quedaban muchos días de viaje y era mejor esperar.

Nerea agradeció salir de allí. No quería reconocerlo pero no se sentía a gusto en aquel lugar. Veía cómo miraba la gente el dinero de los turistas y agradeció que les hubieran asignado a aquel guía, al que parecían conocer tan bien todos los comerciantes.

Alessandro observaba a Nerea en todo momento. Acababa de conocerla pero estaba seguro de que iban a disfrutar mucho juntos. Le intrigaba el misterio que desprendía y quería conocer lo máximo posible de ella durante aquellas tres semanas.

En la comida Nerea le dio las gracias.

–        ¿Por qué? Preguntó Alessandro.

–       Por hacer que me sintiera segura en el Merkato.

Alessandro sonrió. Se sentía feliz.

–       ¿Han terminado? Preguntó Berhan. Tenemos que partir rumbo al sur y nos queda un largo camino para llegar.

Montaron en el coche que iba a llevarles. Un todoterreno con las maletas atadas en la parte de arriba y junto a ellas bidones de gasolina. Nerea miró asombrada a Alessandro.

–       ¿Vamos a llevar la gasolina encima de nuestras cabezas? ¿Y si hay un accidente?

–       Esto es África, respondió divertido. ¿No querías aventura? Pues la aventura comienza ahora…

Y comenzó. Nerea nunca olvidaría el camino al sur. Carreteras llenas de baches en las que los conductores no respetaban los carriles, carros tirados por burros, como en la antigua España,  junto a destartalados coches repletos de gente que incluso sobresalían de los vehículos o grandes camiones… y de repente… una avería que nadie sabía explicar en qué consistía. El coche estuvo durante hora y media con seis  personas debajo del mismo. Aquel tiempo les sirvió para bromear y darse cuenta de lo bien que podían llevarse. ¿El resultado de la avería? Según decían: “el freno se había roto y lo habían arreglado como habían podido”.

Nerea se negaba a montar de nuevo allí pero Berhan les comunicó que no había más remedio. No había más coches hasta su próximo destino: Arba Minch y había que llegar antes de que anocheciera. Montaron los tres y una vez más Alessandro la tranquilizó.

El camino hacia Arba Minch fue divertido. No pararon de hablar y hacer fotos. Nerea pronto descubrió que la solidaridad podía ser peligrosa en Etiopía si no se organizaban bien. A medida que iban avanzando y atravesaban los poblados, niños y mayores gritaban a su paso “ferenyi”, (extranjero) intentando llamar su atención. Las breves paradas para dar camisetas se volvían complicadas porque, sin saber cómo, llegaba mucha más gente de la que podían atender y acaban peleándose e incluso empujándoles. Se dieron cuenta de que había que hacerlo cuando hubiera solo una persona y disimuladamente.

–       ¿Qué te pasa? Estás muy callada, preguntó Alessandro.

–       Me gustaría poder hacer algo más que dar unas simples camisetas. Sabía que iba a encontrar pobreza pero no pensaba que iba a ver a la gente en este estado. Creo que no estaba preparada para esto.

Alessandro la abrazó y ella le correspondió con un abrazo mucho más fuerte. Necesitaba la seguridad que él le aportaba y se dio cuenta de que llevaba mucho tiempo necesitándolo.

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Alessandro recordaba todos estos momentos sin moverse de la cama de su hotel. Seguía llamando a Nerea una y otra vez sin obtener ninguna respuesta y no estaba dispuesto a darse por vencido. Reconocía su error y lo que era peor… sabía que ella se había ido de su lado no porque no le quisiera, sino porque no podía soportar una situación que le estaba metiendo en un pozo sin fondo del que siempre prometía salir, aunque siempre se quedaba en el intento.

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Nerea mantenía su móvil en la mano, incapaz de hacer nada. No podía responder porque había tomado una decisión que era la mejor para los dos, aunque en el fondo quería, deseaba con todas sus fuerzas que él siguiera llamando, que se produjera un milagro y todo volviera a ser como antes. Quería recuperar al Alessandro por el que perdió el sentido en Etiopía…

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Alessandro recordó su llegada a Arba Minch, todavía más accidentada. Berhan preguntó si querían visitar la tribu programada: los Dorze, antiguos guerreros, en lo alto de una montaña. La noche estaba cayendo y ambos respondieron afirmativamente. No querían perderse nada, aunque el coche no sabían si aguantaría. Y no resistió. En mitad de la montaña el motor paró. La noche era cerrada y los móviles no funcionaban ante la falta de cobertura. De la nada comenzaron a aparecer personas que, si en un primer momento ayudaban a poner el coche en marcha, comenzaron a pedirles dinero, sabiendo que los turistas disponen de mucho más de lo que ellos tienen. Berhan se asustó y les indicó que subieran al coche. Ambos lo hicieron pero los Dorze intentaban abrir las puertas y ventanillas. Berhan gritaba algo que no pudieron entender y, sin saber cómo, el motor comenzó a rugir de nuevo y pudieron salir de allí.

Nerea, angustiada, gritaba a Berhan que no podían ir montaña abajo si era verdad que en el camino lo que se había estropeado era el freno. Alessandro intentaba hacerla comprender que tenían que estar equivocados porque el coche no hubiera respondido así.

Al llegar al campamento Nerea no solo no quiso cenar sino que pidió a Alessandro que se quedara con ella aquella noche. No quería dormir sola. Y Alessandro aceptó…

Tercer capítulo

 A  la mañana siguiente la mirada de complicidad de los dos lo decía todo. Se levantaron temprano y se ducharon con el agua que habían dejado los responsables del hotel en unos baldes. Ninguno de los dos se quejó. Era algo que se podía prever. Ni siquiera les importó lo fría que estaba. El día anterior había sido muy intenso, tanto que les había unido mucho antes de lo que hubieran pensado. Y la noche les pareció la más romántica que nadie hubiera podido desear. Sin apenas nada en la habitación más que una luz mortecina, una incómoda cama con una mosquitera, una silla y un viejo armario, rodeados de turistas y gente extraña, Alessandro y Nerea se olvidaron del mundo por unas horas para penetrar en su propio mundo.

Berhan esperó pacientemente hasta que decidieron salir de la habitación, mucho más tarde de la hora convenida. Nerea y Alessandro eran incapaces de dejar de besarse, de jugar con sus cuerpos, de renunciar a estos momentos de placer que les había reservado el destino.

Cuando abrieron la puerta de la habitación vieron que otros turistas ya partían en sus jeeps hacia sus nuevos destinos.

–       Espero que Berhan no se haya enfadado, susurró Nerea a Alessandro.

–       Lo sentimos, dijo Alessandro al aproximarse a la mesa en la que estaba sentado su guía. Nos hemos dormido.

Pero los dos pudieron ver cómo una sonrisa en su cara indicaba que sabía perfectamente que eso no era verdad. Demasiados turistas, demasiados años de trabajo y unas habitaciones con paredes “de papel” que impedían disimular lo que ocurría dentro de ellas.

El clic de la cámara les acompañaba continuamente. Los niños acudían a ellos en cada parada. Las fotos traían consigo su sonrisa, su curiosidad, la necesidad de recibir algo que les ayudara a mantenerse aquel día. Las niñas tocaban el pelo de Nerea, largo, rubio y liso, tan diferente al pelo negro y rizado de ellas. Nerea parecía olvidarse de todo entre ellos y así fueron pasando los días entre polvo y barro. El asfalto había dado paso a “caminos de cabras” sin indicaciones, en los que treinta kilómetros se recorrían en hora y media. Agradecían el cambio de coche. El anterior “había muerto” en Arba Minch pero al menos les había librado del susto de los Dorze.

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Sentada en el salón de su casa, Nerea escuchaba una y otra vez el mensaje que Alessandro le había dejado en el móvil.

–       Sé que las palabras ya no sirven de nada, que te he prometido demasiadas veces cambiar y que ya no me crees pero también sé que para mí eres lo más importante que hay en este momento en mi vida y por ello he decidido buscar asesoramiento para que me ayuden a salir de esto y recuperarte.

El dolor era demasiado grande para pensar. No, no quería hacerlo. No quería llevarse otra desilusión, ya habían sido demasiadas promesas.

Se acercó al equipo de música y puso un disco de Pablo Alborán. La música siempre le hacía sentirse mejor y este cantante les gustaba a los dos. Los primeros compases comenzaron a sonar mientras ella se sentaba en el suelo con su portátil. Buscó entre las carpetas de fotos. Etiopía. La abrió mientras la letra de una  de las canciones la hizo detenerse: “si quieres te dejo un minuto pensarte mis besos, mi cuerpo y mi fuego”…

Sus besos, su cuerpo, su fuego… sintió un escalofrío… cerró los ojos mientras la canción seguía sonando… recordó cómo sus caricias la hacían vibrar y moverse al ritmo que él marcaba. Cómo sus besos la transportaban a otro mundo. Imaginó su cuerpo, tan perfecto. Deseó tenerle allí. Abrió los ojos y su mirada se detuvo en su imagen al lado de la de una mujer perteneciente a la tribu de los mursis.

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Esta primera parte del viaje había sido más complicada de lo que ella hubiera imaginado. Menos mal que Alessandro siempre estaba a su lado. Sin duda alguna este país iba a marcarles para siempre. Uno vuelve de África valorando la vida de otra manera. Y de algo estaba segura: África y ella volverían a reencontrarse.

Mientras se adentraban en el Valle Omo, el lugar en el que se había encontrado el esqueleto de “Lucy”, uno de los fósiles más antiguos del mundo, Nerea estaba expectante.

La primera tribu, los Hamer, llamó poderosamente su atención no solo por su manera de vestir, especialmente llamativa en los hombres, que le parecieron distinguidos y elegantes con sus minifaldas y todos sus complementos, sino por el aire desafiante de las mujeres que se negaban a ser fotografiadas. Nerea admiró el orgullo mostrado por ellas ante sus costumbres y celebró que se encarasen con los turistas por mirarles como a algo raro.

La vida allí parecía haberse detenido muchos siglos atrás. Era como retroceder a la era preindustrial. Pero si las mujeres Hamer eran antipáticas con los extranjeros, los Banna, parecidos en su forma de vestir a los Hamer eran todo lo contrario. Los niños acudían a los turistas de manera distinta a como lo habían venido haciendo los de los poblados que habían visitado en el trayecto. Sus manitas se agarraban a las tuyas, te besaban, se presentaban, pedían dinero… sabiendo que no podías negarles nada.

Los Erbore fueron los que más tristeza causaron a Alessandro y Nerea. Perdidos en medio de la nada, ambos se preguntaban cómo aquellas personas podían sobrevivir en aquel paraje inhóspito. Sus miradas lo decían todo. Si las tribus tenían complicada su supervivencia, los Erbore eran los que menos esperanzas  tenían.

Sin embargo los Mursi serían los más recordados de este viaje. No solo por los labios de las mujeres, a quienes desde niñas hacían agrandar hasta el infinito para parecer más bellas, sino porque eran los que más empatía tuvieron con ellos. Nerea nunca olvidaría a una chica, que con un niño a su espalda, quiso hacerse una foto con ella. Acarició al bebé pero él comenzó a llorar, tal vez por la piel tan blanca de la extranjera. Nerea hizo todo lo posible por decir que lo sentía pero la mujer se limitó a hacer que el niño se tranquilizara y cuando lo consiguió volvió al lado de Nerea, cogió su mano y la llevó a la cara del bebé. Nerea en ese momento sintió que a pesar de la diferencia de cultura y del tiempo que parecía separarles, los sentimientos entre las personas son los mismos y allí, en medio de una tierra de la que le costaba recordar su nombre, deseó abrazar a aquella mujer y a aquel niño. Sin embargo se limitó a sonreír a modo de agradecimiento, se hizo la foto con ellos y les dio lo que pedían. Las costumbres son diferentes y a veces el resto del mundo puede no comprender lo que quieres hacer. Tal vez ella no hubiese entendido el significado de su abrazo.

Pero el abrazo llegó, por la noche, en la tienda de campaña, en medio de la oscuridad de un camping en el que apenas había nadie. Y eso era lo mejor. Alessandro y ella alejados de la civilización, dando rienda suelta a su amor, interpretando el lenguaje de los dictados de su corazón.

El resto de los días descubrieron un país completamente diferente. Una tierra que en otro momento fue muy rica y esa riqueza quedó reflejada en los monumentos que hoy visitaban. El contraste entre el norte y el sur hizo que el viaje fuera inolvidable. Pero, como siempre ocurre, las vacaciones llegaron a su fin.

De vuelta a Madrid hablaron largo y tendido sobre lo que les había ocurrido y los dos coincidieron en lo más importante: lo que había surgido durante esas tres semanas no era un espejismo. Querían seguir viéndose, conociéndose y que la vida decidiera…

Y la vida decidió rápidamente. En menos de seis meses compartían un pequeño apartamento en el norte de Madrid. Todo iba bien hasta que un día Nerea descubrió algo que iba a hacer tambalear su relación con Alessandro.

Para leer el relato completo pincha aquí

 

Autor: Plataforma de amor

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