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Un año sin vernos

Primer capítulo

Esperaba en el andén de la estación a que llegara el tren que traía a mi novia desde París. Llevaba casi un año sin verla y mi corazón no aguantaba más. Me palpitaba a toda velocidad, miré el reloj de la estación y marcaba las doce en punto, venía con diez minutos de retraso. Había una multitud que se agolpaba para hacer lo mismo que yo. Era el veintidós de Diciembre de mil novecientos sesenta y cuatro. Años duros para esta tierra de emigrantes y de exiliados por la dictadura. Yo decidí quedarme en el taller mecánico de mi padre, pese a que mi novia Araceli, tenía planes diferentes, quería ver algo de mundo, y por aquella época viajar a otro sitio donde poder aprender su lengua y su cultura ayudaba a abrir la mente de por sí ya abierta por la lectura de muchos libros. Seguía nervioso, fuera había empezado a caer agua con fuerza, en el tejado lumínico de la estación golpeaba furiosa la lluvia torrencial. A lo lejos vi llegar el tren y me puse aún más nervioso, llevaba un ramo de flores para regalarle a Araceli que casi rompo sin querer.Pensé en lo duro que había sido este año para mí, solo cartas perfumadas y unas escasas conferencias telefónicas que me costaban un riñón. No sabía como estaría ella, si le había ido bien o venía desencantada, aunque a decir verdad en el correo que recibí de Araceli me decía que se encontraba bien. Tenía mas libertad que en España, trabajaba y residía en una coqueta pensión de la rue de la roquette. Por las tardes acudía a clases de francés, y a los cuatro meses de estar allí viviendo ya se atrevía a conversar con los lugareños. Incluso fue al cine a ver alguna película de la época como D, estrangelove de Stanley Kubrick o “le peau douce” traducida al castellano,”La piel suave de Francois Truffaut”. Me echaba de menos, por lo menos es lo que me decía en las cartas, pero también estaba fascinada con la libertad que aquí se le negaba y no tenia intención de regresar a España. A mi no me iba mal en el taller de mi padre y quería establecerme por mi cuenta, pero necesitaba que Araceli estuviese conmigo, estaba triste y alicaído. Tenía que convencerla para que se quedara. Ella me contaba en el correo que intercambiábamos que le iba bien, que se acordaba de mí, pero que no quería volver a España. Francia en aquel tiempo era tierra de libertad y de oportunidades, pero bueno yo tenía fe en las navidades de convencer a Araceli para que se quedase conmigo. La gente se arremolinó en la estación y comenzaron a abrirse las puertas de los vagones, el caos se adueñó momentáneamente en el andén, salían maletas, cajas, niños, abuelos a los que les costaba bajarse del tren y buena gente que desinteresadamente cogían los bultos o a las personas impedidas y les ayudaban a bajar del tren. Yo comencé a caminar en busca de Araceli hasta que la ví apearse del tren. Me fundí en un abrazo con ella que se prolongo casi dos minutos. Un señor nos dio la maleta de Araceli y la volví a abrazar, después le dí el ramo de rosas que le había comprado y salimos de la estación. Había dejado de llover, mi coche estaba cerca, metimos las maletas y nos subimos al auto, durante el trayecto a su casa note rara a Araceli. Le pregunte que era lo que le pasaba y me dijo que nada que solo venía cansada y algo mareada del tren. Su explicación me convenció. La dejé a la puerta de su casa, bajé las maletas y me despedi dándole un discreto beso en las mejillas. Le dije que cuando cerrase el taller al atardecer pasaría a recogerla y la llevaría a cenar. Ella me dijo que de acuerdo y nos despedimos. La ví guapa desde el coche mientras se metía en el portal de su casa, estaba imponente con aquella ropa tan moderna que traía . Vestía una falda a juego con una chaqueta de color claro y también llevaba un sombrero del mismo color. Parecía una modelo de las revistas del corazón que leía mi madre. Y en la mano el ramo de rosas que yo le había regalado. Araceli llegó a casa sus padres, la recibieron emocionados y muy contentos y ella se mostró muy cariñosa con ambos. Pero había algo en el alma de Araceli que no podía revelar, un secreto de mujer que no podía confesar

Segundo capítulo

En la pensión de la roquette había varios clientes que prácticamente vivían allí todo el año. Sobretodo uno en especial, que le llamaba mucho la atención a Araceli. Era un hombre de unos cincuenta y cuatro o cincuenta y cinco años. Vestía decentemente y trabajaba en la biblioteca nacional, tenía el pelo cano y su tez era muy morena y angulosa. No era grosero ni pecaba de bromista. Siempre la trataba con educación, cuando Araceli servía el menú, él la contemplaba silencioso. No tomaba vino en las comidas ni en las cenas . Pero paso algo que hizo que Araceli hablase más de la cuenta con el cliente, y es que éste, un día se puso enfermo miéntras cenaba y Araceli lo acompañó a la habitación. Prácticamente fue su enfermera aquella noche, en la que él delirando como loco por la fiebre, comenzó a hablar de cosas que ella desconocía, pero que le fascinaban, incluso su forma tan clara de hablar en francés. Al despertar, Araceli se levantó del sofá donde había pasado la noche, vio al hombre en la cama. Dormía plácidamente, y ya no tenía fiebre. Salió y le dejo descansar. Al mediodía le llevó la comida, el hombre estaba sentado en la cama con el pijama y una bata por encima, señal de que tenía frío, todavía estaba destemplado. Araceli le dijo que probablemente le habría dado una gastroenteritis, él le dio las gracias por atenderle y le dijo su nombre, -Fabián para lo que pueda ayudarte. Le habló de lo que decía cuando deliraba y él se sonrojo un poco. Le dijo que le había gustado escucharle, eran monólogos que a ella le fascinaban. Al salir de la habitación él le dijo que esperara un momento para darle las gracias por todo lo que había hecho por él y que cómo podía compensarla, Araceli le contestó que daba igual y que no tenía que molestarse. Fabián insistió y le dijo, -Me encantaría que me acompañaras al cine. Ella dudó un momento y al final accedió a ir. Araceli sentía curiosidad por aquel hombre no entendía porqué, pero era diferente a su prometido, que de lo único que hablaba era de coches. No sabía muy bien qué sentimiento le despertaba ese hombre, desde luego que no eran sentimientos de rechazo. Además era muy atractivo. Eso es lo que le pasó a Araceli, que sentía atracción por Fabián aunque en su interior estaba el bueno de su novio. Fueron al cine el miércoles por la tarde, de un día de principios de otoño, soplaba algo de aire frío. Fabián iba impecable como siempre y Araceli también iba bella. Tenia veintiocho años y poseía un cuerpo bien proporcionado, cualquier cosa que se ponía le sentaba bien. Al salir de la pensión algunos hombres por la calle la piropeaban o le silbaban por lo guapa que iba. Se habían citado en un bar cercano al cine. Cuando abrió la puerta, él la estaba esperando de pie en la barra. Ella tomo un refresco mientras Fabián hablaba.Todavía faltaban veinte minutos para que empezase la película y él continuaba hablando, fueron a una mesa que se quedó libre y continuó con su diálogo. Por momentos era el hombre febril de la otra noche, Araceli lo escuchaba embelesada, el hablaba de Balzac o Alejandro Dumas y ella asentía a todo. Fabián miro su reloj, llevaba hablando una hora y media sin parar, se les pasó la hora del cine, pidieron algo para cenar y él se mostró más cercano con Araceli ya no había rastro del hombre serio de la pensión. Algo había surgido esa noche. Fuera hacia frío, aún así, dieron un pequeño paseo a orillas del sena. Fabián se acercó a Araceli un poco más y le tomo la mano, ella no opuso resistencia y así caminaron hasta llegar a la pensión del la roquette. Araceli se detuvo en seco y le pidió que la besara una vez, Fabián dejo de hablar al instante, se giro la tomo por la cintura le susurro unas palabras en francés y la beso con pasión durante un buen rato.

Tercer capítulo

Araceli durmió mal, aunque al día siguiente se despertó alegre como siempre. Recordó la noche anterior y el beso que le dio Fabián y la forma de cómo se lo dio, tan pasional y tan largo que recordarlo hacía que Araceli se estremeciera. Llegó la hora de comer, él estaba en su sitio de siempre y ella lo miró de refilón miéntras atendía a otra mesa. Cuando se acercó a su mesa, él se mostró más cercano, la miraba a los ojos y le hablaba casi en susurros para que nadie escuchase. Quedaron en verse por la tarde y así lo hicieron, después de la quinta cita fueron a un hotel del centro el día que Araceli libraba y allí dieron rienda suelta a su pasión. Fabián era fascinante en la cama y su novio el pobre carecía de la imaginación que le sobraba a él. El tiempo pasaba y Araceli se sentia muy feliz en Paris. Llevaba una doble vida, y había días en los que tenia miedo del regreso a España. Por eso estaba tan rara cuando llegó en el tren aquella mañana del veintidós de Diciembre de mil novecientos sesenta y cuatro. Estaba atrapada en una relación a distancia y quería desprenderse de ella pero no sabía como. Sentía pena por su novio. A pesar de todo, esa noche hicieron el amor con rapidez en un hostal al que siempre acudían. Yo estaba ciego, no me di cuenta de nada, hablaba de coches y de un futuro con ella, pero no me daba cuenta de lo distante que estaba Araceli de mí. Pasaron las navidades y la notaba extraña pero no sabía porqué, creo que por primera vez en mi vida senti que no le importaba tanto. Traté de ser más romántico con ella, pero me mostraba torpe y no sabía como hacer. Para mí, en aquel tiempo el amor consistía en encontrar a una mujer y pasar por la vicaría para pasar toda la vida con ella. Mi educación había sido católica, apostólica y románica, y yo, aunque me sentía mas libre, no dejaba de pensar igual que mis padres. No dejaba de preguntarle que le pasaba y ella me decía que nada, que todo estaba bien. Llegué a decirle que si había otro hombre,ahí me mintió, pero en ese momento creía lo que Araceli me decía y me había dicho que no había otro hombre. La despedida en la estación fue muy dura, en cambio ella, estaba algo risueña,fue en ese momento cuando sospeché que algo raro tenía que estar pasando en Paris. Si era cierto que estaba con otro hombre lo hubiese entendido, pero que me mintiese no lo podía comprender. El tren partió de la estación a la hora señalada, era temprano y había una densa niebla que lo hizo desaparecer enseguida. Me quede triste en la estación. Pero por mi cabeza seguía rondando la idea de ir a Paris a darle una sorpresa a Araceli. Seguramente la mejor fecha sería en verano lo iba a planear bien para escaparme quince días. Hablé con mi padre que desaprobaba mi viaje a París, él no se oponía, pero no quería que fuese en el mes de Julio, discutimos y al final me dijo que si no le hacía caso,podía no volver a trabajar. -Me voy a ir sí o sí, le dije Y terminé añadiéndo que me quedaría en París con Araceli, me iría a verla, no me importaba lo que me acababa de decir mi recto padre. Ella continuaba viéndose con el bibliotecario.El tiempo pasaba, Araceli y yo seguíamos hablando por carta y muy de vez en cuando por teléfono. El verano se acercaba y yo tenía mi billete comprado, estaba ansioso por ir a París, Araceli se pondría contenta. El viaje en tren se me hizo muy agotador, me tocó ir con un señor orondo que no paraba de roncar y no pude dormir casi nada durante el trayecto. Llegué a París por la tarde, le pedí al taxista que me llevase a la calle de la roquette, me dejó al principio y busqué con la mirada el número de la pensión, había coches a ambos lados de la calle, ví el cartel en la lejanía y también pude observar con toda nitidez salir a Araceli en compañía de un hombre. Me quedé perplejo, no podia creerme lo que estaba viendo. Estaba claro que me engañaba y que no me había dicho la verdad en navidad, cuando se lo pregunté. Me llené de rabia y de odio,no podía seguirles porque llevaba una maleta con mi ropa. Traté de relajarme y de buscar un hostal donde alojarme, miré la hora del reloj, las cinco de la tarde. Mañana estaré aquí a la misma hora.

Cuarto capítulo

Me alojé en una pensión cercana. La habitación, aunque era bastante austera, disponía de cuarto de baño propio. Deje mis cosas y salí al exterior. Volví a la calle de la Roquette. Estuve apostado entre los coches hasta que se hizo de noche. Regresé al hostal donde estaba hospedado. Eludí cenar cuando el camarero me invitó a pasar al comedor. Estaba trastornado, mi carácter se transformaba a medida que pasaban las horas.
Me metí en la cama, pero no pude dormir apenas nada en toda la noche. Al día siguiente me levanté tarde. Era mediodía cuando salté de la cama. No dormía pero cerraba los ojos y me poníaa pensar en Araceli y más rabia le tenía. A las dos bajé a comer. No me entraba nada. Me fui a buscar un bar cercano y estuve bebiendo ricard toda la tarde. Necesitaba evadirme, no pensar en lo que había visto el día anterior. La verdad es que los efluviosdel alcohol resultaron ser negativos. Me sentía aún más enfadado, violento y colérico. Salí del bar donde había estado toda la tarde, y volví a la calle de la Roquette. Aún era de día,aunque las luces del día pronto serian sustituidas por las farolas nocturnas. Pasaron más de dos horas. Apenas me crucé con
gente en las calles a las nueve de la noche. Vi a una pareja a lo lejos. Agudicé la vista y pude ver con claridad las bellas formas de Araceli. Iba agarrada de la mano de un hombre, supuse que sería el del día anterior. Me noté febril y las pulsaciones me subieron por lo menos a ciento sesenta. Sentía agolparse en mis sienes la sangre que me hervía. Me acerqué a ellos deprisa para poder verlos mejor.
Estaba muy nervioso, no había duda. Mis ojos estaban viendo algo que ya era evidente y me costaba creer. Mientras Araceli, ese segundo año que llevaba viviendo en París se encontraba feliz junto a Fabián. La había llevado a los mejores restaurantes y a visitar el Louvre, Orsay o el museo Cluny. También había visitado varias galerías de arte y acudían regularmente al cine. Pasearon su amor a orillas del rio Sena. En fin, poco a poco y a medida que pasaba el tiempo, Araceli se fue enamorando de Fabián y su densa psicología. Ella le contó que en España tenía novio y él le comentó que debía decirme la verdad para no herirme más. Araceli seguía ocultándome la relación. Me enviaba cartas regularmente y en ellas me mentía porque ya no sentía nada por mí, simplemente cariño o aprecio porque era bondadoso. Lo que desconocía Araceli era la reacción que tendría si llegaba a enterarme, como así sucedió.
Los tenía enfrente de mí, a menos de diez metros. Llamé a Araceli y ella me respondió con una estúpida y fingida sorpresa.
¿Qué haces en París? Exclamó.
Le respondí que venía a verla para matarla por engañarme de esa manera tan vil. Saqué mi navaja de Albacete del bolsillo del pantalón. Fabián se interpuso entre Araceli y yo. Me dijo algo en francés que no entendí y me empujó hacia atrás. Me repuse y le aseste un navajazo a la altura del pecho. Araceli comenzó a gritar de miedo y a pedir auxilio. Volví a clavarle la navaja. Esta vez fue directa al corazón y ahí le deje el arma homicida. Me derrumbe un momento y volví en mí. Pedí a Araceli que se callara y que viniese conmigo. Ella me grito “loco, loco asesino”.
La gente comenzó a asomarse a las ventanas al escuchar los ruidos y alguien llamo a emergencias. Yo me quede acurrucado, esperando en el suelo mojado de la acera, al escuchar acercarse el sonido de las sirenas de la policía.

Autor: Plataforma de amor

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