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Nuestro reencuentro en el hotel

Buenos Aires
Septiembre 2016
La puerta del estrecho ascensor se cierra. No pronunciamos palabra pero te miro y me sonríes. Ya en el pasillo nos encaminamos a la habitación que nos asignaron esta vez.
A pesar de que ya hicimos esto, otra vez estoy nerviosa; a mis 21 años recién cumplidos y aun viviendo con mis padres, haberles mentido me resulta inquietante.
Oigo como cierras la puerta de nuestro cuarto. Nos tomamos unos instantes para recorrer el lugar y dejar nuestras pertenencias. Me doy la vuelta y te veo acercándote a mí con una sonrisa entre perversa y tierna en el rostro. Con ligera firmeza pegas tu cuerpo al mío y unimos nuestras bocas en un anhelado beso. Respiramos con fuerza mientras nuestras lenguas se vuelven a encontrar desde aquella vez. Una de tus manos, hundida en mi cabello, me guía en el ritmo de nuestro húmedo beso, mientras la otra recorre con desesperación mi cintura, mis caderas y mi culo.
Por mi parte no dejo de pasear mis manos por tu espalda, tu cabello, tus brazos. Noto fuerte cada músculo que se pega a mí. Ya siento tu erección creciente. Mi temperatura va en aumento. Abandonas mi boca para dar un paseo por mi cuello. Me estremezco y ahogo un suspiro. Sé que te gusto mucho. Sin alejar tus labios de mi piel te escucho hablar.
-Te extrañé tanto-. ¿Por qué te pusiste este vestido? -Me encanta-. -Me muero, estás hermosa-.
Tu grave voz me seduce a más no poder. Sabía que iba a gustarte mucho lo que llevo puesto. -Aunque no respondo a tu comentario-. Me limito a sonreír con picardía y vuelvo a besarte. Tu altura hace que ya no pueda seguir de puntillas, así que me agarras de los muslos y me encajas en tus caderas. Te encanta que mi vestido se me suba hasta la cintura, y yo, disfruto cada vez más al tener tu pene tan cerca de mi entrepierna. Tus dedos recorren la fina línea de mi tanga que divide mi agraciado culo en dos. Te vuelve loco. Ya no lo soporto más, y te quito la chaqueta como puedo sin que me sueltes. ¡Madre mía tus músculos! Tus brazos, pecho, abdomen… Inhalo hondo y te ríes levemente, consciente del efecto que produces en mí.
Me llevas a la cama, depositándome con suavidad. Empiezas a bajar por mi cuerpo separándome las piernas. Levantas más mi vestido y posas tus labios en mis muslos, dejando un ardiente rastro de suaves besos a medida que te acercas a mi vagina. Mi tanga negro te vuelve loco y me muerdes levemente por encima de él. Me estremezco y entonces lo mueves de su sitio. Te escucho decir algo pero no alcanzo a entenderte porque con gran ímpetu te adueñas de mi clítoris haciendo que grite tanto de sorpresa como de satisfacción.
Tu lengua se mueve con rapidez por mi vagina. Todo mi sexo te encanta. ¡Qué rica cueva que tienes mi amor! Te escucho murmurar pero sólo quiero que sigas dándome este placer que únicamente tú sabes proporcionarme. Tu lengua sale y entra de mí a tu gusto. Pones mi mano sobre tu cabeza haciendo presión para que sea yo quien guíe tus movimientos. ¡Cómo me haces gozar! Siento que ya no puedo más. Y ahora soy yo quien quiere darte placer a ti.
Te aparto de mí con brusquedad. Estás de pie fuera de la cama aun con tus pantalones. Yo, todavía en la cama, me acerco a tu entrepierna y me quedo ante ella en posición de perro. Con mis dientes y una mano comienzo a desabrochar los botones. Me tomas del mentón y me haces levantar la vista hacia ti. Despacio, tu dedo índice recorre mis labios hasta meterlo en mi boca. Los cierro alrededor mientras la metes y sacas a tu gusto. Yo juego con mi lengua alrededor de tu dedo haciendo una breve reseña de lo que está por venir. Ya con tu dedo lo suficientemente húmedo decides que es hora de que haga lo mío, aprovechando mi posición y que mi vestido sigue por mi cintura, lo introducís en mi vagina. No puedo evitar un leve gemido.
Vuelvo a mi tarea. Tu pantalón tan abultado me vuelve loca. Por fin bajo tu ropa, y salta ante mi tu pene erecto. ¡Cómo lo extrañé! Respiro hondo y lo tomo con una mano. Me acerco a la punta y comienzo a pasar lentamente mi lengua sobre él. Te siento respirar con fuerza y eso me encanta. A cada lamida, mi lengua aumenta su trayectoria, y tu pene se va cubriendo cada vez más de mi saliva hasta que, decido que está lo suficientemente húmedo y lo meto entero en mi boca. Sacas tu mano de mi sexo para sostener todo mi cabello y facilitarme la tarea.
Meto y saco tu miembro de mi boca, lo succiono levemente, mientras que con mi lengua trazo círculos en la punta de tu pene. Todo es cada vez más fuerte y rápido. Empujas con vehemencia mi cabeza para que mi boca no tenga más espacio libre. Mi mano sube y baja por la parte de tu falo que no entra en mi boca. Tus gemidos y tu placer me hacen gemir a mí aunque no me estés tocando.
Con desesperación, me apartas de ti y me tumbas boca arriba en la cama. Sé que al fin lo vas a hacer: abres mis piernas; estás entre ellas, apartas  mi tanga hacia un costado y acercas la punta de tu pene a la apertura de mi vagina. Esperas un instante,  yo no me opongo a no usar protección a pesar de que soy consciente de los riesgos. Sabes perfectamente que desde que nos vimos no hice el amor con nadie más a diferencia de ti. Dejas que tu saliva caiga sobre ambos sexos y entonces: con cuidado, pero con seguridad, comienzas a empujar tu pene dentro de mi vagina. Te cuesta y me duele un poco. Pasó tiempo ya desde la última vez, pero sé que te gusta lo estrecha que soy. Empujas cada vez más, hasta que de pronto arremetes con furia y tu miembro entra por completo en mí. Grito de satisfacción y escucho tu suspiro.
Comienza todo otra vez.

Autor: Gabriela

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