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No quería enamorarme

Todo empezó casi sin darme cuenta, y digo casi porque, en cierto modo, te busqué. Yo no quería enamorarme, y no creo que lo esté, aunque últimamente siento un nudo en la garganta cada vez que pienso en ti.
Siempre supe que lo nuestro no podía ser, tu también lo dejaste claro. Llegaste en un momento complicado de mi vida, en el que necesitaba huir de todo, hasta de mi misma. Cuanto mas hablaba contigo, más me gustabas, y no me refiero a sexo, amor y demás… si no, a ti como persona. No voy a decir que eres todo virtudes, pero  tienes muchas cosas buenas. Por ello, desde el principio, me sentí cómoda contigo. Pero las conversaciones y las bromas se nos fueron de las manos y se convirtieron en algo más. Me hiciste perder la cabeza, hasta el punto de pasar seis meses viéndome a escondidas contigo en el baño del trabajo. Esperaba ansiosa cada jueves, hasta me vestía para la ocasión. Ni siquiera tenía remordimientos por engañar a mi marido, todo lo contrario, me sentía feliz. No me siento orgullosa por ello, pero fuiste como un chorro de aire fresco en una situación asfixiante. No podía evitarte, me atraías, y aún me atraes, demasiado. Me excitaba que me miraras con deseo cuando había gente, tocarte por debajo de la mesa y ponerte duro, que me dijeras cosas sucias…
Sin embargo, y aunque suene extraño, te he intentado ver como a dos personas diferentes. Por un lado, ese amigo que merece la pena conservar, y por otro, ese tío capaz de despertar mi deseo con sólo mirarme. Entiendo que es difícil de explicar, incluso de creer, pero así es. Cualquiera pensaría que eso es amor, pero yo prefiero pensar que no lo es. No niego que, en ocasiones, me haya sentido fatal después de estar contigo porque, aunque esto no puede ser de otra forma, este tipo de relaciones terminan haciendo daño. No es fácil aceptar que alguien solo te quiere para tener sexo, y no te culpo, en teoría yo también. Aunque, al final, es inevitable encapricharse y sentir nostalgia por algo que nunca volverá. Por perder esos momentos en los que me dejaba llevar, esos instantes de intimidad entre tú y yo que te confunden, pero que sólo quedaron ahí, sin opción a enamorarse.
Ahora no puedo verte a diario, quizá haya sido lo mejor para los dos, sobre todo para mí. Lo difícil es no recordarte cuando los compañeros hablan de ti constantemente, cuando entro en el taller y me vienen a la cabeza tantas imágenes cargadas de placer… Entonces me apetece llamarte, pero no lo hago. Supongo que tu has cerrado este capítulo de tu vida y quieres centrarte de una vez en la persona que tienes al lado, que es lo que yo también debería hacer.
Aún así, te escribo de vez en cuando con la esperanza de poder conservar una ligera amistad, pues como dijo Adam Smith: “Muchas personas pasan por nuestra vida, pero sólo muy pocas llegan a ocupar un gran lugar en nuestro corazón”.

Mía

Autor: Mía

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