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LLAMADA PERDIDA

Publicamos este divertido y juguetón relato que nos envía nuestra querida usuaria Elizha. ¡Os encantará! Muchas gracias Elizha.

Las nuevas tecnologías al alcance de tus manos. Pero… ¡Ojo! A veces, te pueden dar un palo.
-¡Ummm…! ¡Ha sido genial cariño…! – La susurré al oído.

-¡Te quiero…! ¡Aaay…!- Suspiró. -Me quedaría así toda la vida…

Nos besamos con el último aliento de pasión que nos quedaba después de hacer el amor con el mismo deseo que hemos puesto siempre, durante los veinte años que llevamos casados.

Mi cuerpo exhausto descansaba sobre el suyo y ella continuaba con las piernas abiertas. Mi pene aún permanecía dentro de su húmedo interior, satisfecho, relajado, perezoso, reacio a abandonar ese cálido paraíso donde se movía como pez en el agua.

Eran las tres de la madrugada. Habíamos pasado toda la tarde haciendo las maletas y ultimando los preparativos clásicos del día antes de irse de vacaciones. El vuelo a Las Palmas salía a las siete de la mañana. teníamos que levantarnos a las cuatro, asearnos y bajar las maletas a la calle porque a las cinco vendría a recogernos el taxi que nos llevaría al aeropuerto.

Sudorosos, nos metimos juntos en la ducha. Sonia estaba feliz, ella es de Las Palmas y en pocas horas volvería a ver a su familia después de un año. El trabajo solo nos permite viajar en agosto y es cuando aprovechamos para coger las vacaciones y que pueda pasar al menos un mes con su gente. Como esperábamos, nos visitó Morfeo justo después de que el avión despegase y pasamos las dos horas y media que dura el vuelo durmiendo como bebés.

-¡Héctor… no veo a Nauzet!- Sonia miraba nerviosa hacia las puertas correderas que daban al exterior de la terminal para, en el corto intervalo de tiempo que permanecían abiertas, intentar descubrir la figura de su sobrino entre la multitud de personas que se agolpaban para recibir a los diferentes viajeros que, con nuestros carritos, luchábamos por conseguir ser los más cercanos a las cintas transportadoras de equipajes.

Cuando por fin conseguimos rescatar las maletas y estábamos próximos a salir por la puerta, logré ver a Nauzet saludando con la mano y se lo dije a Sonia. Levantó su mano hacia él y sus ojos se humedecieron por la emoción. Era su sobrino favorito. Su sobrino del alma. Se abrazaron llorando. Yo con el carro y las maletas llegué después. Nauzet tiene treinta años. Es un gran tipo, a veces un poco alocado, pero sus locuras son más bien por ignorancia, por su inocencia. Le conozco desde que él tenía diez años.

Nauzet venía acompañado. Nos presentó a Carla, su novia. Llevaba casi un año con él. Era una mujer muy atractiva, tenía treinta y dos años, morena, con el pelo largo, de ojos negros con forma felina, no muy alta y delgada, pero con bonitas formas. Mientras íbamos hacia el parking a recoger el coche de Nauzet para llevarnos al sur, a un apartamento en Playa del Inglés, no pude dejar de fijarme en el pequeño y bien moldeado culito de Carla. Llevaba puesto un pantalón vaquero cortito, tipo short, tan ajustado, que la costura se introducía de forma atrevida entre los glúteos y dejaba ver una bonita separación al comienzo de sus torneadas nalgas.

Nos dejaron en el apartamento y ellos se fueron a la capital, para continuar con sus quehaceres, pues hasta septiembre no cogían vacaciones. Los veíamos todos los fines de semana, junto al resto de la familia. Íbamos a la playa por las mañanas. Me descubrí como voyeur mirándola quitarse el vestidito corto de playa, para quedarse en biquini. Su piel tenía un ligero bronceado. Sin el pantalón vaquero, su culito pequeño y respingón me pareció más sexy todavía. Cuando tomaba el sol boca arriba, mi mirada paseaba despacio sobre su vientre liso y se detenía en el minúsculo triángulo de tela, bajo el que escondía el tenue relieve de su pubis. Debería tener unos senos bonitos. Pasé las vacaciones imaginando, esa mujer me atraía y fue la protagonista de mis fantasías veraniegas.

Por supuesto que nunca pensé en traicionar la confianza y la amistad que me unían a Nauzet y ni mucho menos se me hubiera pasado por la cabeza ser infiel a mi querida Sonia. Solo era una inocente infidelidad con el pensamiento. Creo que todo el mundo habrá tenido alguna vez pensamientos eróticos cuando ha visto a alguien que le haya parecido atractivo o sensual. Les propusimos que pasaran unos días en nuestra casa cuando cogieran las vacaciones en septiembre. Las nuestras, por desgracia, llegaron a su fin.

Llevábamos una semana en Madrid cuando llamó Nauzet para decirnos que vendrían a pasar cinco días con nosotros. Sonia se alegró muchísimo. Yo también me alegré y además sentí un leve hormigueo en el estómago. Pensar que Carla pasaría en mí casa cinco días, me ponía nervioso. Solo esperaba que Sonia no advirtiese nada raro en mí. Actuaría con total normalidad. Lo que uno piensa o imagina no lo puede ver nadie desde fuera. Sonia en su trabajo tuvo imposible coger días libres para estar con ellos cuando vinieran. Yo sí pude hacer algún trapicheo con un compañero. La noche antes de que llegaran, pasé un buen rato en la cama sin poder dormirme. Imaginaba la frágil y estilizada figura de Carla y cómo serían sus senos, sus pezones, su pubis. Daría lo que fuera por poder ver, sólo una vez, su precioso cuerpo desnudo.

Al final esa obsesión dio sus frutos, después de darle mil vueltas al asunto, ideé un plan perfecto para llevar a cabo mis pecaminosas fantasías. Fantasías que me iban a convertir en un voyeur contrastado. Consistía en utilizar mi móvil como cámara de vídeo. Para camuflar el móvil y su visión no levantara sospechas, buscaría en la cesta de las medicinas una caja de pastillas que fuera plana y en la que entrara el teléfono de forma ajustada. La practicaría un discretísimo orificio circular de la medida justa del pequeño ojo atrevido de la cámara, lo introduciría en la caja de pastillas después de haber puesto el “rec” para grabar y alojaría la caja con el móvil dentro, en un pequeño neceser de plástico transparente que se cierra con una cremallera, y que Sonia utiliza para guardar algodones de colores y alguna que otra cuchilla de afeitar usada. Una vez camuflada la caja de pastillas entre los algodones y las cuchillas, colocaría el neceser sobre una balda de cristal que hay dentro de la ducha y en la que ponemos los botes de champú y gel. La balda está situada justo en la pared de enfrente de los grifos y del brazo de ducha, así que la panorámica, desde ahí, sería perfecta.

A la mañana siguiente, cuando Sonia se fue a trabajar, hice un ensayo para probar la viabilidad del plan y me grabé a mí mismo mientras me duchaba. La longitud del plato de ducha de mi baño es el doble de un plato normal y eso permitiría que el pequeño visor de la cámara captase una imagen en la que la persona que se estuviera duchando saliera de cuerpo entero. Lo pude comprobar cuando visualicé la grabación y me vi de pies a cabeza, totalmente desnudo. Comencé a notar una leve erección cuando apreté la tecla de “reproducir” con la intención de colocar a Carla en mi lugar, e imaginarla entrar desnuda en la ducha, cerrar la mampara, abrir el grifo ofreciendo la parte de atrás de su cuerpo a la cámara, hasta que lograra la temperatura ideal del chorro de agua que mojaría su pelo y bajaría por la espalda hasta regar la hendidura que marca la división de sus tersos glúteos. La imaginé dándose la vuelta, mostrando sus senos mientras los masajeaba con la esponja suave y jabonosa, paseando después sus dedos lubricados por la espuma, entre los labios íntimos de su vertical sonrisa vaginal.

La duración del video apenas alcanza los diez minutos, así, que los preparativos de la operación deberían ser rápidos. Después de comer fui a buscarlos al aeropuerto. De camino iba sopesando las posibilidades de éxito de la operación, con las de fracaso. Para llevarla a cabo tenía que darse la difícil casualidad de que estuviésemos los dos solos en casa, adivinar el momento en que se fuese a duchar e intentar entrar en el baño antes que ella para prepararlo todo. No quería pensar demasiado en el fracaso, pues significaría ser descubierto y… bueno, sería catastrófico.

Los tres primeros días de su estancia en nuestra casa fueron bastante ajetreados. Por las mañanas nos íbamos los tres solos, para que conocieran Madrid, luego, sobre las cinco de la tarde, volvíamos a casa donde nos esperaba Sonia recién llegada de trabajar. Cuando ella había descansado un poco, salíamos a tomar unas copas y cenábamos fuera.

La noche del tercer día, fuimos a cenar a un japonés. No es una comida que a mí me entusiasme demasiado. Nos invitaron a unos chupitos de sake. Descubrí a Carla en numerosas ocasiones mirándome de una forma especial. No supe identificar el verdadero significado de sus miradas. Yo no era capaz de mantenerlas. Bajaba mi mirada pensando en si ella se habría dado cuenta de que me atraí, o si su forma de mirarme era producto de los chupitos de ese licor tan fuerte que estábamos tomando. Algo me sentó mal, no sé si el sake, el sushi, o todo junto, el caso es que pasé una noche toledana, no dormí casi nada.

Escuché cómo unos nudillos golpeaban, sin querer molestar, la puerta de mi habitación. Miré el reloj de la mesilla, eran las nueve de la mañana. Una tenue claridad entraba por las rendijas horizontales que separan las láminas de la persiana abatible de la ventana. Sonia ya se había ido a trabajar y yo no me había enterado.

-¡Adelante…!- Invité a quien estuviera llamando, con voz somnolienta y un ligero dolor de estómago. Nauzet abrió tímidamente la puerta.

-Buenos días Héctor…- Me dijo en voz baja. -¿Qué tal… cómo te encuentras hoy?

-Mejor… un poco mejor, gracias. ¿Has desayunado…?- Hice ademán de levantarme. En la cena les dije que hoy les llevaría de compras por las conocidas zonas comerciales.

-¡No Héctor!, no te levantes… de verdad. ¡Quédate descansando un poco más…! Según me ha contado Sonia, has pasado mala noche.

-Sí, es verdad… Pero con una buena ducha estaré como nuevo.- Me senté en el borde de la cama y sentí un pequeño mareo, seguramente por tener el estómago vacío a causa de los vómitos nocturnos. Nauzet se dio cuenta.

-¡Venga!, vuelve a acostarte y descansa. Por mí no hay ningún problema. Además… yo me he dado una ducha, y ya he desayunado. Si me dejas las llaves del coche iré sólo. Creo que no me perderé.

-Bien… vale… Las llaves están en la bandeja plateada de la entrada. Si os perdéis me das un toque. ¿De acuerdo?

-A Carla la he dejado durmiendo. El sake también debió sentarle mal, tenía un mareo que no pudo ni… ya sabes…- Se rió. Sí, lo sabía, ellos hablaban de sus relaciones sexuales sin ningún problema, no le daban importancia a dejar que los demás supieran cosas de su intimidad. -A parte… prefiero que no venga…- Añadió bajando el tono de voz. -Quiero comprarla algo, no sé… buscaré algo especial para hacerla un bonito regalo. ¡Será una sorpresa!

-Me temo que la tendrás que dar luego una buena explicación por no haberla llevado de compras.- Le dije irónico. Irte sólo de compras sin avisar a tu mujer es como un pecado.

-Será sencillo contentarla, luego, por la tarde, iremos los cuatro a hacer las verdaderas compras. Bueno… me voy antes de que se despierte. Aprovecha para dormir un poco. Yo vendré antes de comer, chao.

Me tumbé de nuevo. Con la mirada perdida en los reflejos estáticos de las rendijas de la persiana dibujados en el techo. Carla dormía plácidamente en la habitación de al lado, sola. Yo, aquí, en mi cama, solo. Los dos en la misma casa… solos. Mi corazón comenzó a latir con más fuerza y en el estómago noté mariposas. Era el momento de actuar. Tranquilo. Sin nervios.

Me puse el pantalón corto y cogí calzoncillos limpios del cajón da la ropa interior. Me duché intentando no hacer mucho ruido. Después de vestirme con una camiseta y los pantalones cortos, desayuné y cogí la caja de pastillas que ya tenía preparada con el minúsculo agujero hecho, saqué las pastillas de su interior e introduje el móvil dentro. ¡Perfecto! Pensé. Guardé la cámara indiscreta en el bolsillo del pantalón y esperé en el salón, sentado en el sofá, con la televisión encendida a bajo volumen, a que Carla se despertara. Mis pensamientos volaban. Aparte de la excitación que sentía, me embargaban también las dudas. ¿Y si Carla descubre por casualidad que hay un móvil grabando dentro de la caja de pastillas que está metida en el neceser de plástico transparente, disimulada entre los algodones de colores y las cuchillas de afeitar usadas..? ¿Y si lo descubre… qué pasaría después con Nauzet…? Y lo que es peor. ¿Qué pasaría con Sonia..? ¿Y si… y si…? Muchas preguntas para ese momento, estaba empezando a rayarme.

Carla abrió la puerta de la habitación Llevaba en el brazo sus toallas malvas de baño. Su cabello se veía desordenado pero no por ello dejaba de parecer atractiva. Llevaba puesto un pantalón cortito de pijama y la camiseta, algo holgada, permitía advertir al moverse, el sensual balanceo de sus senos liberados del sujetador,

-¡Buenos días Carla!- Saludé desde el sillón.

-¡Buenos días mi niño…! Su acento canario y ese mi “niño”, me derritieron. -¿Cómo te encuentras?

-Bastante bien. Parece que la ducha y el desayuno han hecho milagros. ¿Y tú, cómo estás, mi niña?- Carla sonrió.

-Algo resacosa… Espero que una ducha me despeje.

-¿Te importa que- pase yo primero?- Me levanté del sofá. -Será un momento…

-No por favor… no tengo prisa. Estás en tu casa, tú mandas- Nos reímos y al pasar junto a ella cruzamos las miradas, me miró como la noche anterior en el restaurante japonés.

Entré en el baño decidido a ser lo más rápido y seguro posible. Saqué el neceser del armarito donde lo guardaba Sonia y la caja de pastillas con el móvil de mi bolsillo. En el móvil busque la opción “cámara” y apreté la tecla “grabar”. Empezaba la cuenta atrás. Metí el móvil en la caja haciendo coincidir el objetivo de la cámara con el orificio que había practicado en el cartón. Hice hueco entre los algodones del neceser transparente para que la caja no se viera mucho y para que, lógicamente, el visor no quedase tapado por ningún obstáculo y pudiera grabar sin problemas. Cerré la cremallera, coloqué el neceser sobre la balda, entre el champú y el gel, como si fuera un elemento más del baño y… ¡Cámaras y acción! La suerte estaba echada.

Cuando salí del baño, Carla esperaba el sofá viendo la tele.

-¡Ya puedes pasar Carla!- Quizás lo dije con un tono apremiante pero era consciente de que el tiempo de grabación era escaso y estaba nervioso. Ella se levantó con las toallas en la mano y bamboleando sus senos. Yo los miraba hipnotizado. Creo que se dio cuenta y movió repetidamente los hombros mientras se acercaba a mí, haciendo que sus pechos se balanceasen de forma más visible, mirándome con ojos de niña traviesa y sonrisa picarona.

Me senté en el sofá… más bien, me dejé caer, laxo, resoplando. Me vi visualizando la grabación,e imaginé la escena: esos pechos que se movían sugerentes debajo de la camiseta, desnudos por fin ante mí. Seguramente después me masturbaría volviendo a ver la grabación. Me estaba poniendo cachondo. Agarré mi pene erecto por encima del pantalón, cuando desde el baño comenzó a sonar una frase corta y repetitiva, que me resultaba conocida e inundó mi cerebro con verdadero pánico por mi parte.

-¡Un palo…! ¡Un palo…! ¡Un palooo..! ¡Un palooo..! ¡Es un paloo…!

¡Era el nuevo tono de llamada de mi móvil…! ¡Dios…! ¿Cómo no había pensado en esa posibilidad…? ¿Cómo no había previsto la posibilidad de recibir una llamada mientras grababa a Carla en la ducha…? ¡Sólo tenía que haber puesto el modo silencio en el móvil…! ¡Soy gilipollas… gilipollas… gilipollas…! ¿Y ahora qué…? Deseaba que me tragara la tierra, desaparecer, un infarto súbito… Deseaba morirme. Una sensación de ansiedad se apoderó de mí. ¡Qué excusa podría dar… a Carla… a Nauzet… a Sonia, a la familia, al mundo!

Carla salió del baño con una toalla malva enroscada en la cabeza, otra, alrededor de su cuerpo y en la mano, mi móvil, la prueba del delito. Yo debería tener el rostro desencajado y con las mejillas coloradas. Casi estaba a punto de llorar.

-¿Es tuyo…?- Me pregunto con cierta burla enseñándome el móvil.

-¡No…!No sé… no…!- Balbucée, sin que las palabras pudieran salir de mi boca. En realidad no tenía palabras.

-¡Tienes una llamada perdida!- Alargó su mano para dármelo. -¡Buena jugada…! ¡Pero te ha salido mal…! ¿Querías grabarme en la ducha…? ¿Verme desnuda…?

-Lo… lo siento Carla- Acerté a decir. -Ha sido… una tontería… lo sé. Te… te pido perdón… de verdad- Apoyé los codos en las rodillas y escondí la cara entre mis manos, avergonzado. Me sentía un ser despreciable, estaba destrozado. Esto era mi perdición. El principio del final. Mi matrimonio, mi honorabilidad, mi vida.

Escuché, entre lamentos, mientras me tapaba la cara con las manos, un ruido sordo delante de mis pies, en el suelo. Separé los dedos para poder ver entre ellos. Había una toalla en el suelo. Subí la mirada y contemplé la deliciosa desnudez de Carla delante de mí, en vivo y en directo. Se despojó de la toalla enroscada la cabeza y me la arrojó, dejando que su pelo suelto y húmedo reposara sobre su espalda. Me quedé boquiabierto. Sus senos eran preciosos, turgentes, no muy grandes, de forma cónica y con los pezones luchando por mirar hacia el cielo.

Se arrodilló delante de mí, con mirada sensual. Se pasó la lengua por su labio superior, y sus manos se perdieron bajo las perneras de mi pantalón acariciándome los muslos y la entrepierna. Yo la miraba paralizado. Estaba realmente bloqueado.

-Pero… y Nauzet… y Sonia…- Mi voz temblaba. Me miró, muy segura de sí misma

-Nauzet y yo somos una pareja muy liberal… Sonia no tiene porqué saber nada, ni de esto, ni del móvil.- Me guiñó un ojo. Sacó las manos de debajo del pantalón y comenzó a quitármelo. Levanté el culo ligeramente para favorecer la operación. Mi miembro quedó a su entera disposición.

-¡Un palo…!- Dijo entre risas. Plegó la piel para dejar el glande a la vista y pasó la lengua a su alrededor. Tuve escalofríos al sentir el calor que reinaba dentro de su boca. En pocos segundos el “palo” alcanzó sus dieciocho centímetros de longitud plena. Vi su mirada lasciva clavarse en mi pene mientras lo masturbaba y se lo metía en la boca con verdadero deseo.

Se arrodilló a horcajadas sobre mí. Nos besamos ardientemente. Pasé mis manos por sus estilizadas caderas hasta llegar a sus glúteos, pequeños pero duros, casi los cubría enteros con las palmas de las manos abiertas. Los apreté con deseo. La pesadilla se convirtió en un sueño. Tenía precioso culito en mis manos. Acaricié sus nalgas. Carla dejó de besarme y volvió su mirada hacia mi pene, lo tomó entre sus dedos, y levantó levemente el culo para introducírselo por la vagina. Sus senos quedaron a escasos centímetros de mi cara, preciosos, deseables. Los apreté con las manos y dejé que sus duros pezones rozaran mis labios, los rodeé con la lengua. Ella comenzó a cabalgar sobre mí, primero despacio, saboreando cada centímetro que se introducía por su vagina hasta llegar a los testículos, deleitándose en cada movimiento de su pelvis ayudada por la cadente danza de sus caderas. Después el ritmo fue subiendo según subía su pasión, sus ansias de placer, su desenfreno, sus gemidos. Yo no dejaba de mirar sus pechos, de acariciarlos, de pellizcar sus explosivos pezones. La tomé por las corvas y me levanté del sillón con ella abrazándose a mi nuca y sus piernas entrelazadas alrededor de mi cintura. Era liviana y yo me sentía fuerte. Coloqué mis manos en su culo y comencé a subirla y a bajarla, penetrada por la extrema erección de mi pene. Puse su espalda contra la pared. Carla gemía, nos besamos sin tino, alocadamente y comencé a embestirla de forma salvaje. Sus gemidos se convirtieron en grititos continuados cuando comenzó a correrse…, la seguí sin remedio…

Nos recostamos en el sofá. Yo necesitaba coger aire. Carla giró su cabeza y me miró a los ojos, colocó su mano sobre mi cabeza y enredó con sus dedos entre mi pelo, se alargaron sus comisuras esbozando una sonrisa, una sonrisa que poco a poco se fue transformando en risa contenida, que pasó después a risa sin ningún tipo de contención y se convirtió en una risa a carcajadas. Yo también sonreía, no sabía por qué, pero sonreía.

¡…Un palo…!- Alcanzó a decir Carla con lágrimas en los ojos.

Elizha

Autor: ELIZHA

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