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Las caricias de Araceli

Cuando cumplí 14 años, mi mamá alquilaba un cuarto a dos muchachas del pueblo que estaban en la ciudad de México buscándose un porvenir. Las dos trabajaban. Una de ellas se llamaba Ignacia y la otra Araceli pero se las conocía por la contracción de su nombre; a Ignacia le decían “Nacha” y a Araceli “Cheli”. Cada fin de semana llegaba su hermano a visitarlas, les llevaba algo de comer y salían de paseo.
Acostumbrábamos a ver la televisión en una de las recamaras, en la que dormía; solo los fines de semana. No nos quedábamos viendo la tele hasta altas horas de la noche. Poco a poco Cheli se fue uniendo a esas veladas, hasta que una noche que llegó a ver la tele con mis hermanas, después de saludarme, sentí que me acariciaba el cabello. Yo me dejaba. No le tomé mucha importancia.En noches sucesivas ya me pasaba la mano por la nuca, unas noches más y ya me acariciaba la espalda.
Una vez por la tarde vi que llegaba del trabajo. Estaba preciosa pero lo que me llamo la atención fueron sus botas hasta la rodilla, su falda con aberturas a los lados de color crema, la blusa blanca de una tela muy delgada que semitransparentaba su sostén con encajes, su cabello rubio un poco desarreglado y sus labios rojos y las mejillas con rubor. Hacía un poco de calor así que venia acalorada. Creo que quedé hechizado desde ese momento.
Me sentí incomodo cuando me miró con esos ojos color miel. Me puse colorado así que me fui a mi cuarto. Me quedó esa imagen revoloteando en mi mente.

Preparaba mis libros y cuadernos en mi mochila de ese domingo. Ya eran casi las 7 de la noche, cuando entró Cheli a mi cuarto pidiendome unas hojas blancas y una pluma para escribirle una carta a su mamá, ya que su hermano iba a ir al pueblo. Estaba vestida como la tarde cuando llegó. Creo que estaba un poco alcoholizada. Me senté a su lado y le pregunté qué le pasaba. No me contestó, La dije que se veía muy bonita. Me contesto que lo que le molesta de la mayoría de los hombres era que lo único que querían de ella era solo sexo.

  • No hay quien no me chule, solo tú no me dijiste nada.

La respondí que qué, podía esperar de un chico de 14 años que aún estudia la secundaria pero que sí me había dado cuenta de su belleza y más que nada con las botas.

  • Me dijo mi novio que estaba muy flaca y que no me volviera a poner las botas que no le gusta como me veo, por eso me tome unas copas y lo mande a volar.

Se quedó callada un momento. Luego me pregunto:

  • En serio, Román, ¿te gustan mi piernas?
  • No las he visto bien.

Entonces levantó su falda y pude ver una pierna muy bien formada y creo que con las botas mucho más. Se puso de pie y levantó aun más su falda. Esta vez pude ver sus dos hermosas piernas. El solo echo que tuviera puestas las botas me provocó una erección poderosísima. Creo que nunca había experimentado una exitación como esta. Mi voz tembló y también mi cuerpo. Cuando se sentó de nuevo en la cama le pedí permiso para tocarla pero no me contestó. Hay un dicho popular mexicano que dice que “el que calla otorga”. Metí mi mano entre sus piernas y pude acariciarlas. Estaba tan concentrado levantando su falda cuando tocaron a la puerta. Eso me sacó de mi embeleso. Así perdí una ocasión perfecta de tener algo mas con Cheli.

Mi mamá se dio cuenta de mi actitud cuando Cheli se me acercaba. Con solo oír su voz me provocaba una firme erección y mi pene goteaba muchísimo. Creo que sabía que su tiempo en mi casa llegaba a su fin.

Cuando se fue quedé muy enojado. Pasaron muchos días pero lo que me mataba era esa excitación constante de su recuerdo. Sucumbí a mis impulsos. Con el pretexto de irme a bañar, me masturbe bajo la ducha. Tuve un orgasmo explosivo. Mi semen salio como ametralladora y salpico la parte baja de la puerta. Aún pienso que solo fueron unas caricias y qué hubiera pasado si en verdad tubieramos sexo.

Hoy, a mis 50 años, ni en mi vida de casado me ha pasado esto pero sigo teniendo esa excitación que… aún escribiendo estas palabras la experimento.
Cuando veo a las mujeres con este tipo de atuendo me excita mucho. Dicen que los amores dejan una marca en nuestra vida, así la dejo Cheli en mí.

Ernesto Michenco

 

Autor: Plataforma de amor

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