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La reina de la fiesta

Te arrepientes. Recuerdas que tuviste el triunfo a tu alcance. Que conviviste con el. Que lo disfrutaste. Que lo acariciaste y que incluso te besó. Una, dos y hasta mil veces. Besos de todos los colores y tamaños. Pequeños, largos, infinitos, de tornillo y de esos que la gente piensa que ni siquiera existen… Recuerdas muy bien que lo amaste y que incluso te llegaste a enamorar de él. Hasta las trancas. Que le hiciste el amor como una puta en celo. No sabes hacerlo de otro modo. Como quizás nunca antes habías amado. ¿Te acuerdas? Por supuesto que sí. Tu expresión en el rostro era muy elocuente. Quien te veía lo sabía. Sin más explicaciones. Esa es tu peor condena, que no eres capaz de olvidar. Que lo tienes presente todos los días. Todos. No existe peor castigo para una anciana, que recordar sus mejores años de juventud. Es muy difícil saber envejecer.

Tu tortura eres tú misma. Tus miedos y tus dudas. Esa confusión tan tuya de no saber hacia dónde vas. Ese egoísmo tan innato que te impide darte y comprometerte con algo. Esa incapacidad de amar. No es culpa tuya. Sencillamente tu cerebro se olvidó de conjugar el verbo amar. Bastante tienes tu encima con tratar de soportarte a ti misma. No es fácil. Al contrario, es insoportable. Por eso quizás estallas tan a menudo y pierdes el equilibrio, si es que alguna vez lo tuviste. La inmadurez de tus actos te recuerdan a diario que ya pasó tu juventud. Sin embargo, tu mente sigue instalada en los diecisiete y prefieres beberte la noche de un trago y todo lo que se te ponga por delante.

Y es precisamente ahora, cuando pretendes rehacer tu vida, que te das cuenta de todo. Ahora. No puedes avanzar. Cualquier otra relación es imposible. Está condenada al fracaso. Lo has intentado pero no funciona. Ni funcionará jamás. ¿Qué es lo que falla? Seguramente tú, ¿quien si no? La comparación es inevitable. Odiosa. Ya lo sabes. Nadie te trató con tanta dulzura jamás. Es una competición desigual. Nadie que haya tocado el cielo y convivido en el paraíso quiere volver al infierno. Nadie quiere regresar al suelo después de volar. Nadie quiere perder a quien le pudo salvar. Y sin embargo allí has aterrizado. En el infierno. Por decisión propia. Y lo has hecho para quedarte con todos tus semejantes. Te hiciste su cómplice y fuiste aceptada como una más. Pasaste la prueba, vendiste a quien te amó. Le engañaste. No se puede hacer peor. Sembraste vientos, tempestades y ahora recoges la cosecha. Te refugiaste entre los traidores y pervertidos. Entre los delincuentes y mal nacidos. Aquellos que no tienen dignidad, ni principios porque jamás la conocieron ni la conocerán. Como tú. Y si no fuera porque quieres ser la reina de la fiesta en todas las circunstancias aceptarías tu condena. Te dejarías llevar, pero nadie quiere una limonada cuando te pueden servir champán. Nadie quiere pasar desapercibida cuando necesita ser la protagonista. Lástima. Lo tuviste. Todo. Y ahora, desde el infierno, te arrepientes. Cada día un poquito más.

Pedro García Gallego

Autor: Peter

Comentarios (1)

  1. Bernicexanthe dice:

    Muy bueno Peter. Cuantas reinas de la fiestas rondan aún por la noche!!!

    Besos

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