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La clave de sol

Sin darse cuenta se tatuó su nombre y lo encerró en una clave de sol. Cada surco de ese dibujo está escrito con las cinco letras que le definen. Quizás por eso a él le apasionaba tanto regalarle música cada mañana. Esperaba a que ella saliera a la calle y durante el trayecto hacia su trabajo recibía una declaración de amor en forma de canción. Una más. Conocía sus gustos y, tal vez, por eso casi siempre solía acertar. De igual manera que cuando estaban a solas. También le desarmaba. Sus cuerpos desnudos jugaban a reconocerse y a saciarse de sexo. Siempre lo encuentras, no sé cómo lo haces. Decía ella, entre jadeos, con la respiración todavía entre cortada. Entonces él lanzaba una mirada pícara y una sonrisa de triunfo sobre su atractivo vientre. Sin duda la zona más sensual del cuerpo de ella. No fue casualidad que aquel tatuaje quisiera cobijarse en semejante lugar. No, no lo fue.

Ella destilaba música por cada poro de su piel. Por eso, cuando su cuerpo todavía estaba virgen de tatuajes, a él se le ocurrió el más apropiado para ella. ¿Cuál crees que me podría quedar bien? Preguntó ella. Una pequeña clave de sol en tu cadera. Contestó él. Los ojos de ella se iluminaron. Fue un sí rotundo. Sus ojos hablaban y él era su mejor intérprete. Sólo fue cuestión de tiempo. Esperó el momento adecuado para llevar a cabo aquella obra artística sobre el privilegiado lienzo de su piel. Y lo hizo. Otros dibujos mancharon su piel, en otras áreas de su geografía, pero sólo aquel llevaba grabada su esencia.

Meses después ambos prometieron sellar su amor tatuándose el nombre del otro en la piel. Ritual de enamorados. Estaban borrachos de amor. Con ese tipo de pasión que se presenta muy pocas veces en la vida y que apenas se comienza a valorar de verdad cuando ya se ha terminado. La resaca fue dura. Sin embargo, ella cumplió su palabra sin proponérselo. Lo hizo dos veces. La primera de ellas, la vengo contando. Esa bendita clave de sol que lleva los trazos de su nombre bien escondidos. Y la segunda coincide con la primera de él. Se lo grabaron, a fuego, los dos en el único lugar donde no se puede borrar. En el corazón. Allí dentro lo llevan, para que no se les olvidé que aquello que vivieron fuel real. No digas nunca que fue un sueño, por favor.

Cada vez que ella se ducha, se viste o se desviste lo vuelve a mirar. Es inevitable. Como lo fue su historia de amor. Entonces ella lo contempla y sonríe. Repasa las líneas de su tatuaje con la yema de sus dedos, como si quisiera recordar cada una de las caricias recibidas. Siempre estaba presente. Daba igual el estilo musical que sonara. Bien podría ser Frank Sinatra, Bruce Springsteen o Camarón. Todos invocaban su recuerdo. Ella volvía a sonreír, cerraba los ojos y se tocaba la cintura a la altura de su tatuaje, justo en el lugar donde se encuentra el amor de su vida. Aquel que te marca para siempre. El que no se olvida jamás. Precisamente ese. El que estás dispuesta a tatuarte con una clave de Sol.

Pedro García Gallego

Autor: Plataforma de amor

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