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Juego de cartas

Agradecemos a Ernesto Mincheco el envío de su tercer relato: “Juego de cartas”

Salimos temprano del trabajo en el Conalep “Huixquilucan” donde Yolanda y yo trabajábamos como profesores. Ambos teníamos la asignatura de matemáticas y otras materias acordes a nuestras carreras. Ella estaba todavía en la facultad de química en la U.N.A.M.. y yo, por mi parte, aún asistía a clases en el I.P.N., a pesar de ser de instancias educativas contrarias.

Ella y yo nos llevábamos muy bien. Entre nosotros no había esa rivalidad común. Al contrario, nos ayudábamos mutuamente.
Era una muchacha muy bonita. Tenía el cabello chino, esponjado, largo y de color castaño claro. Labios gruesos, la nariz respingada, ojos café; su estatura de 1.62 m. Su complexión era robusta pero esbelta, bien proporcionada. Sus senos de un tamaño mediano, como dos toronjas. La mayor parte de las veces vestía con pantalones. No pude apreciar muchas veces sus piernas en el tiempo en que la conocí; si acaso unas 20 veces llevó vestido al Conalep. pero sí, tenía bonitas piernas. Se veía una lonjita que hacía ver su figura atractiva, por lo menos para mi gusto. A veces me recordaba a una bailarina exótica de los años ochenta, de la televisión mexicana llamada “Tongolele”. Uno de esos días en que Yolanda llevó un magnifico vestido color durazno, la parte de la falda tableada de vuelo y con arrebol; zapatillas blancas. La parte del tronco del vestido era apretadito al cuerpo, con un escote discreto pero se alcanzaba a ver su sostén y un poquito del valle que forman sus dos senos. El sostén levantaba sus pechos de tal manera que solo ver, quisieras recargar tu cabeza sobre ellos. No llevaba medias.
El vestido se amarraba por la cintura, dejando ver sobre la ropa esa lonjita que me enloquece. En el cabello, como si fuera diadema, una mascada naranja, sostiene su cabello. Su maquillaje era muy tenue, dándole un matiz delicado. Y los labios con labial rosa y con brillo. Debo confesar que vestida así, tan preciosa, me daba miedo acercarme a ella. Estaba tan linda y yo tan poca cosa. En ese tiempo era un poco tímido, estaba combatiendo esto, aumentando mi seguridad.
En días anteriores ya me había declarado a Yolanda. No me dijo ni que sí ni que no pero me permitía, por lo menos, besarla en la mejilla cuando nos saludábamos, cosa que no hacía con nadie más. Lo que sí me dijo es que a veces le gustan los amigos de sus novios y no quería que perdiéramos esa valiosa amistad.

Estaba haciendo los reportes mensuales y asentando las calificaciones a las listas de alumnos de mis grupos cuando llegó Yolanda de sus clases y me pidió que le ayudara a vaciar los datos en sus listas, que estaba aprovechando que no hubo mucho trabajo. No terminé lo que estaba haciendo, en cambio le ayudé con esa actividad y pospuse la mía. Pero lo que me convenció para ayudarle es que me dijo: que si la acompañaba al parque de la juventud que quedaba a escasos dos kilómetros del Conalep, y que ahí terminara mi trabajo, que hacia un día excelente y quería compañía.
Ya fuera del plantel, y caminando a un lado de la carretera con ella, me pude dar cuenta del hermoso día soleado, con buena temperatura, excelente para caminar y platicar. Me contaba de un sueño que tuvo, en el cual un toro la perseguía. Quería saber qué significaba ese sueño. A ella le gustaba consultar el horóscopo y tenía ciertas supersticiones.
En la entrada del parque y viendo la pared donde estaba el nombre del mismo, se detuvo. Como que algo me quería decir pero no se atrevía a exteriorizarlo. Caminamos hacia los kioscos con mesas y bancas hechas de cemento y ya andando sobre un magnifico césped sorprendentemente verde. Se podía sentir una liviana brisa que movía su cabello. Entonces me hizo una pregunta por demás incomoda: Se acercó todavía más y me preguntó, mirándome fijamente a los ojos, ¿por qué los hombres prefieren a las mujeres jóvenes en cuanto al sexo?…

Pero ¿por qué quieres saber esto? Eso, como hombres, no nos debería de importar. Cada mujer tiene algo de especial.

Para mí es importante; me contestó. Responde mi pregunta, por favor.
En cuanto al sexo, tenemos la idea equivocada de que cuanto más jovencitas, aprietan mejor el pene y la sensación es súper placentera. Con los años, y los partos, las vaginas ya no tienen la fuerza de antes y ya no aprietan igual; pero para mí y según las experiencias que han tenido parejas estudiadas por sexólogos, la vagina es como un guante que se adapta al tamaño de lo que se introduzca en ella. Es una idea muy machista que estigmatiza a la mujer y le hace sentirse humillada. No es de hombres que se puedan llamar como tal.
Dijo unas cuantas palabrotas (majaderías, incluso recordando el 10 de mayo) del que es su novio.

Se atrevió a cambiarme por una jovencita. Todo por unos 20 minutos de placer, qué poca ma….

¿Por qué mejor no disfrutamos de este magnífico día y hablamos de otras cosas más provechosas? Traigo una baraja y también compré un libro que tiene bastantes juegos de naipes. ¿Por qué no lo hojeas para ver qué juego te interesa, mientras yo termino de hacer mis reportes escolares? No me va a llevar mucho tiempo hacerlo.
Mientras hacía mi trabajo, ella hojeaba el libro y de vez en cuando se paraba para caminar un poco alrededor del kiosco donde estábamos. Empezó a nublarse de repente. Por suerte ya había terminado mi trabajo. Entonces ya pude platicar con ella. Ya que tenía el libro en sus manos, le pregunté qué juegos de naipes se sabía. Jugamos manotazo, jugamos póker, hasta conquián (en Nicaragua le llaman desmoche). Lo había jugado con mis primos de Nicaragua.

No nos percatamos de que el tiempo se estaba preparando para llover, pero como vimos antes el día magnifico, no pensamos que iba a cambiar drásticamente y confiados no pusimos a jugar conquián.
Quise apostar algo y se me ocurrió algo erótico, creyendo que iba a rechazar la apuesta pero me equivoque. Sí aceptó. Todavía no me la creía. Pensé que a lo mejor perdiendo las primeras partidas diría que no.
Apostamos a que el que perdiera tres partidas le enseñaba su órgano sexual. Si yo perdía, la mostraría mi pene y si ella perdía, me mostraría su vagina. Fue un juego muy reñido. Acaso fueron cinco partidas. Perdí las dos primeras, gane otras dos y en la quinta partida perdí, así que me tuve que desabrochar mi pantalón y mostrarle mi pene.

Yo traía ganas de tener sexo, así que mi pene poco a poco se empezó a parar. Se me puso enfrente. Levantó su falda un poco para que pudiera poner mi pene entre sus piernas y me permitió rozar sus muslos por la parte interna con mi pene, en un vaivén muy delicioso. Mi pene fluía líquido pre-coital, mojando el puente de sus calzoncitos coquetos de color amarillo con cintillas colgando.

La gente se alejaba del lugar debido a la lluvia que caía pero nosotros no nos separamos. Mientras nos contoneábamos, admiraba sus ojos café y observábamos nuestros gestos de placer hasta que pude venirme. Entonces ella me abrazó por el cuello y me preguntó al oído si me gustó la experiencia.
Mientras se secaba y limpiaba y la forma en que pasaba por sus muslos el pañuelo que le di para que se limpiara, sentada en la banca, me excitó una vez más pero ella ya no quiso. Nos quedamos junto sentados en una misma banca, esperando a que dejara de llover.
Yolanda, aún con la experiencia que tuvimos, siguió con su novio. Esta es una de las pocas oportunidades que me dio. Donde quiera que esté, la sigo recordando.

ERNESTO MICHENCO

 

Autor: Plataforma de amor

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