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Entre los arbustos

Ernesto Michenco, uno de nuestros más fieles seguidores, nos ha enviado este nuevo relato. Esperamos el siguiente Ernesto. Un abrazo.

ENTRE LOS ARBUSTOS

En México el 15 de mayo se celebra el día del maestro y para hacer la celebración, el Conalep (Colegio Nacional de Educación Profesional Técnica), alquiló el auditorio del Parque de la Juventud de Huixquilucan, en el estado de México. Todos los días me desplazaba de la Cuidad de México (Distrito Federal) al poblado de Huixquilican donde se encontraba el colegio. El trayecto duraba aproximadamente una hora, pero me gustaba, por el hecho de admirar el paisaje. Para mí era como un momento de relajación.
Desde que conocí a Yolanda, nunca pude convivir con ella como si fuéramos novios. La mayoría de las veces tomaba un rol de amante, la invitaba a salir y la pasábamos muy bien; pero siempre estaba la sombra de su novio presente y teníamos que escondernos. Muchas veces pedí el lugar de honor en su corazón pero simplemente no quería- ¿Por qué? No lo sé, nunca se me ocurrió preguntarle, además siempre me contestaba: que no quería que perdiéramos esa amistad que teníamos. Ahora, a estas alturas de mi vida y con 50 años de edad, comprendo que éramos amigos, con derechos. Por alguna razón su novio no pudo acompañarla a la fiesta en honor de los maestros, el caso es que se presentó sola, pero ya llegó a la mitad de la celebración.
Mientras no estuvo, estuve tomándome unos tragos (highball), así se llaman. Dentro se hizo una verbena popular, pues llegaron maestros de los poblados circunvecinos y las autoridades municipales. No pudieron faltar los tradicionales mariachis. Se organizó una rifa de regalos varios en la que, por cierto, me gané una licuadora y los alumnos del plantel organizaron una kermes con juegos de mesa, juego de dardos y antojitos mexicanos.
El camino hacia el auditorio municipal está a escasos dos km del Conalep, así que lo caminé con mis amigos maestros y un tanto de mis alumnos. Todos íbamos sonrientes y platicando sucesos graciosos. Pasamos por el portal del Parque de la Juventud y nos enfilamos por un sendero de más a menos 100 m. de largo. Los arbustos a cada lado tenían una altura de 1.5 m., estaban podados y tenían un ancho de 2 m. Eran dos. Uno enfilaba a la puerta de entrada y el otro enfilaba hacia la salida de emergencia, muy hermoso, por cierto. Contrastaban los tonos de verde; verde claro para el césped, el color de la tierra en café claro y el verde obscuro de los arbustos con florecitas rojas. Le daban un aspecto paradisiaco y resaltaba aún más porque era el tiempo de lluvias. Uno de mis alumnos me dijo que entre los arbustos hay suficiente maleza como para esconderse. Comentaron que se habían cometido algunos asaltos en esa zona y que a veces los enamorados acudían a ese lugar para tener relaciones sexuales.
No le puse importancia a las palabras y seguimos hasta la puerta de entrada. Ahí estaban esperando a la plaza magisterial del Conalep y nos asignaron lugares en las butacas y nos sentamos a esperar. Héctor me preguntó si iba a llegar Yolanda, si no me había llamado por teléfono. Le contesté que no. Él fue el que me dijo que Yolanda no podía, porque quedó en verse con su novio y no vendría.
Conviví con mis alumnos y alumnas y también con mis compañeros profesores pero, varios de mis alumnos vieron a Yolanda llegar sola y me fueron a avisar. Ya llevaba varias copas encima; y, a Yolanda no le gusta que uno esté en esas condiciones a su lado; así que me hice espacio entre mi círculo de amigos y después entre las personas que estaban bailando para llegar a los sanitarios. Allí me mojé la cabeza, me lavé la cara, me acomodé la ropa, me lavé los dientes, incluso me puse a mascar unos chicles de menta para disimular el olor a brandy. Salí más renovado; pero ni aun así. Yolanda de todos modos se dio cuenta pero no me dijo nada, al contrario me saludo de beso, cosa que nunca hacía cuando había mucha gente y me dijo al oído: por ahora así está bien, luego hacemos cuentas.
Se integró en la fiesta, ella con sus amistades y yo con las mías. De vez en cuando coincidíamos en las miradas y solo nos limitábamos a sonreír. Con el tiempo las personas se estaban retirando del recinto. Cuando se me presentó Yolanda y me dijo que si la acompañaba a su casa, le contesté que sí. Comencé a despedirme de mis amigos. Quise ir al baño pero me dijo que tenía prisa y ya no pude. Al salir, el aire estaba fresco. De por sí, traía ganas de orinar y con esa frescura más ganas me dieron pero ella me jalaba del brazo. Caminamos por uno de los senderos. Ya no podía aguantarme más. Le dije que me esperara. Ya habíamos caminado unos 50 m, entonces se detuvo. Me interné en los arbustos para orinar con calma. Cuando salí al camino ya no estaba.
Antes de seguir creo que es recomendable que sepan cómo vestía en esa ocasión. Creo que parecía una muñeca de aparador. Llevaba un vestido floreado que tenía el largo debajo de las rodillas, con holanes debajo de la falda, lo que le daba un aspecto esponjado, ajustado en el tronco y extendido de la cintura para abajo. Un escote provocativo, con tirantes en los hombros. El sostén le levantaba y separaba sus senos deliciosamente. Una pañoleta anudada a manera de diadema y el cabello largo y enroscado. Sus piernas vestían unas medias blancas que llegaban hasta los muslos y sujetas con liguero. Una tanga en blanco translucido que dejaba a la imaginación la maraña de pelo de su pubis. Lo del liguero y la tanga lo supe después. Sus zapatillas blancas y su abrigo del mismo color.
La busqué pero no había rastro de ella. Al revisar entre los arbustos vi las huellas de sus tacones. Seguí el camino marcado con las huellas hasta un sitio donde el suelo estaba libre de vegetación. Allí estaba Yolanda, sentada sobre un trozo de árbol seco. Cuando me escuchó llegar me dijo: “vaya, ¿por qué te tardaste tanto? Creí que algo te había pasado y de veras me preocupé. Cuando quiero estar con mi novio no puede salir y ya me cansé que siempre suceda lo mismo. Hoy tenía ganas de sexo y prefirió quedarse en casa, pero tú estas siempre disponible cuando te necesito. Me aguanto mis ansias; sacrifico mi tiempo y no me lo agradece. Hoy me interné en este lugar porque quiero…, tú ya sabes….Me dijiste que cuando las mujeres usan liguero eso te excita en gran manera y que tu color favorito es el blanco. ¿Puedes levantar mi falda?”. Levanté la falda en la posición que estaba. En verdad usaba un liguero. Subí aún más su falda y pude ver la tanga como la describí antes. Me desabroche el pantalón y los bajé con todo y trusa. Ella pudo ver mi erección y eso me encendió todavía más. Colocamos su abrigo y mi chamarra como tapete. Ella se sentó ahora en el piso. Hurgué entre los holanes de su falda. Hice a un lado su tanga y metí lentamente mi pene. Ella dio un suspiro largo. Su vagina estaba mojada. Tal vez estuvimos en esa actividad unos cinco minutos cuando empezamos a escuchar voces. Ella bajó su falda, a mí ya no me dio tiempo. Mis alumnos se sorprendieron de encontrarme en esa situación con el pene parado frente a ellos. Me abroché el pantalón mientras ellos se retiraban riéndose. Una vez que se alejaron quise reanudar lo que deje sin terminar. Esta vez tampoco se pudo ya que venía más gente. El sitio que buscamos fue uno muy concurrido.
Al otro día mis alumnos me recordaban este incidente cada que podían. En cuanto a Yolanda; jugaba con mi deseo insatisfecho, tenía que buscar la forma de estar junto a ella íntimamente; pero, no encontraba la forma. Me dirigí al cubículo de los profesores. Había una mesa grande y larga. Me senté en una silla. A mi espalda estaba un librero. Ahí estuve meditando mientras llegaba el tiempo de dar mi clase de dibujo técnico. Un rato más y Yolanda se sentó junto a mí.

“Hola; guapo”, fueron sus palabras. “¿Por qué tan solo?”, me preguntó. “Siento que estas muy enojado pero yo también me quedé con las ganas,-pero; si no es esta semana, alguien se me puede adelantar”.
“Tienes novio y con el también tienes relaciones sexuales. Yo me tengo que aguantar. Nos están mirando, no quiero pelear ahora, cálmate ¿sí?”.

Sus manos acariciaban mi pierna izquierda hasta que llego a mis partes nobles. Corrió el cierre de la bragueta de mi pantalón y me masturbó deliciosamente. No se podía ver nada debajo de la mesa. Aprovechamos esa circunstancia para darnos sexo. La situación es complicada porque tienes que poner cara de que no está pasando nada; cuando en realidad está ocurriendo, pero la excitación es máxima. Por fin eyaculé.

“¿Estás conforme ahora?”, dame tiempo, las cosas pueden cambiar.
No supe muchas cosas de su vida porque ella no me lo quiso decir. Tal parece que ya estaba comprometida para casarse, una tradición que todavía perdura en el estado de Oaxaca y como ellos eran de Juchitán; una ciudad de estado del mismo nombre, ya no seguí trabajando en el Conalep.

Ella se quedó otro año. Las cosas no fueron ventajosas para mí ya que me despidieron.
Cuento el relato de uno de los acontecimientos solamente. Aún hay más pero esa es otra historia que también voy a plasmar en el papel; pero no, ahora.
Creo que Yolanda merece su propia historia de amor.

Ernesto Michenco

 

Autor: Plataforma de amor

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