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Enamorarse

Los amores platónicos tienen la particularidad de que nunca te defraudan y además siempre que los necesitas puedes recurrir a ellos, porque al igual que sucede con algunas farmacias, suelen estar disponibles las veinticuatro horas del día. No hay defectos, solo virtudes y deseos cumplidos con ellos. Además, el hecho de que son inalcanzables y que nunca cobran vida, lejos de convertirse en un inconveniente, les hace ser muy especiales. Probablemente ahí radica su mayor virtud. Pero como casi todo en la vida, conviene tomarse las dosis justas para no obsesionarse con ellos. Su cara más ingrata aparece cuando tú quieres salir a cenar, a dar una vuelta o simplemente a compartir algún momento de intimidad en tu propia casa con ellos. Entonces es cuando te das cuenta que esos seres etéreos que has creado no tienen ningún interés en cambiar su estado gaseoso por el sólido, por mucho que tu te empeñes.

Cuando nos enamoramos de una persona, normalmente ella también colma todas nuestras expectativas. Proyectamos en esa persona todo aquello que idealizamos y que anhelamos encontrar en aquel con el que ansiamos compartir nuestro tiempo. Vemos al otro como realmente nos gustaría que fuese y construimos un ser imposible que se instala dentro del cuerpo de aquella persona en la que nos hemos fijado. Nuestro enamorado o enamorada tiene, por tanto, una presión añadida que percibe rápidamente y que trata de satisfacer durante un periodo de tiempo limitado que es muy difícil de concretar. Y entonces sucede que, más pronto que tarde, aparece la esencia de la persona y con ella su verdadera personalidad. Y por fin ocurre que se rompe el corsé en el que se encontraba constreñido nuestro enamorado y consigue liberarse mostrando toda su verdad. Es imposible permanecer preso de una falsa identidad, sin volverse loco, solo por agradar las expectativas de la persona con la que hemos decidido pasar el resto de nuestra vida. Y es entonces cuando, a veces se nos cae la venda de los ojos (otras muchas nos vamos a la tumba con ella puesta) y nos damos cuenta de que hemos estado construyendo y proyectando en un ser de carne y hueso, todo aquello que idealizamos en nuestros amores platónicos. Y puede pasar (y de hecho pasa) que a veces nos sentimos incomprendidos y decepcionados porque la teoría de las expectativas ha fracasado una vez más.

Pocas veces caemos en la cuenta de que nuestras propias carencias no las puede resolver la persona de la que nos hemos enamorado. Y que ella no es la culpable de que disfracemos la realidad a nuestro antojo. Cada uno de nosotros tenemos una forma de ser y de sentir que nos hace únicos. Por ello creo que todos deberíamos intentar hacer un esfuerzo por aceptar al otro, sin pretender moldearlo artificialmente, antes de que podamos convertirlo en algo etéreo y gaseoso que pueda llegar a ser tan bello como mentiroso.

Pedro García Gallego

Autor: Peter

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