Home » Blog » El puente de los enamorados

El puente de los enamorados

En la ciudad de México, un parque llamado parque Lira, cerca de la estación del metro Tacubaya, cuenta con miradores hechos exclusivamente para descansar y poder admirar el paisaje. Son como siete miradores que los enamorados usan para declararse su amor o para darse los consabidos arrumacos propios de su relación. Recuerdos de serenatas, lugares de encuentros y desencuentros, de lágrimas y risas y de despedidas dolorosas. Pero el personaje principal de esta historia es el puente colgante de maderos, de días de campo y comidas los domingos. Pero además los niños celebraban sus cumpleaños allí en sus áreas verdes. Existe una fuente que emite chorros de agua a manera de torres de cristal.

El magnífico mirador de la fuente era el más notable de sus lugares. Allí íbamos dos compañeros y yo a cantarles a los enamorados con tres guitarras y mucha disposició. A muchos corazones pudimos alegrar y consolar. Una tradición de cantarle a la pareja en México que ya se está perdiendo, con pocas bancas alrededor de la fuente monumental.
Antes este parque estaba lleno de cuevas ya que en esta zona de la ciudad se construyeron minas donde los españoles extraían oro y plata. Se taparon porque también era lugar de reunión de asaltantes y otras alimañas, hasta que se logró rescatar esta área verde. Existe vigilancia día y noche y a pesar de la presencia policíaca todavía es un lugar seguro. Hoy en día, (año 2015), se construyó un área exclusiva para juegos infantiles, una biblioteca pública le da vida por las tardes y una segunda fuente monumental, que anteriormente servía de campo de fútbol ahora ostenta un agua cristalina. También existe dentro de la demarcación una alberca pública y hay áreas para practicar deportes al aire libre. La escuela de karate los domingos o las clases de zumba para activación hacen los domingos espectaculares. A escasos dos kilómetros hay una feria.
La delegación Miguel Hidalgo utilizó parte del cerro para ubicar las oficinas públicas en edificios coloniales acordes con la arquitectura del parque, que funciona desde las 9 am hasta las 6 pm. Hay un estacionamiento en la entrada del periférico para unos 100 autos. También hay una explanada a manera de teatro griego donde se hacen representaciones teatrales. Incluso el área ha sido usado para la celebración de bodas en un lugar bonito por demás decirlo. Fiestas al por mayor se han hecho allí.
A un lado hay una casa estilo colonial llamada “la Casa de la Bola”, que se ha hecho museo de sitio para exposiciones de pintura y escultura. Se acondicionó un espacio para construir un restaurante y hay un foro donde pe presentan artes escénicas diversas. El espacio es usado como casa de cultura en ese pintoresco lugar de Tacubaya. Si algún día vienes no se te olvide visitar el museo “Casa de la Bola”.

Descubre este fantástico museo, ubicado al poniente de la ciudad de México (en la zona de Tacubaya) que, alojado en una vieja casona,-propiedad de Antonio Haghenbeck y de la Lama-, ofrece un insólito viaje al pasado.
Como las personas, los edificios, las casas, tienen su propia historia. A través de la vida, todo deja huella. La vida se forma de luces y sombras y con ello queda marcada la personalidad y, por ende, el rico o pobre balance de nuestro pasó por la tierra.
Una similitud entre las personalidades saturadas de experiencia con las que se antoja charlar, preguntarles mil cosas de las que fueron testigos o protagonistas-y las viejas construcciones, viene a la mente al visitar casonas señoriales con muros revestidos de siglos de historia.
Tal es el caso de la “Casa de la Bola” (en la calle Parque Lira y anexa al parque público del mismo nombre), hoy convertida en museo privado, por expreso deseo de quien la habitara y fuera en vida su propietario: Antonio Haghenbeck y de la Lama. Pero no es ésta la única gran propiedad que él habitara y que legara a la posteridad en calidad de museo, ya que también era dueño y ha dejado con el mismo fin la ex-hacienda de Santa Mónica, en el estado de México, y la ex-hacienda de San Cristóbal Polaxtla, en San Martín Texmelucan, Puebla.
Hoy por hoy es la Casa de la Bola, en pleno proceso de excelente restauración y acondicionamiento museográfico-, la que ya funciona, para deleite del público, como museo de visitas guiadas, en pequeños grupos y previa cita.
El solitario caballero que fuera don Antonio Haghenbeck y de la Lama, quien muriera en 1991, era un experto conocedor de arte y antigüedades, además de coleccionista que viajó por medio mundo. Visitó innumerables museos, muchos de los cuales, sobre todo en Europa, son o fueron residencias, castillos y palacios particulares, que no obstante su transformación aún conservan un ambiente íntimo que les dota de un particular atractivo, de un tono vivo y humano disperso entre las múltiples obras de arte atesoradas por sus propietarios a lo largo de los siglos.
Cabe pensar que don Antonio, al disfrutar sus visitas a estos castillos y señoriales residencias, espléndidas en su acervo artístico y en su decir histórico, pensara en algún momento que sus casonas de México, algún día, cuando él ya no contara en este mundo, pudieran servir a la posteridad en forma similar, lo que sin duda se ha conseguido hoy.
Su legado, que hoy conforma la fundación cultural Haghenbeck y de la Lama, encierra infinitos tesoros artísticos de épocas muy diversas. Su sabor de historia viva se ve acentuado por el hecho de que, por su expreso mandato, cada salón, cada rincón, permanecen tal como él los habitara. Por eso, en este museo de la casa de la bola, igual que en los castillos europeos, aun se palpa la presencia de quien en vida fuera su legítimo poseedor.
Don Antonio disfrutó adquiriendo, como experto coleccionista de arte que era- muebles, pinturas, candiles, esculturas con las que decoraba su ámbito, teniendo cuidado, además, en respetar lo más posible el edificio tal como lo adquiriera de manos de su primo Joaquín Cortina Rincón Gallardo en el año de 1942.
Aparte de admiración, este museo produce curiosidad. Al llegar, el visitante se pregunta: “¿aquí vivía, solo ese señor?” “¿Cómo y cuándo acumularía tales maravillas?” “¿Será este el oratorio donde rezaba a la virgen predilecta en su devoción?” Así, el público no solamente se solaza en deleite estético a la vista de los cientos de objetos de arte que encierra, sino que se entretiene imaginando compartir, durante el recorrido, parte de la vida de un singular personaje.

Una casona que es un libro de aventuras
La Casa de la Bola, cuando la adquirió don Antonio, fue decorada según la moda, muy al suntuoso y ecléctico estilo de mitad del siglo XIX. Él había vivido, en su juventud, en una casona semejante. Así, uno se explica la exuberancia en el ornato, la diversidad de obras de arte de distintas épocas, las paredes tapizadas de seda, los impresionantes candiles y espejos. En esta casa se respira una atmósfera decimonónica que prácticamente ya no impera en ninguna casa en México.
Precisamente en el siglo pasado, el actual edificio sufrió eventuales agregados, que sin embargo no afectan su esencial corte colonial. Se cree que el predio como tal, existe desde el siglo XVI, aunque los documentos que certifican la propiedad, son de 1600. A partir de esa fecha, la Casa de la Bola ha tenido 19 propietarios, lo que la convierte en testigo de mil aventuras que darían vida a relatos costumbristas entrelazados a un contexto histórico determinado. Tuvo dueños poderosos y ricos, que al vaivén de nuestra accidentada historia, sufrieron serios reveses de fortuna.
El primer propietario registrado fue un inquisidor: Francisco de Bazán y Albornoz. Para finales del siglo XVIII aparece como dueño un señor de apellido Gómez, metido en negocios de minas, quien finalmente perdió su fortuna, viéndose obligado a vender la propiedad mediante un sorteo de la lotería nacional, organismo con el cual se sostenía, en el siglo pasado la academia de San Carlos. Fue entonces cuando llegaron dos arquitectos, académicos eméritos de la propia academia, para realizar el levantamiento de la casona, levantamiento que aún existe y que conservaba celosamente don Antonio. El documento data de 1801 y contiene una prolija descripción de la casa, demostrándonos que, salvo algunas leves modificaciones, el edificio se conserva casi intacto a como era a finales del siglo XVIII.

Una deliciosa propiedad campestre
Con ocasión del levantamiento, y dentro del inventario total de la construcción encontramos una detallada descripción de los jardines, lo cual nos hace considerar la casa como residencia campestre. No llegaba a ser hacienda, aunque allí se producía aceite de oliva y había algunos huertos. En la planta baja de la casa había instalaciones destinadas a la elaboración y almacenamiento del aceite. Por otro lado, la finca contaba en el frente con un extenso magueyal, del que seguramente se extraía pulque para el consumo casero y para la venta. Hoy ya no quedan ni olivos, ni frutales, ni magueyes. Los actuales jardines, por demás hermosos, únicamente conservan restos de la instalación hidráulica: una gran pileta situada al fondo, de la cual salen varios ductos de barro que, antiguamente, desembocaban en estanques escalonados cuyos vestigios aún pueden apreciarse.
De la venta-sorteo quedó como nuevo propietario el Conde de la Cortina, quien poco después vendió parte de la propiedad al Marqués de Guadalupe. La finca estaba dividida en la casa grande y la casa chica. Suponemos que lo que ahora conocemos fue la casa grande, misma que, finalmente, queda en total posesión de la familia del Marqués de Guadalupe, es decir, de la familia Rincón Gallardo. De esta familia, la última persona que la habitó fue una singular señora: doña Ana Rosso de Rincón Gallardo, que ya viuda, practicó el voto de pobreza y quien dentro de la suntuosa mansión se limitó a ocupar en un apartado rincón una pequeñísima habitación cuyo mobiliario era un catre.
A la muerte de doña Ana, la casa quedó en posesión de familiares y, como ya apuntamos, en 1942, don Antonio la compró a uno de ellos, don Joaquín, emparentado a su vez con él.
Don Antonio compra la casa en $95,000, que, en plan anecdótico, se dice que pagó en el mismo momento de la transacción, en efectivo y en billetes de cinco pesos que llevaba envueltos en papel periódico.
Vale la pena mencionar que las hermanas Juliana y Josefa San Román, abuela y tía abuela respectivamente de don Antonio, fueron excelentes pintoras, discípulas del maestro catalán pelegrín clavé, quien habiendo llegado a México en 1847, fuera poco después director de la academia de San Carlos. Tanto en la Casa de la Bola como en Santa Mónica y San Cristóbal Polaxtla, hay pinturas de las dos hermanas.
Entre sedas y semipenumbra
Con toda seguridad, los capitalinos han pasado muchas veces frente a la Casa de la Bola y la han visto sin mirarla, dado lo rápido y fluido que resulta el tráfico en Parque Lira, en la zona de Tacubaya. Pero habrá quienes, aunque sea de reojo, hayan percibido la majestuosa fachada enladrillada, la balconería de recia herrería y el imponente portón de madera.
Bien, pues cuando se tiene la suerte de que se abra el portón, lo primero que el visitante admira es un hermoso patio colonial rodeado de elegante columnata. Al fondo, una verja de madera deja vislumbrar el jardín, que tal vez en alguna ocasión recorriera el inquisidor Bazán y albornoz que, aun con su espada enfundada en el tahalí lo cruzara lentamente, antes de recluirse en sus habitaciones.
A la izquierda del patio queda la solemne escalinata de piedra ya desgastada, cuyos altos muros están cubiertos por pinturas: desde un santo domingo, de Luis Juárez, del siglo XVII, hasta varios óleos anónimos peruanos del XVIII.
La escalinata conduce a un corredor con cristalera, punto inicial de lo que será una larga procesión de obras de arte a admirar. La Casa de la Bola cuenta con once inmensos salones que se inician en el gran comedor: mesa de roble, vitrinas con platos de compañía de indias, porcelanas de Limoges, cristalería de Bacarat.
Entre salón y salón, hay estupendas puertas labradas que don Antonio conseguía de casas antiguas en demolición. La casa cuenta con dos bibliotecas en las que hay pinturas de reconocidas firmas, esculturas, muebles europeos y mexicanos del XVIII, dos relojes soberbios de caja larga y mil maravillas más.
Las recámaras son dos, la llamada de verano y la suntuosa de invierno. Y hay tres regios salones. En el denominado “verde”, destaca un escritorio tipo boulle, estilo mazarino, del siglo XVIII; el salón San Román, con muebles napoleón III. Ostenta pinturas de las hermanas San Román; y el “salón Versalles, que se antoja una palaciega sala de baile, tiene sus paredes revestidas con inmensos espejos franceses del xix.
El visitante pasa enseguida a un recibidor con pinturas de María Antonieta, Luis XVI, Maximiliano y Carlota, al que don Antonio llamara el altar de los reyes sacrificados. Y desde ahí se introducirá a un salón fumador presidido por un colosal candil de murano, verdaderamente excepcional.
La última habitación por visitar es el pequeño oratorio. Allí, don Antonio excluyó lo profano del arte para concentrar su atención en el altar y unas cuantas imágenes religiosas.
Así termina el recorrido del visitante, quien por más de hora y media se sintió transportado a otro ambiente y a otra época, más tarde bajará lentamente las viejas escalinatas, dará un último y silenciosos paseo por los jardines de tupida vegetación, antes de salir nuevamente al ajetreo de la ciudad; sin embargo, sus sentidos aún permanecerán absortos en el mundo de la historia, de leyenda, de arte, que acaba de disfrutar.

El parque lira también tiene su historia
Ciudad de México.- Por vías rápidas y en alguna ocasión atravesado arteramente en una de sus partes, el parque Líra de Tacubaya sobrevive con el estigma de ser un sitio peligroso, a pesar de que las administraciones delegacionales que van y vienen lo re-modelan una y otra vez. La última vez fue en la actual administración de Miguel Hidalgo.

Ubicado en la calzada del mismo nombre, en algún tiempo este enorme jardín que cuenta con cavernas y un puente colgante fue parte de la famosa Casa de la Bola, la cual también tiene lo suyo. Su nombre viene de los últimos propietarios conocidos del predio, la familia textilera Lira mora, quienes lo dejaron en la segunda década del siglo pasado con toda su belleza.Y es que en él había espejos de agua, pérgolas, fuentes de bronce y la entrada del mismo, que es un gran arco de estilo neo-clásico, cuyo cielo raso está decorado con un artesonado de yeso con elementos florales.

En el siglo pasado, el parque estaba partido porque la calle de las huertas lo separaba del que quizá fue una de sus secciones y donde funcionó por mucho tiempo la escuela correccional para varones, en el edificio que hoy es la sede de la delegación miguel hidalgo y en ese mismo terreno estaba la capilla de Guadalupe.

Dicen los que saben que ese edificio, conocido como la “Casa amarilla”, fue en su momento la casa de campo de una de las mujeres más bellas del México independiente y a la que todo mundo conocía como “la güera Rodríguez”.

Ya por eso de los años setentas, el urbanismo le cambió el rostro a Tacubaya, vino la construcción del circuito interior y si bien se respetó la superficie del parque Lira, se abrió una vía rápida para conectar al periférico con la calle de Vicente Eguia.

Posteriormente desapareció la correccional y en su lugar se erigió la sede de la delegación Miguel Hidalgo, la capilla de Guadalupe es hoy un centro cultural y biblioteca pública y nuevamente se re-modeló el parque.

A pesar de que Chapultepec está relativamente cerca, el parque es uno de los sitios más socorridos de los alumnos de las escuelas cercanas para “irse de pinta” y prevalece la leyenda negra de que es un sitio peligroso porque hay muchos asaltantes.
Como verán el ambiente es por demás romántico, no podemos dudar que fue escenario de escenas románticas, duelos y afrentas de caballeros a espada y con pistolas en duelos pactados éticamente.
Elevado en una hondonada a cinco metros de altura, la hondonada fue tapizada por adoquines rosados para permitir la entrada a los automóviles pero a los lados el jardín que cubre ambos lados le da un atractivo mayor, este puente tiene un largo de 20 a 25 m dos escalinatas en forma de circulo elevado; una a la izquierda otra a la derecha van escalando poco a poco la altura hasta llegar a cada extremo del puente, lo que sostiene el puente son cables de acero a manera de tirantes y a ambos lados las barandillas también eras de acero los cables se entretejían a manera de triangulo rectángulos hasta abarcar la totalidad de la distancia.

Lo que sucede en la ciudad de México es que casi todos los entornos son históricos, pero este marco sirve de referencia para muchas historias de amor, la güera Rodríguez fue amante de Agustín de Iturbide, Miguel Hidalgo. Algunos afirman que José María Morelos también lo fue y la “Casa amarilla” estaba enmarcada en el parque y era la casa de campo de esta cortesana.
Con un poco de historia sobre un puente, a continuación elaboro un escrito sobre un puente que se llama: hay un puente en la ciudad, obra de Héctor Pulido Bello, oriundo de la ciudad de Comalcalco. En ese estado de Tabasco hay un dicho mexicano que reza: “Honor a quien honor merece”.

Hay un puente en la cuidad
hay un puente el ciudad
sobre un río
donde corre amor.
El puente tiene fama
de ser visitado por los enamorados.
En una noche fría y lluviosa
dos personas se disponían a cruzar el puente,
una de ellas pensó; la empujaré
para que no me haga amar,
al fin llegó a la taberna y dijo
una persona pretendía hacerme amar
la tiré al río para que no me hiciera amar,
más tarde otro individuo completamente mojado
llego a la misma taberna, y dijo así:
una persona que pretendía hacerme amar
me tiró al río.
Por poco y muero de amor.

Héctor Pulido Bello

Este pensamiento magistral nos muestra cómo las personas tienen miedo de amar y se escudan en detalles insignificantes para privarse de este elixir, que a veces es doloroso pero muchas más es gratificante.
Para llegar a este final es que me tomé a cuestas la investigación histórica de estos lugares que también fueron un escenarios vivientes de lo que plasmo Héctor en su pensamiento.

Ernesto Michenco

 

Autor: Plataforma de amor

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Artículos similares

Login

Contraseña perdida?