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El mendigo enamorado

“El mendigo enamorado” es un relato enviado por I.E. Hoy publicamos el ÚLTIMO CAPÍTULO.

Todos los días pasaba a su lado. Veía cómo la gente ni se percataba de su presencia, allí en una esquina. No pedía dinero, por lo que nunca le consideré como un mendigo, sino una persona sin hogar, como tantas. Sin embargo, para la gente del barrio era el mendigo.

Pasaba el día mirando a los demás y yo le miraba a él: con el pelo largo, recogido en una coleta, gafas que le resbalaban por la nariz y una cordialidad aplastante.

Día tras día, bajo aquel sol de verano, nuestras miradas se cruzaban. La mía con cierto reparo por lo que pudiera pensar, la suya queriendo entablar conversación, sin embargo yo no me atrevía a dar el paso, por miedo a que creyera que me entrometía en su vida. Su vida… ¿Podía llamarse vida a lo que él tenía?

Por las noches le buscaba a la luz de las farolas. Necesitaba saber dónde dormía, pero siempre le veía allí sentado, incluso a la 1 de la madrugada. Y así, hora tras hora llegó el invierno: frío como pocos. Cuando regresaba a casa me sentía mal. Sabía que no podía ayudar a todo el mundo pero, por alguna razón, él no era uno más. Hasta que una noche cogí una manta y me dirigí a su esquina. Con toda la vergüenza del mundo que me causaba poder ofender su orgullo le dije con una voz apenas perceptible:

  • Buenas noches. Me sobra esta manta y pensé que usted podría necesitarla. ¿La quiere?
  • .Sí, la acepto, me respondió con su acento cubano.

Volví a casa contenta. Al menos no pasaría tanto frío aquella noche. Y así, de esta manera, se rompió el hielo entre los dos.

A partir de entonces, cada vez que nos veíamos una amplia sonrisa inundaba nuestros rostros y un hola cariñoso era la única palabra que intercambiábamos. Otro día le pregunté si necesitaba algo. “No”, me dijo con su exquisita educación, “pero si algún necesito ayuda, te la pediré”. Sabía que no lo haría.

Y así, con pequeñas conversaciones, me contó que era cubano y había pedido asilo político en España, aunque se lo habían negado.

  • ¿Se siente solo? Le pregunté, aunque inmediatamente me arrepentí.
  • No, estoy con ella, respondió.
  • ¿Ella? En algo más de medio año no le había visto con nadie.
  • Sí, ella… Metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó una foto manoseada.

La miré detenidamente. Sus ojos transmitían una gran paz. No quise preguntar nada más. Prefería que él mismo me dijera quién era y por qué no estaba allí con él.

Una lágrima rodó por su cara, a pesar de todos sus intentos por evitarlo. Besó la foto y volvió a guardarla en lugar seguro. Era su tesoro. No le importaba no tener nada porque lo que más quería no podía tenerlo…

  • María era mi mujer. Vivíamos juntos en Cuba pero cuando vine a España ella se quedó allí. Pasaba el tiempo y yo no podía ahorrar el dinero suficiente para pagarla el pasaje. Sin papeles nadie me hacía un contrato y se aprovechaban de mí a la hora de pagarme. Lo tomaba o lo dejaba, no tenía otra opción.

Si pudiera dar marcha atrás, me dijo, no la hubiera dejado en la isla. Habría hecho todo lo posible por venir con ella pero ansiaba tanto la libertad, que no pensé que pudiera perderla…

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María se había quedado sola, con esa soledad que a veces te invade a pesar de estar rodeado de personas que te quieren. Vivía con su madre y tenía ocho hermanos, más innumerables sobrinos, pero la vida no era igual sin Gabriel.

La melancolía hacía que cada tarde su cita con el Malecom fuera ineludible. Allí se habían conocido, se habían enamorado y se habían besado por primera vez.

María pasaba las horas muertas viendo, sin ver, cómo las olas rompían en las rocas. Incluso se reía, alguna que otra vez, cuando mojaban a los turistas, aunque la mayor parte del tiempo miraba al horizonte pensando que la libertad estaba un poco más allá, en Florida. Cuántas veces había soñado lanzarse a la aventura del mar, pero reconocía que el miedo la vencía. Enfrentarse a los tiburones en balsas de latón y madera no le resultaba muy atractivo.

Sin embargo Gabriel se había ido por la puerta grande. Como jugador de balonmano tuvo la suerte de poder ir a Hungría, junto con otros compañeros para seguir formándose allí, gracias a un convenio entre los dos países. Y ya no volvió. Ese fue el comienzo de su aventura hacia España, buscando sus raíces familiares. Y el principio del fin de su relación con María, aunque los dos lo desconocían en aquel momento.

Ella recordaba las largas conversaciones sobre la deserción. Planes casi siempre irrealizables por el gran número de deportistas que dejaban la isla y la vigilancia a la que eran sometidos. Pero a Gabriel le gustaba soñar y María soñaba con él porque ella también quería irse y comenzar una nueva vida en libertad. Él iría en busca de su familia, aunque no tenía muchos datos. Un nombre y una pequeña aldea asturiana era el único legado que su tatarabuelo les había dejado, un emigrante que partió hacia Cuba en busca de aventura y de una vida mejor. Pero como el destino en el fondo es caprichoso, hacía que el viaje de vuelta lo hiciera la cuarta generación de los Valdés, por desgracia, sin ninguna opción aparente de poder acogerse a la nacionalidad española. Una pena que no hubiera sido su abuelo, al menos así habría tenido posibilidades.

Una ola traicionera mojó a María y la hizo volver a la realidad. Gabriel Valdés estaba en España y ella esperaba con ansiedad una carta que tardaba demasiado en llegar. Fue en ese momento cuando alguien llamó su atención.

CAPÍTULO SEGUNDO

El extranjero la miraba con atención. Demasiada, pensó María. Pero había algo en su expresión que le hacía parecer simpático, aún sin haber pronunciado palabra alguna.

Al fin se acercó a ella:

_ Buenas tardes, le dijo. Acabo de llegar a La Habana y no tengo donde alojarme. Me han dicho que por aquí alquilan habitaciones. ¿sabrías de alguna casa donde pueda quedarme?

  • ¿Por cuánto tiempo?, preguntó María. ¿No te gustan los hoteles? Ahora no es temporada alta, seguro que encuentras alojamiento en alguno.
  • No, no me gustan demasiado. Cuando viajo prefiero adentrarme en la cultura de un país y creo que la mejor manera de hacerlo es mezclarte con su gente.

No era el primero al que María oía decir lo mismo. Le gustaba la mezcla cultural que se formaba en las casas, algunas veces chocante.

  • Ven conmigo, le dijo. En mi casa hay una habitación vacía, a ver si te gusta.

La conversación fue animada hasta el domicilio de María. El bullicio en las calles era constante y la alegría de vivir contagiosa. En el interior de la vivienda la madre de María estaba preparándose un café.

  • Hola mamá, te presento a Luis. Es un español que ha venido de vacaciones. Se quedará unos días con nosotras.
  • Bienvenido entonces, respondió la madre. ¿Quiere un café?
  • No, muchas gracias. Me conformo con dejar la maleta en la habitación y ducharme.

María le acompañó a la habitación. Una gran foto de Gabriel presidía la cómoda. Luis dejó la maleta en el suelo y observó lo que había a su alrededor. Sin grandes comodidades pero confortable, pensó. Miró la foto sin decir nada pero María se adelantó antes de que preguntara.

  • Es mi marido, explicó. Está en España.
  • ¿Puedo darme una ducha? Preguntó Luis. No le interesaba averiguar nada de él pero sí de María… más adelante…

María le dejó solo en la habitación tras llevarle una toalla. Antes de cerrar miró la foto y la tristeza volvió a invadirla.

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Tras varios días de autobús desde Hungría, Gabriel llegó a Viavelez, un pequeño pueblecito de Asturias. Antes de llegar le dijeron que era famoso porque la escritora de novelas románticas, Corín Tellado, había nacido en él. Se quedó sorprendido al ver lo bonito que era. El verde de la hierba contrastaba con el azul del mar y el blanco de las casas.

En su mano un pequeño papel con la dirección de sus parientes y a la espalda una mochila con sus escasas pertenencias, entre ellas la foto de María. Pensó que no le sería difícil encontrar a su familia porque el número de casas no era muy grande. Ni el de personas en la calle… desde luego poco tenía en común aquel lugar con su querida Habana… Por fin vio a un chico joven en el embarcadero. Se acercó y preguntó por su pariente lejano.

  • Ya no viven aquí, respondió el joven. Hace muchos años que se fueron. Cuando murieron los padres se fueron yendo poco a poco todos los hermanos y no han vuelto nunca por aquí. Mire, su casa es aquella que está en ruinas, la última, al lado de aquellos árboles.

La desolación se apoderó de él. No le quedaba mucho dinero y había pensado que, al menos, tendría comida y cama gratis durante una temporada, hasta que encontrara un trabajo. Tras dar las gracias, Gabriel se dirigió a las ruinas de la casa. Inspeccionó brevemente el lugar y llegó a la conclusión de que podría pasar allí la noche. El verano le permitiría dormir en la calle unos días, mientras decidía qué hacer con su vida, Se sentó en el suelo y pensó en María.

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María vio la puerta de la habitación entreabierta y espió sin que el extranjero se diera cuenta. Luis se estaba secando y cuando terminó tiró la toalla al suelo. Se miró al espejo. Allí estaba la imagen de María, aunque ella no percibió que Luis la estaba viendo. María observaba el cuerpo desnudo y el deseo se apoderó de ella. Hacía demasiado tiempo que Gabriel se había ido… En silencio volvió a la cocina y salió corriendo, con lágrimas en los ojos, hacia el Malecom.

En su carrera chocó con varios viandantes que se enfadaron con ella pero ni siquiera les oyó. Necesitaba ver el mar, quería irse de Cuba para reunirse con Gabriel, quería una llamada, saber de él, si había encontrado a sus parientes, si pronto podrían verse…

Agotada, se sentó en el muro y una vez más miró hacia Florida pero sabía que era inútil desear algo que no podía tener. La vida sin dinero era difícil. Tendría que buscar una solución.

Luis salió de la habitación y no la encontró. Volvió a su habitación y cogió la foto de Gabriel. Sintió pena por él. No sabía por qué pero algo le decía que no iba a irle muy bien…

Gabriel se acurrucó en el suelo. Miró el cielo estrellado y el mar. ¿Qué estaría haciendo María en aquel momento? Su llegada no había tenido el éxito esperado. Tendría que buscar un trabajo pronto si quería sobrevivir pero en aquel pueblo lo veía difícil.

El hambre no le dejaba pensar, así que optó por dormir. Sin embargo no pudo conciliar fácilmente el sueño y cuando lo hizo una pesadilla le hizo despertar… María estaba en brazos de otro hombre…

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En Cuba el atardecer era radiante. Luis salía de la casa cuando vio llegar a María.

  • Te estaba esperando, le dijo.
  • Lo siento, respondió ella llorando. No me encuentro bien, voy a acostarme.

Y Luis se quedó allí, en la puerta, viendo cómo María desaparecía por el pasillo hasta adentrarse en su habitación. Pero no se daba por vencido. La había estado observando varios días en el paseo marítimo y no solo había conseguido conocerla sino que ahora vivía en su casa. Sabía que el destino se pondría de su parte.

Mientras tanto María comenzó a escribir una carta. Si Gabriel no hacía lo posible por reencontrarse con ella, ella ya había tomado una decisión…

TERCER CAPÍTULO

Querido Gabriel:

Mi desesperación me lleva a escribirte esta carta. No sé nada de ti desde que te fuiste de Cuba. Sé que estás bien, aunque no soy capaz de explicarme por qué no te pones en contacto conmigo. Es cierto que el dinero que tenías era más bien escaso pero, al menos, podrías hacerme una llamada para decirme cómo te van las cosas, una conversación de un minuto…

¡Te extraño tanto! ¡Te necesito tanto…! Los días se me hacen eternos. Paso las horas mirando al mar, como si él pudiera traerte de vuelta, cuando los dos sabemos que eso no sucederá.

¿Has encontrado a tus familiares? ¿Has sido bien acogido por ellos? ¿Cuándo me vas a llevar contigo, Gabriel? No voy a resistir esta situación mucho más tiempo y mi decisión está tomada: si en dos meses no he recibido noticias tuyas, iré a buscarte. Tengo un plan en mente y creo que funcionará.

Perdona por la brevedad de la carta pero necesito enviártela para recibir tu respuesta lo antes posible. La envío a la dirección que tengo de tus familiares. Si no estás con ellos, al menos te la harán llegar.

Te quiero Gabriel. Pronto volveremos a vernos.

María.

Todavía con lágrimas en los ojos, María guardó la carta en un sobre, escribió atropelladamente la dirección y se dirigió nuevamente a la calle para enviarla. Sentado en un banco del parque, Luis la vio correr de nuevo. Cruzó sus piernas con expresión tranquila. Sabía que María lo estaba pasando mal por la ausencia de su marido pero pensó que algún día eso dejaría de suceder y él estaría allí para brindarle algo más que su apoyo…

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Tras unas semanas como ayudante en un barco pesquero, Gabriel apenas consiguió dinero para pagar una pensión, comer y ahorrar algo para dirigirse hacia el sur. María y él siempre que veían reportajes sobre España, sentían especial predilección por Andalucía. Y allí había decidido buscar fortuna, ante la escasa suerte que su llegada a “la Madre Patria” le había proporcionado.

  • ¿Estás seguro de la decisión que has tomado?, le preguntó el capitán del barco, con el que había entablado una incipiente amistad. Yo no puedo pagarte más. Últimamente la pesca escasea y el dinero que ganamos no es mucho, como has podido comprobar, pero podrías intentar buscar otro trabajo en Oviedo.
  • Gracias pero me voy, respondió contundentemente Gabriel. He intentado probar suerte como mecánico pero nadie me contrata porque no tengo papeles. Me traslado al sur y allí intentaré trabajar en cualquier cosa.
  • ¿Has llamado ya a tu mujer?

Gabriel bajó los ojos y mintió.

  • Sí, hablé hace unos días con ella.
  • ¿Está bien?
  • Sí, todo bien. Dio media vuelta y se fue. Se sentía mal por haber mentido pero ¿cómo explicar que era incapaz de llamar a Cuba porque se sentía derrotado y no quería reconocer su derrota? Llamaría a María cuando encontrara un trabajo decente y pudiera ahorrar para traerla a su lado. Mientras tanto, las penas que estaba pasando se quedarían junto a él. María no tenía por qué sufrir.

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María recibió la carta que había enviado a Gabriel varias semanas después, con una nota que decía: remitente desconocido.

Su desesperación fue total y decidió dar el paso que tanto le costaba…

Luis acababa de despertarse. Se estiró en la cama y cerró nuevamente los ojos. El sol que entraba por la ventana, le molestaba Se tapó los ojos con la sábana, por lo que no vio a María entrar. No había llamado a la puerta, simplemente la había abierto y allí estaba, de pie, sin decir nada. Al ver que Luis no se movía, carraspeó. Luis dejó su cara al descubierto, sorprendido.

  • Perdona que me presente así, dijo. Tengo que pedirte un favor urgentemente.

Luis se incorporó, intrigado.

  • Dime María.
  • Llévame a España contigo.

María pronunció estas palabras atropelladamente, con una voz apenas perceptible.

  • Imagino que pensarás que estoy loca. Había urdido un plan: seducirte, pero no soy capaz de hacerlo. Veo cómo me miras y pensé que sería fácil engañarte para irme contigo en busca de Gabriel y después abandonarte, pero me han fallado las fuerzas. Cuando he abierto la puerta, me he derrumbado pensando en él. No se merece que actúe así, ni tú tampoco. Pero llévame a España contigo, por favor…

A Luis se le vino el mundo abajo al ver lo enamorada que estaba. Sería capaz de cometer cualquier locura por el hombre al que amaba y sintió celos. Por primera vez se dio cuenta de que era inútil luchar contra aquel amor. Que no podía vencer al recuerdo de alguien que no daba señales de vida. Él también estaba enamorado. El flechazo que sintió en el Malecón se fue transformando en un poderoso sentimiento, a medida que iba conviviendo con María y su madre…

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Luis y María llegaron a Viavélez tras una salida de la isla más complicada de lo esperado. Por un lado, la madre de María no aprobaba que su hija se fuera a España, en busca de alguien que no se había dignado a llamar ni para decir que estaba bien. Y, por otro, Luis había tenido que volver a su país solo para arreglar los papeles y casarse con María. Al final fue la única salida posible ante las negativas de las autoridades cubanas. María, de esta manera, se convertía en la señora Zabala.

  • ¿No estás casada con Gabriel? Le preguntó cuando María se lo propuso ante las dificultades imprevistas.
  • Él es mi marido sin que lo diga un papel.

No fue difícil averiguar qué había sucedido con Gabriel al llegar a Viavélez. Todos allí le recordaban con cariño y el capitán informó a María que había partido rumbo al sur.

Una vez más, María sintió que el mundo se derrumbaba a su alrededor. Aquella noche le dijo a Luis:

  • Te agradezco de corazón que me hayas ayudado pero nuestro contrato finaliza aquí. Me voy a Andalucía. Puedes pedir el divorcio cuando quieras, eres libre. No quiero ser una carga para ti.
  • Te dejo ir con la condición de que en todo momento me digas dónde estás y si estás bien. Sabes que te ayudaré en todo lo que sea necesario, hasta el final.
  • Así lo haré. Te llamaré cada cierto tiempo. Incluso podrás visitarme. Te lo agradeceré, voy a sentirme muy sola.

A la mañana siguiente María montaba en el mismo autobús que había llevado a Luis a Almería. Luis le dio un sobre con dinero y ella le prometió devolvérselo. Cuando el autobús se puso en marcha, María sintió tristeza y miedo. Tristeza por dejar atrás a un buen amigo y miedo ante la incertidumbre.

Comenzó a llover fuertemente. Una tormenta hacía el viaje complicado pero el conductor seguía adelante. María se santiguó, al tiempo que se tapó con el abrigo. Tenía frío. Intentó dormir. De repente el autobús se salió de la carretera en una curva. Dio varias vueltas y chocó contra un árbol. Algunas personas gritaban de miedo, otras de dolor. María permanecía inmóvil bajo su abrigo.

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Gabriel, como cada mañana, se levantó temprano antes de ir al campo… El camarero de todos los días le sirvió un café solo y pan con tomate, como a él le gustaba. El bar se había convertido en su segunda casa a su llegada a Almería. En la tele las noticias. Gabriel miró la pantalla del televisor mientras comía.

  • ¿Qué ha pasado?, preguntó al camarero.
  • Un autobús se salió anoche de la carretera.
  • ¿Hay muertos?
  • De momento diez y el resto bastante graves.
  • Pobre gente, pensó Gabriel. Cogió su pequeña mochila y se encaminó hacia la carretera. Como cada día, la furgoneta que le llevaría al campo estaría a punto de aparecer y no quería llegar tarde. Estaba empezando a ahorrar. Pronto podría ponerse en contacto con María…

CUARTO CAPÍTULO

Mientras Gabriel trabajaba en el campo, Luis llegaba a Almería. La noticia le había dejado conmocionado. Siempre supo que algún día tendría a María pero nunca imaginó que su matrimonio sería por conveniencia ni que acabaría tan pronto. Y menos de aquella manera…

Llegó al hospital, triste, abatido, hundido… Se enamoró de ella en el primer instante en el que la vio en el Malecón, mientras la mirada de ella buscaba la libertad que la llevaría a los brazos de Gabriel. Pero, al parecer, la felicidad le estaba vetada y ya nunca podría reunirse con el hombre por el que era capaz de darlo todo… hasta la vida…

Luis se derrumbó al ver su cuerpo sin vida. Salió del hospital con la angustia de quien sabe que ha perdido lo que más quería, aunque sabía que nunca la había tenido.

Si al menos supiera dónde estaba Gabriel, pensó. Si pudiera hacer que él fuera consciente de que de lo que ella había sido capaz de hacer por él…

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Gabriel sintió un escalofrío. El sol estaba poniéndose y el día había sido agotador. Un nuevo día en el que solo había ganado lo suficiente para pagar la mísera pensión en la que vivía y comer lo justo.

Sentado frente al televisor, en el mismo bar de siempre, la programación le aburría. Decidió irse. Al menos un paseo le sentaría bien. Pagó su consumición y salió a la calle. Mientras la puerta del local se cerraba a sus espaldas, el presentador del telediario hablaba sobre el fatídico accidente de autobús del día anterior.

* Los heridos van evolucionando, aunque en las últimas horas han muerto dos de las personas que permanecían en estado crítico. En total son doce las personas fallecidas, entre ellos una mujer de nacionalidad cubana.

Al cruzar el paso de peatones un coche, que circulaba a más velocidad de la debida, tuvo que frenar en seco para no atropellarle.

_ ¡Loco!, gritó Gabriel. ¿Por qué no miras por dónde vas? ¿No ves que es un paso de peatones?

Luis sintió que el corazón le latía a velocidad de vértigo. Había estado a punto de llevarse por delante a un hombre… A su lado, las cenizas de María estuvieron a punto de caer del asiento. Luis acomodó nuevamente la urna a su lado. Eran las últimas horas que estaría a su lado, antes de viajar con las mismas a Cuba para despedirse para siempre de ella.

Gabriel se sentó en un banco del parque. ¡Loco, loco, loco! Repetía una y otra vez. “Lo único que me falta es tener que ir al hospital una temporada”. Tenía que trabajar, ganar dinero y volver a por María…

¡Cómo la echaba de menos! Pero seguía con el firme propósito de no llamarla hasta no tener un trabajo que le permitiera decirle que tanto esfuerzo había valido la pena. Él era un triunfador y no admitía su derrota. El tiempo podía cambiar las cosas, lo que no sabía era cuánto…

ÚLTIMO CAPÍTULO

Así fue cómo Gabriel llegó a Madrid, fruto de la desesperación por conseguir una vida mejor que no acababa de llegar.

Invencible, se resistía a creer que un futuro mejor no era posible, así que con sus últimos ahorros, tras semanas sin trabajo, compró un billete de autobús con dirección a Madrid.

Nunca supe cómo ni por qué llegó a Tetuán, un barrio nada turístico. Apenas le preguntaba nada de su vida privada, sobre si tenía a alguien más aparte de María. Un hermano en Miami, me dijo una vez, con el que no se hablaba. Su cara se ensombreció al hablar de él, así que no volví a insistir.

La paz que irradiaba, su bondadosa mirada, su optimista conversación hizo que todos cayéramos rendidos a sus pies. Era fácil saber por qué María se había enamorado de él hasta perder el sentido.

Se instaló en una pequeña esquina. Desde allí “oteaba el horizonte” y hasta allí nos acercábamos todos para llevarle ropa o comida que fue acumulando al lado de una farola.

Los días y los meses nuevamente fueron pasando, porque el tiempo no se detiene aunque tu vida lo haga y la desesperanza acabó instalándose en su interior. Perdió la ilusión por reunirse con María y dejó aparcada la idea de volver a verla un día. Siempre la imaginaba feliz al lado de alguien junto al Malecón, guapa, radiante y con una eterna sonrisa. Probablemente enfadada por no haber cumplido la promesa de volver a buscarla, pero nunca odiándole porque en su corazón no había espacio para ese tipo de sentimientos.

Era su segunda Navidad en Madrid y un hecho me sobresaltó. La soledad y la calle estaban empezando a pasarle factura. Gabriel gritaba en su esquina en una supuesta conversación con alguien. Repitió esta escena varios días, aunque se tranquilizaba cuando me acercaba a hablarle. Su sonrisa afloraba ante palabras amigas y su “amigo o enemigo imaginario” desaparecía unos minutos.

  • ¿Quiere algo especial esta Navidad?, le pregunté.
  • Mazapanes, me dijo como un niño travieso al que le enseñan su golosina preferida… En Cuba María y yo siempre los comíamos en estas fechas.

Hacía mucho tiempo que no hablaba de ella. Hurgó en el bolsillo de su abrigo y volvió a sacar la foto que tantas veces me había enseñado. Una foto cada vez más desgastada… como un difuso recuerdo que uno no quiere llegar a olvidar…

El día de Nochebuena le vi hablando con el quiosquero, algo muy habitual en los últimos tiempos. “Mañana le traeré mazapanes”, pensé. Pero a veces el mañana no existe… Eso fue lo que me sucedió con él…

Tras varios días sin verle pregunté por él. Se había ido. Había vuelto al calor de Almería ante el frío extremo de aquel invierno en Madrid. La Navidad hace aflorar la solidaridad y fueron muchos los que le dieron dinero. El suficiente para irse…

Durante la semana fueron desapareciendo sus objetos personales. Se había ido sin nada, como llegó.

Una vez me dijo que en la vida no hace falta casi nada para vivir. Se equivocó. Él necesitaba el calor de María, al igual que todos necesitamos a alguien.

Siempre que paso por aquella esquina, su esquina, me pregunto qué habrá sido de él. Si habrá perdido la razón y si seguirá conservando a María en su corazón…

I.E.

 

 

 

 

Autor: Plataforma de amor

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