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El deseo de Lucila

Queremos agradecer a Ernesto Michenco que nos haya enviado este relato erótico.

El deseo de Lucila

Fue en un fin de semana en que mis familiares salieron de paseo y yo, como iba a la escuela en la tarde, no quise ir, por lo que supone levantarme temprano. Lo que quería era seguir durmiendo. Debería haberme levantado más tarde. El caso es que fui a la cocina y como vi todo los trastos sucios me dispuse a lavarlos. Después de haber terminado esa actividad me preparé el desayuno. Más bien todo consistió en calentar y servir. Comí bastante bien. Después de unos minutos tuve el reflejo de ir al baño, pero como estaba muy sucio, lavé el escusado, el lavabo, levanté la ropa tirada y la metí en el bote se la ropa sucia. Desagüé la tina y con un balde y un trapeador limpié el piso. Casi estaba terminando cuando escuché que los perros ladraban en el patio. Enseguida se abrió la puerta y ya estando en el cuarto de televisión, vi a una de las muchachas que a mi mamá le lavaba la ropa, pero como no estaba eso le dile, tiré el agua sucia del balde y fui al lavadero en la parte trasera de mi casa para lavar el trapeador.
Antes le dije a Lucila que si quería esperar a mi mamá lo hiciera en la sala y fui a lavar el trapeador. Dejé la puerta del baño abierta para que con el aire se fuera secando el piso. Cuando regresé, me dispuse a cerrar la puerta del baño. Di algunos pasos para cerciorarme que el piso estuviera seco. En eso, Lucila entró al baño y me dijo que quería hacerme una confesión. Me comentó que ella era lesbiana y que le gustaban las mujeres. Le pregunté que como le gusta darle besos a sus parejas y que si ya había probado el beso francés. Me dijo que no pero por curiosidad me preguntó: ¿cómo es el beso francés? La quise abrazar para decirle cómo pero no me lo permitió por eso de su orientación sexual. Entonces le dije, en un beso francés metes la lengua. Levantó su falda y se sentó en el lavabo con las piernas abiertas. Me dijo que quería sexo y que quería mi pene dentro de ella pero como no estaba seguro cuánto tardaría mi familia en llegar, le dije que no.

Comenzó a insultarme. Me recordó mi diez de mayo. Me dijo que era un maricón pero le dije que no y más corajuda se puso. Se quito las pantaletas y pude ver su vulva peluda y húmeda que coqueta me decía que me comiera ese bizcocho, sus labios mayores de color obscuro y los labios menores en un rosa muy claro y ella llamándome y retorciéndose de placer también me llamaba y me decía de manera sucia: “quiero ver…, quiero ver…”. Me desabroché el pantalón y salió mi pene erecto con la intención de saciar los deseos de Lucila. Su vagina chorreaba, así que metí mi pene y sentí cómo me lo masajeaba con su vagina. Nuestra excitación estaba al máximo. En ese preciso momento escuché ladrar los perros y le dije que paráramos, que nos podían encontrar y como la puerta del baño estaba abierta, íbamos a tener problemas, pero que podríamos alquilar un cuarto de hotel y podíamos estar juntos las veces que quisiera. Confieso que saqué mi pene todavía bien caliente. Nos vestimos y salimos justo a tiempo.
Esa ocasión ya no se me presentó nunca más pero todavía recuerdo aquella vagina peluda y jugosa que aún ahora, cuando me acuerdo, mi pene se para y llora y llora.
Con este recuerdo me masturbo y logro venirme pensando en la vagina de Lucila. No era una mujer muy bella. Gordita pero con mucho calor, como las mujeres del trópico, mujeres del istmo de Tehuantepec. Unos pechos grandes y firmes y el cabello largo y hermoso.

ERNESTO MICHENCO

Autor: ERNESTO MICHENCO

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