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El Castillo

Ventana del castillo

Tal como un explorador se aventura a la incertidumbre en la conquista de ese tesoro preciado que solo tú guardas.

Es una noche cálida, en una ventana del castillo Chateau des Baux-de-Provence en el sur de Francia, con vista hacia el Mediterráneo. Esta noche el sentimiento es fuerte e intenso, casi hasta perder la razón. La brisa de la noche mueve con una gracia juguetona el vestido de seda rojo el cual pareciera que la madre naturaleza te hubiera traído al mundo con él. Desde lo alto de una de la torres se puede oler el aroma del jardín y donde sólo la luz de la luna nos baña con su magia. Tu mirada, centrada hacia el vasto infinito del mediterráneo. Te veo de espalda y sigo el contorno de tu cuerpo mientras la luz tenue de la luna hace que parte de él desaparezca en la oscuridad.

Me acerco a ti lentamente y te abrazo. Siento que tiemblas, pero no hay miedo en ti, te volteo tomándote por la cintura. Te miro fijamente y comienzo acariciando tu cuello, reflejándome en tu mirada y muy despacio comienzo a probar tus labios una y otra vez de una forma pausada, lento, lentito y muy dulcemente. La humedad de tus labios es suficiente para que mi corazón se empiece a acelerar. Comienzo a besar el de abajo, para luego alternar con el de arriba, despacio y sin prisa, disfrutando el momento y el sabor dulce de ellos. Te beso con los ojos abiertos para ver tu rostro y saborear mejor tus labios. Solo para migrar hacia tu cuello, donde mis labios se encuentran con tus palpitaciones. Trazo el contorno de tu espalda con dulces caricias y siento ya tus suspiros. Deslizo por tus hombros el traje que arropa tu piel hasta caer en el suelo y continúo mi viaje sensual por tu espalda, besando la linea perfecta que crea la sombra de la tenue luz. Continúo ese viaje de besos por tus caderas que forman el arco perfecto de una escultura, mientras acaricio tu torso suavemente adorando la perfección constituida en tu cuerpo. Llego a tus muslos y entre caricias y besos ya el calor se hace sentir, al igual que las palpitaciones de ambos.

Pruebo toda tu piel al unísono con tu respiración, totalmente dedicado a ti mientras entrelazamos nuestras manos. La anticipación aumenta con los latidos y la respiración. Siento que tu aliento quema mi piel y la pasión comienza a salir por todos nuestros poros. Ya la razón abandona nuestras mentes, la pasión es reina y nuestras inhibiciones dejan de existir, hasta entrar en ese mundo tibio casi irreal, donde el perfume de tu piel me embriaga y el cual nunca quisiera terminar de dar placer a tu cuerpo y a tu alma. Las sabanas hacen su parte en ser testigos de la dulce seducción y del desenfreno. Sigo mi trayectoria hacia tu vientre y entre caricias me detengo en tu ombligo para besar y continuar acariciando todo tu cuerpo. Continúo hacia la parte interior de tus muslos que con su suavidad me hechizan. Entre caricias y besos llego a ese lugar donde se junta lo terrenal con lo celestial. La habitación se siente estar viva pues las paredes nos miran con envidia. Mientras pruebo el sabor de tu amor, tú  como un conjuro hechizante, aprietas las sabanas como si quisieras desgarrarlas de un solo jalón. El placer inunda todos tus sentidos como una represa cuando se desborda. Comienzan a escapar los primeros gemidos de éxtasis con una locura imparable. Me detengo por unos instantes, solo para darme cuenta que el deseo en ambos es incontenible. Comienzo mi rumbo de regreso por todo tu cuerpo hacia el origen de la seducción. La respiración se escucha retumbar en nuestros cuerpos. Me acerco a tus labios nuevamente y a la vez que los beso comienzo a hacerte mía. Las velas de la habitación parecieran arder menos que nuestros cuerpos que se funden en un placer embriagante. No existe el tiempo en ese momento, solo lujuria imparable. Mientras saboreo la ternura de tus pechos me aferro a tus caderas y disfruto de tu placer a la vez que la luz de las velas iluminan tu rostro, sumergido en una fina y dulce capa de sudor. Me entrego completamente a ti. Mientras te miro fijamente a los ojos, con tus piernas me haces prisionero de tu amor. La pasión es tal que no se sabe quién tiene a quién. Nuestras palpitaciones se sienten mutuamente en esa danza que los dioses le regalaron a los mortales.

Continúo besándote y amándote hasta que la habitación se hace partícipe mediante el eco de nuestros gemidos. Sientes como el placer va en aumento hasta ese momento que no podemos contenernos y sentimos al unísono en  ese éxtasis imparable como cuando estalla un volcán. El calor y la euforia es tal que dejamos de ser dos y somos uno. Nuestros corazones bailan alborotados en su ritmo que a su vez nos hacen sentir mutuamente las palpitaciones en nuestros cuerpos. Te abrazo y te beso dulcemente entre esa mezcla de luz tenue de velas y la luna. Esa noche el Chateau des Baux-de-Provence se quedó en la tierra y ambos fuimos al cielo.

Osvaldo Rivera

Autor: Osvaldo Rivera

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