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Día 4

Día 4

Cuando me desperté por la mañana Séan ya se había ido y era bastante tarde. Me desperecé estirando todo mi cuerpo y sintiendo todos los pequeños dolores que se acumulaba sobre todo en mi pecho y entre las piernas dejando que los músculos se estiraran. Al estirar los brazos encontré una nota que Séan me había dejado: “Hola, preciosa. Hoy tengo mucho trabajo y no te he querido despertar. Al salir de la oficina tengo que ir a comprar un par de cosas, así que no volveré hasta las seis y media, pero no prepares cena. Sólo tienes una orden hoy ¡Nada de masturbarte! No quiero que te vuelvas a correr sin que yo te esté mirando, así que quietecita. Quiero ver como te estremeces entre mis brazos del placer que yo te doy y sabré si me mientes, te lo aseguro. Además, deberías descansar antes de que yo vuelva a casa” y había dibujado una carita con un ojo que me guiñaba. Vaya vaya.

Lo primero que tenía que hacer era ver cómo estaban mis niveles de azúcar, ponerme la insulina, tomarme mis pastillas, desayunar, bañarme y llamar a mis amigas por teléfono, más o menos en ese orden. Al fin me senté en la bañera llena de agua caliente y dejé que mis músculos se relajaran de tanta actividad poco, o nada, habitual, pero mi mente seguía repasando cada roce, cada olor, cada escalofrío y cada gemido de los últimos días, hasta que me di cuenta de que tenía la mano derecha recorriendo mi cuerpo, acariciando mis pechos y en camino hacia mi sexo que ahora estaba tan liso y raro. Seguí así unos minutos, sintiéndome culpable pero sin querer parar. Sentía lo suave que tenía la piel mientras un de mis manos apenas rozaba la piel de mi escote y se movía por mis pechos sin llegar a sus puntas, rodeando la areola y notando como se contraía entre mis dedos suaves. Luego la dejé bajar siguiendo el curso de mi cicatriz, que recorría mi vientre como un río, suave en el centro y más rígida en los bordes. No me gustaba, pero si a Séan no parecía importarle no iba a perder más el tiempo preocupándome de ella. Iba muy despacio, disfrutando del calor del agua y el vapor que llenaba la habitación, imaginando que era otra persona la que me tocaba, no Séan, otra persona que yo no conocía. Al llegar al final de la cicatriz, ahora a la vista desde que Séan me había afeitado, porque llegaba tan abajo que el final estaba siempre cubierto de mi vello, recordé como me volvió loca los quince días que tardaron en quitarme las grapas que la sujetaban. Aquellas grapas, cuando se me pasaba el efecto de los analgésicos, me hacían sentir un dolor sordo, leve pero continuo, que mi cuerpo dejó en seguida de percibir como dolor y lo transformó en una sensación indefinida que me tenía constantemente en tensión. Casi todas las mañanas mi mente se plagaba de sueños eróticos sacados de todas mis lecturas. Por supuesto no ayudaba que mi mejor amiga, Celeste, se pasara por el hospital cada dos días con libros para mí: un día era una recopilación de cuentos eróticos de Anaïs Nin, otro las fantasías reflejadas en Mi jardín secreto de Nancy Friday, o si no, la irreverencia de Erica Jong en el clásico Miedo a volar, por no hablar de las primeras publicaciones de Black Lace, además de otros. No siempre libros eróticos o pornográficos en sí mismos, que era ella muy fina para eso y todo era para ayudar a mi “feminismo”, me decía entre risas. Al menos los traía en inglés, porque si no, los médicos y las enfermeras me habrían trasladado al ala psiquiátrica del hospital, seguro. Pero entre las lecturas y aquel dolor/ sensación constante tan cerca de mi sexo estas lecturas se deshilachaban en mi cerebro y se entremezclaban creando nuevas tramas y tejidos. No sólo me tenía que masturbar varias veces al día, de espaldas a la puerta por donde podía entrar cualquiera en cualquier momento, sin lograr ni aún así la liberación que buscaba, ya que la sensación de las grapas atrapadas en mi carne no paraba, sino que todo tipo de sueños eróticos más o menos descabellados me perseguían cuando dormía y varias mañanas me desperté con mi vagina pulsando por un pequeño orgasmo que no había necesitado de ningún roce por mi parte, dejándome confundida y relajada a la vez, para luego empezar a pulsar inmediatamente después cuando la presencia de las grapas se dejaba notar de nuevo. Los médicos me preguntaban que qué tal iba el dolor tras aquella operación tan fatigosa y yo les decía “bien, bien” pensando “si supiérais”. Tenía el cerebro tan distraído por aquellas sensaciones que no me daba cuenta de ningún otro dolor en el posoperatorio, una pequeña ventaja, o grande. Yo ya sabía que un poco de dolor me resultaba irresistible, lo sabía desde que era muy jovencita, pero esta experiencia en el hospital realmente me dio que pensar. Estaba más claro que nunca que dentro de mí el inicio del dolor y del placer se mezclaban en una masa viscosa que no era ni uno ni otro enteramente y que recorría mis venas y ofuscaba mi cerebro.

Mientras mi mente vagaba entre aquellos días en el hospital y los últimos días con Séan, me di cuenta de que mis dedos estaban ya buscando mi clítoris y los retiré bruscamente, recordando la mirada seria de Séan cuando no había seguido sus órdenes el día anterior y había soltado el cabecero de la cama. Cogí aire, lo solté despacio y me puse de pie en la bañera. Me envolví en mi toalla y salí del baño todavía respirando un poco agitadamente y sacudiendo la cabeza para despejarme y salir de aquella nube densa en la que me había sumergido.

El día pasó relajado y despacio. Quedé con mis amigas para comer, que se rieron de mí todo lo que quisieron tras el numerito en la fiesta del día anterior e intentaron por todos los medios que les dijera qué estaba pasando con Séan, pero yo me negaba a entrar en detalles. Ni yo sabía qué estaba pasando. Hablamos de nuestros trabajos, de sus novios, de la gente de la universidad, de quién se había casado o no, de quién tenía hijos, quién vivía ahora en otros países, compartimos nuestras recetas favoritas, nos reímos de tonterías y disfrutamos del sol y el calor que hacía en Manchester esa semana. A las cinco nos despedimos y volví a casa de Séan.

Cuando llegué a la casa eran ya casi las seis y no sabía qué hacer, no sabía cómo recibirle. Después de pensar un poco y considerar varias opciones me decidí por la que parecía más segura, que coincidía con la que a mí me apetecía más, así que me desnudé completamente y me puse por encima la bata que iba con mi camisón verde con sus perlitas. Era de un tejido fino que se pegaba al cuerpo y me llegaba por medio muslo, pero además decidí dejarla caer abierta, sin cerrarla con el cinturón. Así, si me quería tapar la podía cerrar con un solo movimiento y, si a Séan le gustaba así, pues así se quedaba. Bastante satisfecha, me cepillé los dientes y el pelo, me perfumé y bajé a esperarle para estar en la puerta cuando llegara.

Séan era excepcionalmente puntual y a las seis y media en punto oí la llave en la cerradura y abrí la puerta, dejando que me viera. “Mi niña, ¡Qué sorpresa! ¡Qué guapa estás! Date una vuelta que te vea” me saludó, dando un paso para entrar en la casa y otro a la izquierda, dejándome a la vista desde la calle durante unos segundos. Yo noté como se me secaba la boca y me quedaba paralizada, allí expuesta de esa manera, mientras un hombre pasaba apresurado por la calle sin prestar atención, por suerte. Antes de que yo reaccionara Séan alargó la mano y cerró la puerta con un brillo travieso en los ojos. Siempre se las arreglaba para hacer algo que me hiciera perder pie. Dejó en el suelo una bolsa oscura que llevaba. “Quítate la bata” me pidió con la voz grave que se le ponía cuando daba órdenes y con una nota de urgencia en la voz añadió, “ y acércate. Estás muy guapa y me encanta este recibimiento, no me lo esperaba. Eres tan guapa, eres perfecta,” y me cogió la cara con las dos manos mientras me besaba en los labios unos momentos antes de yo abriera la boca, casi como si tuviera hambre, lamiendo sus labios. Inmediatamente él inició un beso casi agresivo, con su lengua llenándome la boca, mordiendo mi lengua y mis labios, cada vez con más urgencia y con más fuerza, haciéndome temblar de deseo una vez más mientras su chaqueta frotaba mi piel desnuda estimulándola cada vez más y uno de los botones chocaba contra mi pezón haciéndolo saltar. Me cogió de la mano y me llevó hasta el salón. “Quítame la ropa,” me pidió, autoritario, mientras se quedaba de pie delante de mí.

Con expectación, porque Séan desnudo era digno de ver y no siempre me concedía el privilegio de verle así, y con manos un poco temblorosas, le quité la chaqueta dejándola resbalar por sus brazos y le deshice el nudo de la corbata, tirando de uno de sus extremos para ver como se deslizaba por su cuello. Abrí los botones uno a uno besando y lamiendo la piel pálida que quedaba al descubierto, disfrutando de su sabor salado y masculino y del olor a bergamota, madera y vainilla de su colonia. Séan simplemente estaba allí, de pie, mirando como yo le iba desnudando, diciéndome cuánto le gustaba que yo estuviera allí, diciéndome lo perfectas que eran mis tetas, lo bien que sabía mi coño, lo que le gustaba ver mi lengua lamiendo su polla y follarme la boca, lo estrecho que era mi culo cuando metió sus dedos en él… y sus palabras tan crudas ,en vez de producirme el rechazo que yo habría esperado, hacían que me sintiera más excitada a cada segundo. Su cuerpo, antes tan delgado, era ahora esbelto y definido y notaba como se aceleraba su respiración mientras yo le abría el pantalón y lo empujaba hacia abajo mientras me arrodillaba para seguir besándole. Séan se movió alejándose de mí un segundo mientras se acababa de quitar los pantalones y con ellos los calcetines y zapatos, traía la bolsa negra que había dejado en el hall y cogía algo del bolsillo del pantalón antes de dejarlo sobre una silla: un preservativo, vi con el rabillo del ojo. Se volvió a acercar a mí y me pidió que siguiera con lo que estaba haciendo antes, con la polla totalmente erguida y orgullosa, preciosa y arrogante, frente a mis labios. Yo cerré los ojos para centrarme más en las demás sensaciones. Sentía la alfombra suave bajo mis rodillas y su piel cada vez más caliente bajo mis dedos y mi lengua. Aunque no hacía frío, un escalofrío recorrió mi piel desnuda.

Alargué la lengua para recoger las gotas de semen que había visto brillar en su punta e intenté sacar más de aquella pequeña rajita con la punta de mi lengua. Esto hizo que Séan se estremeciera y se le escapara un gemido desde el fondo de la garganta. Satisfecha con esta reacción y feliz del placer que parecía darle, me concentré un poco más en ese punto antes de recorrer toda su longitud con mi lengua abierta, desde la base hasta la punta, varias veces, recorriendo sus venas cada vez más gruesas y obteniendo más escalofríos y más suspiros de Séan, que me iba diciendo exactamente lo que quería y cómo se sentía y otras cosas que apenas entendía. Mi cerebro estaba concentrado en mi tarea principal. Pasé unos minutos recorriendo el valle entre la punta de su polla y el resto de ella antes de empujar hacia abajo dejando que llegara hasta el fondo de mi boca y me concentré en respirar por la nariz y en relajar los músculos de mi garganta para evitar las náuseas. Cuando alargué la mano derecha para coger sus testículos y apreté ligeramente, pasando mis uñas por su superficie, se me escapó un gemido que, al no poder salir, vibró en mi garganta. Séan ya no pudo hablar más y se apartó de mí bruscamente, respirando con urgencia. “Aún no, preciosa,” dijo casi sin aliento. Me levantó y me hizo reclinarme sobre uno de los brazos del sofá, con los brazos estirados de forma que mis manos se hundían en el asiento soportando mi peso. El brazo del sofá era cómodo y mullido y no me llegaba al estómago y en aquella postura notaba cómo mi pechos colgaban y se balanceaban ligeramente y mi culo quedaba en el aire . “Abre más las piernas,” me ordenó, empujando mis pies con los suyos para separarlos bien hasta que quedó satisfecho. Me sentí tan expuesta en esa posición, notando que mis nalgas se separaban y los labios de mi sexo se abrían dejándome totalmente abierta a su vista y me sentía vulnerable mientras él me ordenaba qué hacer y qué no, pero quizá precisamente por eso sentía como mi sexo pulsaba y algo de humedad resbalaba hacia el inicio de mis mulos. Oía que Séan estaba haciendo algo porque se oían ruidos como de un paquete que se abría. Al momento siguiente, sentí que su mano se apoyaba en el final de mi espalda, presionando hacia abajo y haciendo que mis pies resbalaran aún un poco más y mis piernas se abrieran más, mientras sus nudillos recorrían mi coño abierto y Séan exclamaba divertido “¡Joder, estás chorreando!.” Sentí un pinchazo de vergüenza e intenté incorporarme, pero la mano de Séan volvió a presionar mi espalda hacia abajo. “No, no, preciosa, ni se te ocurra moverte ahora, déjame disfrutar de las vistas un momento.” Al cabo de un momento sentí como su lengua me recorría despacio pero insistente, recogiendo toda aquella humedad y suspirando de placer. Esto sólo duró unos momentos porque sentí como Séan se volvía a poner de pie y otra vez sentí aquel líquido frío que resbalaba entre mis nalgas. Me puse muy tensa e intenté moverme, “Séan, no puedo hacer eso, estoy segura de que no puedo.” Podía oír la súplica en mi tono, pero Séan no paró de mover sus dedos arriba y abajo, suavemente, siguiendo la línea que separaba mis nalgas. “Mi niña,” me dijo, casi susurrando y con la voz muy grave y casi ronca. “No voy a hacer lo que estás pensando, no te voy a follar el culo, o no de momento. Si quieres que pare, dímelo, nos vestimos y salimos a cenar. Pero no te lo recomiendo, no sabes lo que te perderías. Ayer no querías y sabes que lo que hice te gustó. Confía en mí ¿podrás?” Su voz sonaba tan llena de confianza, su tono grave me hacía sentir aún más excitada y la verdad es que cuando me había tocado el día anterior había sentido un placer tan enorme e inesperado, que cuando insistió en que le diera una respuesta no tuve más remedio que susurrar “Vale”.

En ese mismo momento sentí como uno de sus dedos hacía círculos alrededor de mi ano, cada vez con más presión e insistencia. Centré mi atención en relajarme todo lo posible y en confiar en él. Sentí un momento de incomodidad que no llegaba a ser dolor cuando su dedo entró y mis músculos se contrajeron a su alrededor, pero en seguida conseguí relajarme un poco. Otro de sus dedos entró dentro de mí haciéndome coger aire y gemir pero los dedos de su otra mano empezaron a acariciar el interior de mi coño, resbalando a lo largo de mis labios y tirando de ellos suavemente, acercándose a mi clítoris, y el placer fue tan inmediato y profundo que me perdí en él, hasta que noté como sus dedos salían de mi culo y algo frío y rígido se apretaba contra mi abertura. “¿Qué haces?” le pregunté preocupada “¿Qué es eso?”. Él solo se rió “Ya te dije que hoy iba a ir de compras. Es un regalo para tí, déjalo entrar, te va a encantar” Yo pensé que, aunque estaba algo asustada y preocupada, ahora no podía echarme atrás y sentí como aquel objeto empezaba a entrar dentro de mí ensanchándome cada vez más a su alrededor. “Séan” supliqué, pero no sabía qué quería. Intenté relajarme y dejar que mi cuerpo fuera penetrado de aquella manera mientras observaba como la luz que entraba por la ventana se estrellaba con la pared y se agarraba a ella, fundiéndose con el papel pintado de las paredes y penetrándolo, cambiando su color y su textura, inundándolo de luz y despertando las motitas de polvo que encontraba en su camino, haciéndolas bailar de felicidad. Finalmente sentí que aquella cosa había entrado dentro de mí y mi ano se cerraba, apretado, sobre la base estrecha que se volvía a abrir para asentarse entre mis nalgas. Séan suspiró satisfecho. “¡Qué bien lo has hecho! Pronto me suplicarás que te folle así y no puedo esperar a sentir mi polla deslizándose dentro de tu culo tan estrecho,” y se estremecía al decirlo. Mientras estaba aún diciendo esto y yo no sabía cómo sentirme, cogió la base de aquella cosa y la empezó a girar y a mover y una oleada de placer desconocido e inmediato me convirtió en una masa de nervios que empezaron a pulsar todos a la vez mientras mi corazón se dividía en mil corazones que latían desbocados a la vez en mi pecho y mi sexo y mi vientre y mis piernas dejándome completamente sin aliento. Viendo mi reacción, Séan se quedó también sin aliento y retiró con prisa la mano que acariciaba mi sexo. Oí como abría el envoltorio de un preservativo, se lo ponía en tiempo récord y empujaba su polla dentro de mi vagina. “No puedo, Séan ¡No cabes!” casi grité, preocupada. “Si, sí que puedes,” se rió luchando por mantener la concentración. “Estás empapada. Lo siento, pero no voy a poder durar mucho,” y con un movimiento seguro se hizo camino hasta el fondo de mí en un solo movimiento fluido y poderoso y empezó a follarme con fuerza y con prisa, entrando hasta el fondo de mi vagina en cada golpe mientras su polla se endurecía aún más dentro de mí y sus testículos golpeaban mi clítoris, empujando la cosa aquella de mi culo más dentro de mí con sus caderas y moviendo el sofá de su sitio. Era raro, estaba tan llena que sentía como que me iba a romper por algún sitio sin remedio. Con la mano derecha me cogió el pelo, enrollándolo en su mano y tirando de él, haciéndome levantar la cabeza y sentir la tensión en mi garganta y mi cuero cabelludo. Cuando su mano izquierda se deslizó entre mis piernas y sus dedos se cerraron sobre mi clítoris, atrapándolo entre ellos, sentí como mi orgasmo y el suyo se mezclaban en una espiral de placer que, en su conexión, no tenía ni principio ni final, nuestros cuerpos no tenían barreras, carecían de piel que los contuviera y se derramaban el uno en el otro, fundiéndose sin forma los dos juntos, atrapados en un pulso común.

Cuando volví a tomar conciencia noté que Séan se había derrumbado sobre mi espalda, aún dentro de mí mientras su erección se iba relajando y me besaba con suavidad el cuello y el hombro sobre los que se apoyaba, susurrando lo guapa que era, lo perfecta, tan suave y tan abierta para él, tan desinhibida. Pero se equivocaba, el que era perfecto era él. Se separó de mí con cuidado, tiró el preservativo y con mucha suavidad sacó el chisme ese. Yo no podía mover ni un solo músculo, así que salió sin dificultad. Séan me cogió en brazos para tumbarme en el sofá, cogió una manta y se tumbó a mi lado tapándonos a los dos y allí estuvimos un rato, relajados, con los cuerpos blandos y cansados, medio dormidos.

“Tenemos mesa para cenar a las ocho y media,” me dijo al cabo de una rato tirando de mi mano para que me pusiera de pie. “Y luego vamos a bailar,” y sonrió contento. “¡Qué bien que te haya gustado tanto mi regalo!” exclamó de repente mientras subíamos las escaleras, “o al menos uno de ellos” y dejándome en el pasillo pensando en lo que había dicho se apresuró a llenar la bañera mientras yo pensaba que de ninguna forma o manera podía hacer yo absolutamente nada más esa noche. Pero aún quedaban unos días, pensé luego con una sonrisa.

Me puse un vestido rojo cereza de tirantes, ceñido pero no en exceso, con un escote en pico bastante pronunciado y una falda más suelta y añadí unos pendientes dorados, como unas cadenitas con bolitas intercaladas, tan largos que apenas me rozaban la base del cuello y con ese roce me mantenía consciente de mi piel cada vez que giraba la cabeza. Me recogí el pelo en un moño suelto para disfrutar mejor de la sensación de mis pendientes y para tentar a Séan a que lo besara y acariciara. Los lados de mi cuello eran definitivamente mi perdición y la parte de mi cuerpo que prefería que me tocaran. Me puse también un bonito colgante dorado que se balanceaba entre mis pechos llamando la atención hacia ellos y así evitando que se centrara en mi barriga, o al menos no desde el principio. Unas pulseras que se movían y chocaban en mis muñecas tintineaban suavemente y unas sandalias de tiras plateadas y doradas y con bastante tacón complementaban el conjunto. Con un bolsito negro para llevar el dinero y la insulina y un poco de maquillaje estaba perfecta. Séan también iba guapísimo, como era él, con su traje y su corbata, tan alto, tan joven, tenía una apariencia tan formal que no sabía como se podía transformar de aquella manera en cuanto estábamos a solas. Él me decía que tenía derecho a tener la vida y la sexualidad que a él le diera la gana pero que también tenía el derecho de compartir esas cosas con quien él eligiera y no le daba la gana de anunciar públicamente su vida sexual. Yo, cuando aún estábamos estudiando, no había tenido ni idea. Si lo hubiera sabido a lo mejor le habría hecho más caso antes. O a lo mejor no habría sido el momento adecuado para mí. Pero ya no importaba.

Cogimos un taxi y nos llevó a un restaurante indio y nepalí, The Third Eye, en Didsbury, donde comimos espléndidamente. A mi me encantaba la comida india y la había echado de menos en España. En el local la música sonaba suave y exótica y la luz atenuada, los colores brillantes de los manteles, el olor de las especias, la decoración suntuosa de las paredes, llenas de destellos dorados, el rumor de las conversaciones en las demás mesas, el calor que aún sentía en mis mejillas y en mi escote tras mi orgasmo y la mirada de Séan centrada en mí, provocaban una sensación de irrealidad, que aumento aún más tras tomar una copa de vino de  Ribera del Duero que no me podía creer que tuvieran allí. Tras las necesarias samosas, bhajis, pakoras y poppadoms, Séan pidió su típico jalfrezi de pollo mientras que yo estaba feliz con mi plato indio favorito de siempre, el cordero rogan josh además de pan naam y arroz pilau, todo un banquete. Mientras comíamos Séan pasaba la punta de su dedo índice por mis brazos de vez en cuando poniéndome la carne de gallina y me hablaba bajito obligándome a inclinarme hacia él de forma que mis pendientes se deslizaban sobre mi piel y su olor se mezclaba con el de la comida haciéndome la boca agua. Como mi vestido tenía los tirantes tan estrechos estaba constantemente recolocándome los tirantes del sujetador negro de encaje que llevaba y cada vez que lo hacía veía a Séan fruncir el ceño. Al final no pudo más y me dijo muy suavemente pero con la firmeza de la que ahora sabía que era capaz, “Mira, me estás poniendo nervioso con tus tirantes y no es elegante que te los estés colocando todo el tiempo. Vete al baño, quítate el sujetador y dámelo” “¡Y eso es elegante!” me asombré yo. Pero viendo el reto en el brillo de sus ojos, me levanté todo lo digna que pude y me dirigí al baño. A la vuelta le acerqué el sujetador por debajo de la mesa pero él extendió la mano por encima, a la vista de todos. Dudé un segundo, pero lo apreté todo lo que pude para que solo se viera una bola negra indefinida y lo puse en su mano. En cuanto lo hice él lo dejó resbalar a medias para que se viera bien lo que era, allí, delante de todos, con el brazo estirado a la altura de su hombro, mientras me sostenía la mirada y me dirigía media sonrisa. Fue solo unos segundos que se me hicieron eternos, luego lo recogió y se lo guardó, pero vi que la gente de las mesas cercanas giraban la cabeza para mirarnos y noté como me ponía tan roja como mi vestido, concentrando la mirada en el lassi de mango que nos acababan de servir mientras sentía la mirada complacida de Séan, que me cogió la barbilla, me levantó la cara y me besó suavemente en los labios mientras yo sentía que la vergüenza me llenaba por dentro y a la vez agradecía que no me hubiera pedido que me quitara las bragas, porque si no las llevara seguramente tendría una mancha húmeda en la parte de atrás de la falda. Esto no me habría tenido que resultar excitante ¿no? Me debería hacer sentir avergonzada e incómoda y bueno, sí, me hacía sentir esas cosas, pero también había cambiado el ritmo de mi respiración y la temperatura de mi piel y ahora mis pezones parecían querer romper aquel vestido de lo rígidos que estaban. ¿Pero qué me estaba pasando? Suspiré y Séan  sonrió complacido consigo mismo. Otra vez me había hecho perder pie. “Estoy orgulloso de ti,” me dijo. No estaba yo segura de si me resultaba excitante el gusto de Séan por el exhibicionismo. Ya veríamos.

A pesar de esta duda fugaz, estaba claro que Séan no me conocía en absoluto y yo esperaba poder ser paciente y seguir ignorando aquella parte de mí siempre oculta, llena de fantasías y deseos que no me atrevía a compartir porque no sabía hasta dónde podrían llevarme y seguramente en el fondo ni yo misma lo quería averiguar. Tampoco le conocía yo a él, a lo mejor sus deseos llegaban tan profundos y eran tan oscuros como los míos. De momento, mejor seguir aprendiendo, dejar que creyera que él me estaba abriendo a un mundo nuevo que aunque sí que lo era físicamente ni siquiera arañaba la superficie de mi mente.

En la calle la temperatura había bajado y me ayudó a salir del estado de confusión y casi de trance que me había embargado.

Me llevó a bailar, como me había prometido. Hacía meses que no iba a bailar, tan agobiada que estaba con mi trabajo, pero me encantaba bailar. No es que lo hiciera muy bien, pero lo disfrutaba mucho. Poder perderme en la música, tan alta que robaba el espacio en mi cabeza que normalmente se preocupaba por cualquier nimiedad era un alivio. Era bailando cuando me olvidaba del mundo y me convertía en el cantante o en su musa o en espectadora y los demás a mi alrededor se desdibujaban en caras anónimas y ojos brillantes. Bueno, bailando y follando, según estaba descubriendo.

En la discoteca las luces bailaban al ritmo de la música ensordecedora. Aún no estaba muy llena y había sitio en las mesas que rodeaban la pista y también en la parte superior que se asomaba sobre ella, como si fuera un balcón, y desde la cual se podía ver casi todo el local. Séan se encaminó hacia las escaleras y nos sentamos justo al borde de la barandilla en uno de los asientos, como sofás, que había a los dos lados de la mesa. Séan pidió un gin tonic y yo una coca-cola light: quizá sería mejor no beber más. Nos sentamos en uno de los asientos, Séan pegado a la barandilla y yo más adentro, un poco recostada sobre él con su brazo por encima de los hombros y dejando que las yemas de sus dedos y de vez en cuando el filo de sus uñas recorrieran mi clavícula derecha, por el cuello y el brazo, muy despacio, mientras hablábamos por una vez de cosas sin importancia, de su trabajo, del mío, la familia, otros amigos. Hablamos de cine y música y nos sentíamos relajados mientras el local se iba llenando, la música cambiaba a un ritmo más insistente y las risas y las voces aumentaban de volumen a medida que la gente bebía más y se derramaban por el local como un río humano que entra en un embalse. A mí el alcohol no me sentaba bien y ya había tomado vino con la comida, así que seguí con la coca-cola y Séan pidió otro gin tonic que sería el último porque él odiaba perder el control de la situación. Séan miraba a la pista de vez en cuando y justo cuando yo le iba a decir que me iba a bailar me cogió de la mano y me puso de pie. “¡Vamos a bailar!” exclamó y casi me arrastró por las escaleras mientras yo me esforzaba por ponerme por la cabeza el bolsito que llevaba.

Me llevó hasta el centro de la pista y me cogió las dos muñecas con su mano izquierda a la vez que las apoyaba en la parte más baja de mi espalda, apretándome contra él mientras que su mano derecha en mi hombro izquierdo apartaba mi pecho del suyo, obligándome a arquear la espalda hacia atrás y empujando mis pechos hacia delante, como si los estuviera ofreciendo y acariciaba con el pulgar el hueco entre mi hombro y mi clavícula. De esta manera, me di cuenta, él podía observar cada una de mis reacciones y cuando me movía empujando mi hombro veía como mis pechos se mecían sin el sujetador que me había quitado. Séan se movía maravillosamente bien y, como me tenía tan pegada a él, lo único que yo tenía que hacer era relajarme y seguir su ritmo, pero cuando su mano soltó mis muñecas y bajó un poco más por mi espalda, apretándome aún más contra él, sentí perfectamente su erección presionando justo sobre mi vientre y cuando entreabrió ligeramente mis piernas y presionó más noté perfectamente como mi clítoris pulsaba y se hinchaba y mis pezones inmediatamente se pusieron duros, las areolas llenas de bultitos, y todo se reflejaba claramente en la tela suave de mi vestido haciéndome sentir prácticamente desnuda y notaba las pupilas dilatadas y mi respiración entrecortada.

Tras unos minutos me soltó un poco y se separó de mí y nos vimos envueltos en un pequeño grupo que se había hecho junto a nosotros. Había otra pareja cerca, un hombre más mayor que nosotros, de aspecto normal, y una chica con una gran sonrisa. El pelo oscuro y corto acentuaba su cuello y su escote y las luces se deslizaban por su piel. Vimos como él intentaba salir de la pista cogiéndola a ella de la mano, pero ella se soltó, enfadada, y vimos como discutían brevemente. Daba la impresión de que esa discusión ya la habían tenido antes y al final el hombre, enfadado, salió de la pista y se dirigió hacia la barra mientras que ella se quedó en la pista bailando sola. Tras unos minutos Séan me dijo que se iba a sentar pero que yo siguiera si quería, que le encantaría mirarme desde lejos, y como justo en aquel momento empezaba una de mis canciones favoritas le di a Séan mi bolso y me quedé allí con un grupo de chicas que también estaban bailando. Cuando se fueron me di la vuelta para ir a sentarme yo también y reunirme con Séan, pero la chica que había discutido con su pareja me cogió la mano. “No te vayas tú también, no quiero ser la única chica que se queda bailando sola en la pista,” me suplicó. Miré hacia arriba para indicar a Séan que me iba a quedar un poco más en la pista y él hizo un gesto de asentimiento, así que me volví hacia ella.

Me dijo que se llamaba Emma y que su novio siempre se enfadaba cuando ella se ponía el vestido que llevaba. Tenía un vestido azul claro sin tirantes, de una tela elástica que se le pegaba al cuerpo y que tenía una falda muy corta y muy ajustada y una cremallera plateada y ancha que iba de arriba a bajo recorriendo toda la longitud del vestido, pasando entre sus pechos, sobre su ombligo y hasta el borde de su falda, dibujando su silueta perfectamente. No me extrañaba que su novio se pusiera celoso, la verdad, yo misma no le podía quitar los ojos de encima. Vi que tenía más pecho que yo y que sus hombros eran suaves y redondeados. El color pálido de su vestido realzaba su piel oscura, que parecía suave y tersa, con un brillo mate que apenas pude resistir tocar para comprobar su tacto suntuoso. Era más esbelta que yo, más alta y más delgada y se movía con un ritmo impecable, imposible de imitar, al son hipnótico de Closer, de Nine Inch Nails, perdida en sus palabras tan crudas y desesperadas y clavando sus ojos en mí, bajándolos de vez en cuando para volver a los míos con más determinación. Mientras ponían Never Get Enough de Waterliliers, Wonderwall de Oasis y otras canciones que a veces reconocía y otras no, me di cuenta de que varios chicos que había en la pista se acercaban y bailaban a nuestro lado, pero Emma los ignoraba a todos, centrada en mí. Miré hacia Séan y vi como levantaba una ceja y me sonreía como indicándome que a ver qué hacía yo ahora. Emma solo desviaba su atención de mí para mirar fijamente a su novio, que seguía de pie junto a la barra, rígido y apretando los labios. Era evidente que Emma le estaba retando y yo era su arma. De pronto su novio se dio media vuelta y se fue y Emma se encogió de hombros y se dio la vuelta hacia mí. “Ya volverá,” me dijo muy segura.

Cuando nos cansamos no vimos a su novio por ningún sitio y subimos a la mesa donde estaba Séan. Nos sentamos, les presenté y Séan me apretó contra él, posesivamente, bajando la mano por mi espalda y como yo esos días vivía en un estado de excitación constante vi otra vez, con horror, como mis pezones volvían a resaltar en mi vestido y los ojos de Emma los observaban hasta que, despacio, fue subiendo su mirada hasta mis ojos, entrecerrando los suyos ligeramente, como calculando algo, para luego hacer lo mismo con Séan mientras pasaba la punta de la lengua entre los labios. Su mirada calculadora y lenta, que no ocultaba sus pensamientos, hizo que mi vagina se contrajera y me girara para mirar a Séan y ver el deseo también en sus ojos y en la línea rígida que empezaba a sobresalir en sus pantalones. Cuando nos pusimos de pie para irnos Emma volvió a buscar a su novio, pero no estaba en la discoteca. Emma nos contó que vivía con él pero que cuando él estaba muy borracho a ella no le apetecía irse a la casa que compartían porque no tenía ninguna gana de escuchar sus recriminaciones y que estaba harta, así que ahora no sabía qué hacer. Yo inmediatamente le ofrecí que viniera a casa de Séan y que durmiera en el sofá. Séan me miró, divertido. “¿A dormir en el sofá? ¿Estás segura?” “¡Claro que sí!” Aún no era plenamente consciente de lo que él estaba sugiriendo. Para mí era natural que lo que yo sintiera no interfiriera con lo que tenía que hacer y varias veces me había sentido increíblemente atraída hacia alguien sin haberme dejado arrastrar por deseos que sabía yo que no eran correspondidos. Aunque quizá me hubiera equivocado, pensé ahora. De todas formas, mi invitación en aquel momento era sincera y no albergaba otro tipo de intenciones que no fueran hacer un favor. En serio.

Cuando llegamos a la casa nos sentamos en el sofá del salón, nosotras giradas la una hacia la otra para vernos mientras hablábamos y Séan sentado a mi espalda haciendo que yo me apoyara contra él y mirando a Emma por encima de mi hombro. Antes de sentarse, Séan puso música, el último álbum de Nirvana, y abrió una botella de vino que yo le había llevado desde España. Charlamos un rato sobre el vino, sobre España, sobre su novio y otras trivialidades por el estilo pero mientras estábamos allí sentados, tomando aquel vino delicioso y cada vez más relajados, con las manos de Séan sobre mis brazos, mi espalda, mi cintura, con Séan apartándome el pelo de la nuca para darme besitos deliciosos en la parte de atrás del cuello, con mi piel cálida y despierta y la sangre agolpándose en mis pechos y entre mis piernas, vi como el cuerpo de Emma reflejaba el mío en sus respuestas: sus ojos estaban aún más oscuros que los míos, el labio inferior hinchado de tanto mordérselo y el latido rápido y evidente de una vena en su cuello la delataban sin remedio. Se removía en su asiento del sofá y cruzaba y descruzaba las piernas, claramente intentando aliviar la presión que debía sentir entre las piernas.

La conversación fue muriendo, las palabras dejaron de tener sentido y notaba que la expectación que flotaba entre Emma y Séan se concentraba a mi alrededor y penetraba en mi interior hasta que, inclinándose hacia mí, Emma me besó dulcemente en los labios durante lo que a mí me pareció una eternidad y cuando Séan me empujó levemente hacia ella puse la mano sobre la piel desnuda de su escote, como para no caerme, y su piel se fundió con la mía. Emma insistió sobre mis labios para que los abriera. Su aroma me envolvía, una mezcla de sudor y del perfume dulce y pesado de flores que llevaba, seguramente Lou Lou, de Cacharel, y alguna nota como de mandarina que parecía ser solo suya. Su beso fue tan diferente de los besos de Séan. Séan era más impaciente y más agresivo, urgente, peleando con mi lengua hasta que yo me rendía ente él, como si fuera una lucha o un animal que demostraba su poder, llenando toda mi boca y dejándome sin aliento, sorbiendo mis labios y mordisqueándolos a veces con suavidad y otras veces no. El beso de Emma fue largo y dulce, sin prisas ni demandas, acariciando mi boca con su lengua cuidadosamente, lentamente, como si el tiempo fuera eterno e insustancial, insignificante. Emma no me dominaba sino que me invitaba a perderme en su beso relajado y eterno y no podía ignorar esa invitación tan dulce que pronto se mezcló con los labios de  Séan rodeando mi cuello y bajando por mi espalda mientras me bajaba la cremallera del vestido, acariciando mi piel desnuda con la punta de su lengua. Cuando Emma rompió nuestro beso, Séan se inclinó hacia ella, estirándose por encima de mi hombro para besarla él también mientras yo le bajaba la cremallera que recorría su vestido y ella bajaba los tirantes del mío y los arrastraba por mis brazos hasta dejar mis pechos al descubierto. Séan nos besaba alternativamente a mí y a ella, pero sus manos sólo me tocaban a mí y nuestros y jadeos, el deseo y los suspiros añadían su propio ritmo a la música que seguía sonando. Mientras Emma y yo nos besábamos otra vez y Séan abría su vestido, no pude evitar alargar las manos y acariciar aquella piel tan deliciosamente suave. Emma tampoco llevaba sujetador y pude sujetar sus pechos en mis manos. Yo nunca había tocado así a una mujer antes. Había visto a mis amigas innumerables veces, claro, pero no era lo mismo. Ahora entendía cuando Séan me acariciaba los brazos durante tanto rato murmurando “Eres tan suave, tan suave…” Ahora yo sentía lo mismo. La piel de Emma era magnética, tenía una cualidad hipnótica y no podía dejar de tocarla. Era suave y sedosa, con el tacto cálido de la piel perfectamente sana y cuidada y no podía dejar de recorrerla con la mano abierta para cubrir toda la superficie posible, a veces casi sin rozarla, otras veces hundiéndome en ella. Me encantaban las pequeñas cordilleras de piel erizada que quedaban en su piel cuando mis uñas resbalaban perezosamente por su cuerpo mientras Séan la besaba en la boca y yo lamía y besaba su cuello largo y esbelto que me recordaba a la estatua de Nefertiti y ella lo estiraba invitándome a seguir . Recorrí sus brazos, finos y firmes, sus hombros y su escote. La piel de su estómago resbalaba bajo mis dedos y cuando sujeté sus pechos me sorprendí de su peso y de la sensación de notarlos a la vez a la vez firmes y blandos. No pude evitar la tentación de hundir los pulgares en ellos, apretando hasta que Emma, rompiendo el beso de Séan, echó la cabeza hacia atrás, estirando el cuello aún más, y suspiró, arqueando la espalda y empujando hacia mí sus tetas deliciosas, como entregándomelas, mientras yo seguía apretándolas y notaba como se hinchaban entre mis dedos y Séan, que todavía estaba detrás de mí, me rodeaba con los brazos cruzándolos por debajo de mis tetas y pellizcando a la vez mis pezones, el izquierdo con su mano derecha y el derecho con la mano izquierda, completamente pegado a mi espalda y mordisqueando mi cuello y mis hombros, lamiéndolos y besándolos como ya sabía él que me volvía loca y me robaba el sentido común. Definitivamente, la línea entre mis nuca y la clavícula era mi punto más sensible cuando aún no estaba completamente excitada.

Yo le dejaba hacer, pero estaba centrada en Emma, que estaba cada vez más perdida en mis caricias. Yo seguía alternativamente hundiendo mis dedos en sus tetas, bastante más grandes que las mías, y sosteniéndolas para maravillarme por su peso en mis manos, pasaba la yema del pulgar por sus areolas, que eran muy oscuras y bastante grandes, casi parecían galletitas de chocolate e invitaban a chuparlas y sorberlas así que me incliné hacia ella y las atrapé entre mis labios para probarlas con la punta de la lengua y notando como se endurecían aún más y se contraían dentro de mi boca mientras yo las absorbía, cada vez con más fuerza, como si intentara alimentarme de ellas. Sus gemidos eran cada vez más continuos y más fuertes su respiración y la mía más irregular y no pude evitar la tentación de atrapar sus pezones, que eran mucho más prominentes que los míos, y cerrar mis dientes sobre uno de ellos mientras pellizcaba el otro con las uñas haciéndole dar un grito, no sé si de dolor o sorpresa, y se separó de nosotros con la piel cubierta de una pequeña capa de sudor, la mirada desenfocada y la respiración jadeante. Todos nos dimos cuenta de que no había marcha atrás y de ninguna forma podíamos dejar esto así.

Séan fue el primero en ponerse de pie. Nos cogió a las dos de la mano y tiró para que también nos pusiéramos de pie a su lado. Tanto Emma como yo estábamos desnudas excepto por las bragas que aún llevábamos, las de Emma blancas, delicadas y diminutas que hacían resaltar su piel lujosa, y las mías negras de encaje como el sujetador del que Séan se había apropiado en el restaurante. Séan primero se acercó a mí, dejándome completamente desnuda y acariciando mi clítoris levemente con dos dedos. Luego los sacó, brillantes de lo empapada que estaba yo a esas alturas, y me los metió en la boca para que yo los chupara y sintiera en mi lengua mi sabor ligeramente ácido y una mezcla de extraña de dulce y salado y me pregunté cómo sabría Emma y si tendría oportunidad de probarlo. A continuación hizo lo mismo con Emma, pero esta vez se lamió él los dedos mirando a Emma fijamente a los ojos. Luego Séan se apartó de nosotras unos pasos y se desnudó despacio, dejando que le observáramos mientras Emma se ponía detrás de mí recorriendo ella ahora mi piel. Cuando estuvo completamente desnudo Emma se acercó a él y, sin dudarlo, cogió su polla con firmeza en una de sus manos y le empezó a acariciar despacio, sin tocarle de ninguna otra manera. Séan me miraba con los ojos entrecerrados mientras se dejaba tocar y para mí ver a esa mujer a la que no conocíamos de nada, desnuda, acariciar tan abiertamente a Séan me produjo un escalofrío y una excitación inmediata e inesperada y mientras hacía rodar mis propios pezones entre mis dedos pensé que si seguía así un poco más quizá fuera capaz incluso de correrme allí mismo, de pie, mirándoles. Séan entonces se apartó de Emma y la dirigió hacia las escaleras mientras me cogía la mano y me la besaba, llevándonos a su dormitorio.

En la cama, Emma se tumbó, boca arriba, en el centro de la cama y yo me arrodillé junto a ella estudiando su cuerpo y recreándome en el brillo de su piel maravillosa, la plenitud de sus tetas y la oscuridad de sus pezones erguidos y orgullosos que temblaban cuando ella respiraba, el vello entre sus piernas abiertas era muy oscuro y rizado y lo llevaba cortito, estaba claro que cuidaba de él aunque no estuviera completamente depilada como yo. Tenía unas piernas largas y fuertes y las uñas de sus pies estaban pintadas de un rojo oscuro, casi granate. Era una mujer preciosa, exquisita, y pensé que era una pena enorme que yo no supiera pintar porque podría amarla una y otra vez deslizando el pincel por el lienzo y capturando su mirada brillante y divertida, los labios gruesos, entreabiertos mientras se los humedecía con la punta de la lengua, la piel con los reflejos dorados de la luz que la bañaba, los pezones de chocolate delicioso y su coño evidentemente húmedo. Solo mirarla así me hacía plantearme si, en el fondo, yo era lesbiana, porque la encontraba absolutamente irresistible. Pero cuando Séan se apretó contra mi espalda, sentado con las piernas abiertas atrapándome entre ellas y su polla dura y suave palpitando contra mi culo me di cuenta de que no es que fuera lesbiana, es que aquella chica era preciosa de por sí y yo me sentía atraída casi por igual por ella, por Séan y por la situación misma en que me encontraba. Me incliné sobre ella para besar sus labios y bajar lamiendo su cuerpo hasta sobrepasar su ombligo y todo control y lentitud desapareció. Para entonces estábamos los tres ya desesperados por dejarnos llevar y encontrar una salida a tanta tensión. Llevábamos ya una hora jugando y el juego había terminado.

Séan se deslizó debajo de mí colocando la polla entre mis muslos y sentándome sobre ella, y yo me incliné sobre Emma, que estaba ahora apoyada contra el cabecero de la cama y con impaciencia le abrí con las manos el coño dejando todo su interior al descubierto y me acercaba a ella para besar su clítoris y todo su interior ruidosamente, disfrutando de la generosidad de sus jugos, deliciosos, que sabían un poco como saben mis labios después de bañarme en el mar, salado y limpio, un poco a algas y al calor del sol. Metía la lengua en su vagina mientras mi nariz se enterraba al lado de su clítoris y ella gemía y se apretaba contra mi boca, desesperada. Yo sentía el ritmo errático de su pulso contra mi lengua mientras tiraba de sus labios para abrirla más y cada vez que sentía que se iba a correr me apartaba y soplaba contra ella suavemente, disfrutando de su frustración y sus súplicas pero negándome a permitir que llegara al orgasmo tan fácilmente. Mientras tanto frotaba mi coño húmedo y abierto contra la polla de Séan, sintiendo como su punta tropezaba contra mi clítoris hinchado y duro mientras no permitía que me penetrara, en parte porque él aún no se había puesto un preservativo y además porque estaba disfrutando de mi poder sobre los dos. La sensación de tener el orgasmo de los dos en mi poder, de tenerles suplicando, desesperados, llenaba alguna necesidad dentro de mí que estaba descubriendo en ese momento. En mis fantasías yo solía ser muy pasiva y deseaba que me controlaran, a veces incluso que me obligaran, pero en este momento estaba disfrutando intensamente del poder de mi sexualidad, de la libertad que me recorría y cuando sentí que estaba perdiendo totalmente el control sobre mis reacciones me aparté abruptamente de ellos dejándonos a todos insatisfechos y desesperados.

Séan se levantó y cogió un preservativo del cajón poniéndoselo con prisa y abriendo los muslos de Emma se arrodilló entre ellos y no me quise resistir a agarrarle la polla con la mano, con fuerza, mientras con la otra mano abría el coño de Emma y deslizaba la polla perfecta de Séan dentro del cuerpo de ella mientras Séan metía toda su lengua en mi boca y estrujaba mis tetas entre sus dedos haciéndome gemir de placer y dolor y penetrándonos a las dos a la vez. Cuando vi que toda si polla estaba dentro de Emma me pareció la escena más erótica y excitante que me podría haber imaginado y me quedé sin respiración. Séan la penetró con fuerza tres o cuatro veces, haciendo que sus tetas saltaran y se estremecieran como flanes de chocolate y antes de que yo llegara a ellos para intentar comérmelos Séan la cogió firmemente por la espalda y, sin salir de su coño, cambió la postura en que estaban quedando él ahora tumbado boca arriba y ella sentada sobre él. Entonces me cogió de la mano y me guió hasta me puso de rodillas sobre su boca, me abrió el coño todo lo que pudo y me empezó a lamer y a besar, pasando su lengua por todo mi interior, por la piel delicada entre mis muslos y mi sexo, por la entrada a mi vagina, dando vueltas con la punta alrededor de mi clítoris, que yo sentía a punto de estallar y me mordía ligeramente, metía su lengua dura en mi vagina y golpeaba la zona ahora depilada del frente de mi sexo con golpecitos rápidos y firmes mientras yo veía a Emma retorcerse disfrutando de su polla que yo veía entrar y salir del cuerpo de ella cada vez más rápido, con mayor urgencia. Me incliné hacia Emma para besarla y atrapar sus tetas para sentir su peso sobre mis manos, sentir como rebotaban contra ellas, ella me cogió los dos pezones, los apretó y los retorció y justo en ese momento en que el dolor punzante de sus dedos no era ya dolor en absoluto, sentí como ya me resultaba completamente imposible seguir reteniendo el orgasmo que estaba agazapado dentro de mí y de pronto se infló y estalló como un globo, sin control, haciéndome gritar y perdiéndome en el ritmo en que mis músculos se contraían, en la sangre que corría por mis oídos como los coches de carreras, en el calor que me invadía y era medianamente consciente de que el simple roce de los pendientes sobre mis hombros me provocaba otra oleada de placer y contracciones incluso antes de que la primera se hubiera asentado y que la lengua insistente de Séan sobre mi clítoris, que no había parado, me provocaba otro orgasmo imprevisto, igual de fuerte que el primero y estaba segura de que iba a perder el conocimiento, el cerebro claramente vacío de sangre. Cuando me recuperé ligeramente me dejé caer sobre el colchón, paralela a ellos y alargué una mano hacia el clítoris de Emma siguiendo el ritmo que imponía Séan, mientras que la otra empezaba a recorrer los testículos apretados y duros de Séan y mis dedos bajaban por la piel delicada que hay por detrás de ellos, casi llegando a su ano para luego volver. No podía menos que maravillarme del autocontrol y la concentración que veía en su rostro mientras él nos explicaba cuanto placer estaba sintiendo. Emma se corrió cuando metí con cuidado un dedo entre la polla de Séan y su vagina y apreté su clítoris con el pulgar y Séan se corrió prácticamente a la vez, gritando mi nombre, los dos derrumbándose el uno sobre el otro y yo veía la espalda lisa y brillante de Emma que temblaba sobre el cuerpo de Séan mientras su mano se enredaba con la mía. Al cabo de unos minutos Séan se levantó y fue al baño para tirar el preservativo y volvió con una palangana de agua caliente y una toalla y empezó a frotar suavemente nuestra piel mientras me miraba asombrado y nos decía cuánto había disfrutado, lo especiales que éramos y el placer que había sentido y nos preguntaba cómo había sido para nosotras. A Séan le encantaba hablar todo el rato, antes de follar, mientras follaba y también después. A mí no me gustaba hablar tanto pero admitía que oírle hablar a él, sobre todo cuando sus palabras eran más crudas y sucias, me parecía muy excitante. Pero nosotras ahora sólo podíamos contestarle con monosílabos, y mientras él nos limpiaba nosotras nos íbamos quedando dormidas. Séan nos debió tapar y apagar la luz, porque lo siguiente que supe es que era por la mañana y la luz entraba a raudales por la ventana.

María Martín

Autor: Maria Martín

Comentarios (1)

  1. universo dice:

    Erótico a no poder más, frases como “mientras que la otra empezaba a recorrer los duros y apretados testículos de Séan…” enhorabuena por el relato

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