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Día 3

Dia 3

Al día siguiente cuando me desperté noté que estaba sola en la cama y la casa estaba en silencio. Me puse una bata y fui al cuarto de baño. Séan estaba allí, en su bañera, como todas las mañanas. “¡Hola, preciosa!” me dijo muy contento. Hoy ya es miércoles y tengo que ir a trabajar, ya lo sabes. Se me había olvidado completamente que solo había podido tomarse dos días libres. “Bueno, no te preocupes. Tengo cosas que hacer. Llamaré a los demás y comeremos fuera. Además, ya tengo ganas de salir, ir de compras… ya sabes.” Contesté intentando aparentar indiferencia. Él se rió, como si supiera lo que de verdad estaba pensando yo, que lo que quería era volver a la cama con él como los días anteriores. No pude evitar ponerme roja. No sabía por qué, pero parecía que no me podía esconder de él, que leía mi mente sin ningún problema y yo no sabía si eso me molestaba o me hacía sentir más indefensa o si me hacía desearle más o todo a la vez. Estos días a su alrededor yo era otra vez como una niña pequeña, mi necesidad de encontrar su aprobación me desequilibraba, mi deseo por él y el sexo que ofrecía me cegaba y mi desconocimiento de las reglas de esta relación y de sus expectativas me debilitaba y yo me sentía un poco patética, como si no perteneciera a ese mundo y solo estuviera en un mundo de fantasía. Quizá era por estas sensaciones que me parecía que realmente podía, por una vez en mi vida, dejarme llevar y no preocuparme por las consecuencias, al menos de momento. No me atrevía a hacerle ninguna de las preguntas que se iban amontonando dentro de mí. No importa, me decía a mí misma. Vive el momento. Cuando vuelva a casa esto habrá sido un sueño, nada más ¿por qué no vivirlo y disfrutarlo? ¿por qué estropearlo con preguntas, con expectativas?.

Yo siempre había sido adulta y responsable, desde que tengo memoria. Supongo que sufrir de diabetes desde que era tan joven, con solo cinco años, la presión enorme que había en mi casa para que sacara buenas notas, porque si no, con mi enfermedad ¿cómo iba a encontrar trabajo? Decían mis padres. Tienes que ser la mejor, la mejor. El trasplante que vino después, mi trabajo… todo se había alineado en mi vida para que fuera una persona fuerte, organizada, con decisiones que tomar en cada momento, con un control férreo sobre mi cuerpo, mi medicación, cada comida. Y ahora todo eso se había desvanecido en una niebla gruesa y tibia y tenía la sensación de estar viviendo una vida prestada y temporal, y eso me tenía completamente confusa quitándome la capacidad de ser racional, de tomar el control. Solo tenía que dejar que Séan me llevara por este camino desconocido y confiar en él y poder ser, en cierto modo, la adolescente que nunca había sido. Por una parte me avergonzaba del ser obediente y en apariencia débil en el que ahora me veía reflejada, pero por otro era completamente liberador. Era extraño, desde luego, y no me reconocía a mí misma.

Mientras Séan se secaba y se vestía yo hice su desayuno favorito: té con una gota de leche y sin azúcar (el mío con sacarina), huevos revueltos, una tostada con mantequilla y un bol de cereales con leche. No sé cómo podía desayunar todo eso. Yo tomaba el té, un huevo y una tostada, sin mantequilla, y ya estaba llena. Mientras desayunamos hablamos del tiempo (hacía un tiempo magnífico, soleado y casi caluroso, increíble para Manchester en cualquier estación), alguna anécdota de cuando estudiábamos en la universidad, la política en Gran Bretaña… cosa banales y cómodas. Séan iba guapísimo, con un traje azul oscuro que resaltaba sus ojos y una corbata de un azul más claro con unos dibujitos chiquititos en rojo y rosa que los complementaban. Eso de verle con corbata casi me deja sin respiración. Nunca había sido capaz de quedarme indiferente ante un hombre con traje y corbata: el traje tan impersonal y tan propio y la corbata, apuntando como una flecha desde la cara hacia el sexo, de colores atrevidos y gritando para que la mirada siguiera su dirección hasta la punta en flecha y siguiera bajando sola, ya sin ayuda, hacia aquella parte del cuerpo masculino tan intrigante, que tenía vida propia y requería la atención de todos de aquel modo nada sutil. Para mí siempre fue un misterio por qué tantos hombres se empeñaban en no llevarla, pero en general se lo agradecía. Si todos la llevaran me pasaría la vida roja como un tomate.

“Llegaré sobre las 5.30,” me dijo”, pero te llamaré antes de llegar. Quiero que estés en casa cuando yo llegue y ya sabes que la fiesta es esta noche. Quiero que te bañes y que te laves el pelo y te lo alises y que estés maquillada para cuando yo llegue. Tu ropa ya la discutiremos” Y, sin más, se dio media vuelta y se fue, dejándome con la boca abierta. ¡Pero qué se había creído! Toda la mañana me había tratado casi como una desconocida. Su mirada no había bajado de mi cara en todo el tiempo, no me había besado ni para despedirse, sus manos no habían estado ni cerca de mí en ningún momento, y ahora se iba así, casi fríamente, y ya al salir me daba órdenes. ¡Era increíble!. Me pasé un rato con otra taza de té y echando humo, casi literalmente. Luego me vestí y salí, sin bañarme ni maquillarme, llamé a mis amigas y quedamos en Piccadilly Gardens para ir de compras. Intenté apartarle de mi mente todo lo posible, pero a ratos me sentía distraída y aunque lo estaba pasando muy bien con mis amigas a eso de las tes y media me despedí y volví a casa de Séan en autobús. Durante el día había hecho calor, así que llené la bañera y me metí dentro. Me lavé el pelo, pero porque yo quería, no porque Séan me lo hubiera dicho. Me envolví en una toalla y me dediqué a explorar la casa, sintiéndome fatal, pero no me podía frenar.

No encontré nada de particular. Abajo, en el salón estaban los libros de ciencia ficción que yo ya sabía que eran sus favoritos, algunos manuales y libros más técnicos sobre su trabajo, alguna guías de turismo de París, Estambul, Nueva York, Tokio y Viena, mapas de carreteras de Francia y Gran Bretaña, libros de cocina y de bricolaje… Había una moqueta casi blanca, de pelo largo, que debía ser una pesadilla de limpiar, un sofá de piel beige comodísimo y muy suave, con algunos cojines negros y grises, una pared con una tele enorme, una mesita delante del sofá y una pared maravillosa llena de arriba debajo de láminas enmarcadas de lo que se veía que eran sus pintores favoritos, cada una enmarcada de una manera distinta e individual. Allí estaban Picasso, Monet, Klimt, Edward Hopper, Velazquez, Turner, Munch, Hundertwasser y muchos otros, algunos me sonaban y otros no. Por lo menos había 50 láminas en esa pared haciendo que la habitación no pareciera tan sobria y masculina y rebosara de color. En la cocina había todo tipo de cacharros y aparatos y estaba impoluta, y el comedor estaba aún sin amueblar. Arriba había un dormitorio en el que no se podía entrar, tan lleno de cajas que estaba. El baño, sin ducha, que me parecía tan raro era anticuado y necesitaba un gran cambio y el dormitorio principal era muy grande pero no tenía muchos muebles. En su mesilla había unos cuantos libros y en el único cajón había varias cajas de preservativos (¿para qué querría tantos si me había dicho que, es este momento, no estaba saliendo con nadie?), lubricante, algunas aspirinas con pinta de llevar allí años, paquetes de pañuelos de papel, algunos clips, monedas sueltas, las cosas normales. El armario estaba a los pies de la cama, a la izquierda según se entraba en la habitación, ordenado y sin nada especial, con espejos en el interior de las puertas. Había otro mueble en la pared de la derecha, paralelo a la cama, bastante grande, de madera brillante y con un precioso trabajo de marquetería en las puertas y el frente de los cajones, así como en toda su superficie, pero tanto las puertas como los cajones estaban cerrados con llave, seguramente con los papeles importantes, escrituras, cosas del banco, recuerdos familiares. Aunque estaba avergonzada de estar espiando las cosas de alguien que me había acogido en su casa me dio mucha rabia no poder abrir ese mueble. Yo solo quería conocerle mejor y seguramente lo que había allí dentro me habría ayudado. En fin. Las paredes estaban pintadas de rojo oscuro, lo que daba al dormitorio un aire íntimo y protector, aunque le quitaba mucha luz. Las cortinas, que yo no había visto cerradas aún eran negras y pesadas y la cama, enorme, parecía antigua con un cabecero de bronce dorado oscuro con barras que hacían un diseño geométrico y que hacía juego con el que había a los pies de la cama, que era algo más bajo pero no mucho. Ahora que me fijaba, en cierto modo era como una especie de jaula. En contraste con el resto de la habitación, el edredón y las sábanas eran de un blanco inmaculado, y el ser tan blancas hacían que casi parecieran una mancha entre toda la decoración y atraían la vista hacia ellas sin remedio. Hice la cama y pensé que, realmente, era una habitación muy masculina y un poco inquietante. En el techo, beige oscuro, había una lámpara, un plafón, que no daba mucha luz y en las mesillas había dos lamparitas que iluminaban lo suficiente como para leer en la cama con buena luz. Una de las paredes, la que estaba frente a la ventana, tenía un gran óleo abstracto, con distintos tonos de gris, negro y azul que parecían unirse y flotar gracias a alguna rayas y gotas rojas, que lo unificaban y le daban un toque de armonía. Toda la casa olía un poco a cerrado y a polvo, así que abrí todas las ventanas.

A medida que se acercaban las cinco de la tarde, me latía el corazón más fuerte. Bueno, no me gustaba el tono dictatorial en que Séan me había dado las instrucciones, pero, por otra parte, es verdad que me había tenido todo el día pendiente de él. ¿Iba a hacer lo que me había dicho o no?. Los dos días anteriores me había ido dando instrucciones, me daba cuenta ahora, y yo casi no me había dado cuenta de ello, pero ahora había sido tan claro, tan específico, que si decidía obedecer iba a ser de manera consciente, dándole deliberadamente el poder de darme órdenes y eso me daba miedo pero era muy excitante. Me tumbé sobre el edredón blanco de la cama y cerrando los ojos alargué la mano y pensé que seguía sus instrucciones. Primero dejé que mi mano derecha descansara en mi cadera e imaginé que me ordenaba que con la izquierda…

Aún estaba recuperando el aliento, relajada sobre el edredón como si mi cuerpo se estuviera hundiendo en la cama, la luz de la tarde moviéndose perezosa por la pared, cuando sonó el teléfono. “Hola, mi niña” oí que me decía Séan. “Escucha, llegaré a casa dentro de cinco minutos, llamaré al timbre y quiero que abras la puerta totalmente desnuda. Escucha bien: ni zapatos, ni joyas ni nada en el pelo. Cinco minutos” y colgó. Entendí que era un reto. Todo había empezado tan despacio, tan suavemente, pero de hora en hora la actitud de Séan estaba cambiando y si me paraba a pensarlo me hacía sentir excitada y curiosa. ¿Hasta dónde me llevaría? ¿Hasta dónde me dejaría yo llevar? Séan sabía que no me gustaba estar desnuda a plena luz del día. Me había visto comer desnuda a su lado sin casi atreverme a tomar nada hasta que él me había obligado, dándomelo él mismo, como si yo fuera un bebé. Pero mi incomodidad a él no le importaba, estaba claro. Yo sabía que no era muy guapa. Tenía el pelo y los ojos muy oscuros, herencia de la familia española de mi padre. Mi piel era, sin embargo, absolutamente clara, como la de mi madre, que era inglesa. Vivir en España con la piel tan clara era un infierno: me quemaba con ver una foto del Sol. Esto iba ahora aún más en mi contra porque al hacerme el trasplante había habido alguna complicación y la cicatriz iba desde el pubis hasta casi el esternón, rodeando mi ombligo por la derecha. Evidentemente estaba más que agradecida a los cirujanos y su habilidad para hacer estas operaciones, y aún más a la familia que había permitido la operación y me había liberado de la diálisis y me había regalado mi vida, y rezaba por ellos todos los días. Pero la cicatriz estaba ahí, aún rosa brillante después de un año. También hacía que mi vientre estuviera un poco abombado porque habían tenido que cortar los músculos abdominales. En mi opinión, era como un campo de batalla y no me gustaba verla. Mis pechos eran pequeños pero muy firmes y densos, con las areolas y pezones de un color rosa pálido. A mí me encantaban, pero había oído suficientes comentarios sobre ellos como para saber que no eran los que los hombres buscaban. Mis piernas sí eran largas y proporcionadas con unos tobillos muy esbeltos y finos que a veces cuando me veía en un espejo, me parecía que no podrían soportar mi peso.

Bueno, pues vale. Jugaremos, pensé. Y sonó el timbre. Bajé casi corriendo las escaleras, esperé un segundo y abrí la puerta una rajita, ocultándome detrás de ella. Séan estaba allí, más guapo que nunca, pero no se movió ni sonrió. “Abre bien y deja que te vea”. “¡Por Dios, Séan!, alguien me puede ver” casi grité. “Bueno, sobre todo si llamas la atención así. Abre ahora.” Tras un segundo de duda abrí la puerta del todo y me quedé delante de él. En realidad la puerta era estrecha y él la tapaba casi por completo así que nadie me habría visto de todas maneras. Ahora sí que sonrió, entró, cerró la puerta y me abrazó con todo su cuerpo, puso una mano en mi nuca y moviendo mi cabeza hacia él me dio un beso largo y profundo como si quisiera llenar todo mi cuerpo con su lengua. A pesar de venir de la oficina olía a fresco y a colonia. Cuando me soltó y por fin pude tomar aliento me dijo que estaba muy orgulloso de mí, que estaba increíblemente preciosa y que subiera y le esperara sentada en el centro de la cama.

Tras unos minutos subió aún totalmente vestido y me miró a los ojos. “Esta mañana no te toqué ni te besé ni fui cariñoso,” sus ojos no me dejaban bajar la mirada, pero me sentía confusa. “¿Te molestó?” “Pues un poco, si” respondí sin dudar. “Pero no hiciste nada, no me besaste tú a mí, no me lo pediste, nada. Te tienes que dar cuenta de que, aunque me gusta que obedezcas y que seas capaz de ir más allá de tus límites, y créeme que me encanta ver como los cruzas, tú también eres responsable de lo que pasa o no pasa. No quiero que luego puedas decir a nadie que yo te obligué o no hacer algo. Solo tienes que pedir que pare si realmente no quieres seguir con algo, o que tienes que pedir si lo que quieres no está sucediendo. Además – añadió divertido- “a mí me encanta que me supliquen.” Entendí perfectamente lo que quería decir. “Claro que sí”,  contesté rápidamente. “Y no me siento forzada a hacer o no hacer algo. De hecho, me siento libre y cuando me dices qué debo hacer me resulta más fácil relajarme y dejarme llevar y me parece excitante y me siento más segura.”

Séan se relajó y me miró de arriba abajo, sonrió para sí mismo y en ese instante volví a ser consciente de que yo estaba completamente desnuda mientras él aún estaba totalmente vestido. Me cogió una mano y me sentó en su regazo, mientras me besaba detrás de la oreja hasta el cuello, lo que hizo que no pudiera evitar un escalofrío y que mis pezones se endurecieran ante sus ojos. No sé por qué siempre me sentía tan encendida cuando yo estaba desnuda mientras él parecía tan formal. Séan pareció leer mi mente en ese momento: “Me encanta lo vulnerable que pareces cuando estás desnuda delante de mí mientras yo sigo vestido,” me susurró al oído haciéndome cosquillas, “ y así se ve más claro cómo son las cosas ¿No crees?”. Mientras me seguía besando y lamiendo me susurró otra vez, consciente de que el cosquilleo de su voz me estaba excitando cada vez más, haciendo que otro escalofrío recorriera mi cuerpo. “Oye, y si estabas tan frustrada por esta mañana, habrás hecho algo para solucionarlo, supongo. Dime, ¿Te has masturbado?” Yo enrojecí aún más y se me aceleró el pulso y susurré un sí pequeñito lleno de vergüenza. Pero bueno, ¿es que este chico que yo creía que era mi amigo no sabía que había cosas de las que no se habla?. “Qué bien,” me alabó, “¿y en qué pensabas?” Como yo no respondía dejó de besarme y tocarme y se quedó muy quieto, hasta que bajé la cabeza, suspiré y mirándole de reojo dije en voz muy baja “En ti, claro. Imaginaba que me decías cómo debía hacerlo, que me indicabas cada paso que debía dar, imaginaba que me prohibías que me corriera”. “Cuéntame todos los detalles, todos y cada uno” me pidió.

Una vez me decidí a empezar se me pasó toda la vergüenza y le expliqué como había imaginado que él me ordenaba que me desnudara y que me tumbara boca arriba en la cama. Cómo me había dicho que jugara con mis pechos apretándolos entre mis manos y me pellizcara los pezones, estirándolos y sacudiéndolos mientras él me miraba. Como me había ordenado que siguiera hasta que mis pezones me empezaron a doler y estaban de un color rosa oscuro y empezaba a sentir mis pechos más duros y pesados y se me erizaba la piel. Después me ordenaba que abriera las piernas todo lo posible y mientras la mano izquierda seguía estrujando mis pechos ya doloridos dejara que la derecha bajara hasta mi sexo para abrir los labios y que así el pudiera ver lo excitada que estaba con mis jugos cubriéndome el coño. Al introducir uno de mis dedos dentro de mí noté como estaba completamente húmeda y resbalosa, absolutamente preparada para él, pero le conté cómo él me había ordenado, después de que yo me hubiera follado a mí misma de esa manera durante un rato, añadiendo primero un dedo y luego otro, que sacara los dedos de mi coño y bajara la mano izquierda para abrir bien los labios y ofrecerme mejor a su vista mientras que me ordenó que me acariciara alrededor del clítoris solo con el dedo corazón pero que no corriera aún, que fuera despacio y controlara mi cuerpo. A pesar de ir despacio siguiendo mis instrucciones imaginadas podía sentir como mi cuerpo se iba tensando. Ahora quiero que te corras para mí, para nosotros, imaginé que me había dicho y en ese momento vi en mi mente que había otra persona a su lado, un amigo suyo, que me miraba divertido, e inmediatamente después de imaginar esa imagen me corrí gimiendo incontroladamente, abrazándome a mí misma, hasta que mi respiración se estabilizó poco a poco.

Cuando acabé mi relato, mirándole a los ojos, me sentí mucho más segura de mí misma. Aún no podía explicarle lo lejos que iban mis fantasías, pero desde luego él pareció comprender el sentido en el que iban. Me sonrió con un brillo de reconocimiento en los ojos y me dijo “Ya pensé yo cuando te conocí que éramos más parecidos de lo que tú parecías comprender, pero no imaginaba que tanto. Que te gusta que te controlen en la cama ya lo he comprobado, e incluso fuera de ella. Que no tienes mucha experiencia pero la deseas, es evidente. Que tus fantasías y a lo que respondes no es a las situaciones normales con las que muchas chicas sueñan, o están dispuestas a admitir, me ha quedado más que claro. ¿Hasta dónde estarás dispuesta a llegar? ¿Hasta qué punto confías en mí? Bueno, ya lo veremos.” Me guiñó un ojo y me dijo, “Bueno, ahora dime ¿Confías en mi?” “Sí,” le contesté sin pensar. De acuerdo, pues túmbate en la cama boca arriba.

“¿Vas a recrear mi fantasía?” le pregunté entre excitada y nerviosa. “Shhh, ahora no puedes hablar a no ser para pedir que pare, pero si lo haces toda la aventura se acabó, ya conoces las reglas.” Me tumbé sin decir nada más y Séan me puso un cojín grueso debajo de las nalgas. “Ahora quiero que cojas las barras del cabecero con las manos y no las sueltes, piensa que te las he atado.” Ante este pensamiento sentí como de repente mi clítoris pulsaba un par de veces. “Muy bien,” me dijo mirándome satisfecho ante mi rapidez en obedecer. “Y ahora junta las plantas de los pies y deja caer las rodillas a los lados hasta que toquen el colchón.” Este movimiento me dejó totalmente expuesta a su mirada y vi como sus pupilas se dilataban, se pasaba la lengua por los labios y se mordía el labio inferior. Luego salió de la habitación después de decirme que no me moviera en absoluto. Oí como se movía en el cuarto de baño y como abría y cerraba los grifos. Cuando volvió traía varias cosas en la mano que no pude ver bien, una palangana con agua y un par de toallas. Bueno, era evidente que, aunque yo me había bañado como me había dicho, quería que estuviera bien limpia para lo que quería hacer y como a mi nadie me había comido el coño antes y tenía gran curiosidad me pareció genial. Extendió la toalla debajo de mis caderas, se sentó con cuidado entre mis piernas abiertas y humedeció la otra toalla con el agua templada y jabonosa de la palangana. Era muy agradable y excitante saber que me estaba mirando con tanta concentración. “Cierra los ojos y no los abra hasta que te diga, ¿de acuerdo?” su voz sonaba grave y urgente y una ola de anticipación recorrió mi cuerpo. Hice lo que me decía y de pronto noté algo frío y duro que se deslizaba a lo largo de mi sexo haciéndome estremecer. “Shhh, es muy muy importante que ahora no te muevas. Demuéstrame que confías en mí como dices y no te muevas” Me volví a estremecer, pero esta vez no era de anticipación sino del shock. Séan me estaba afeitando con manos hábiles y seguras mientras yo me preguntaba si realmente quería esto. Sabía que iba a estar ridícula afeitada así. Había visto las suficientes películas porno para saber que en ellas esto era lo normal, pero en mí no tenía sentido. Pensé en cuándo tenía la siguiente visita al ginecólogo y me horroricé en aparecer de aquella manera, pero aún me quedaban dos meses. Me preocupé de que a lo mejor a Séan le gustaban las chicas más jóvenes, pero eso no tenía sentido, siendo él como era más joven que yo y considerando el tiempo que llevaba mostrándome que yo le atraía. Poco a poco me relajé y me empecé a sentir más tranquila e incluso excitada sabiendo que su cara estaba a pocos centímetros de mi coño completamente abierto para él y sintiendo como la cuchilla resbalaba por cada milímetro de mí, mientras él me iba diciendo lo guapa que estaba quedando, lo que le gustaba, lo orgulloso que estaba de mí, cómo mi clítoris tan pequeño y escondido se sonrosaba y engordaba cuando él lo soplaba, tan sensible, tan bonito, cómo ahora él me iba a poder ver mucho mejor y yo lo iba a sentir todo mejor que nunca. Cuando pensé que ya había terminado él cambió la posición del cojín que estaba debajo de mí y siguió frotándome con la toalla hacia abajo y me advirtió “No te muevas aún, no hemos acabado, pero casi.” Sentí como me abría las nalgas y cuando di un respingo me volvió a tranquilizar y a decirme que no me moviera y procedió a afeitarme también toda esa zona. Salió a buscar más agua limpia mientras yo intentaba controlar mi respiración, que estaba cada vez más agitada. Me volvió a repetir lo guapa que estaba, lo que le gustaba verme así, tan limpia y abierta para él, mientras me limpiaba otra vez con la toalla.

Cuando comprobó que todo estaba bien y que no me había cortado en ningún sitio y me miraba sin recato, puso sus manos abiertas en cada uno de mis muslos abiertos y me empezó a besar directamente en mi carne recién afeitada. Noté como su lengua subía y bajaba por los lados de mi coño, recorriendo la piel donde nacen los muslos con ella y apretando su nariz contra mí. Luego recorrió todo mi centro muy despacio varias veces, con la lengua plana y abierta para a continuación coger los labios interiores entre sus labios, tirando de ellos y acariciándolos con la punta de su lengua, rozándolos con los dientes, mientras yo no podía dejar de temblar y gimotear del placer que estaba sintiendo. Cada vez que separaba su boca de mí unos milímetros me decía lo bien que sabía, lo suave que estaba, las cosas que iba a hacerme los días que quedaban, aunque no me daba detalles de esos planes que parecían tan prometedores para mí. Me recordaba que no moviera las manos y que abriera más las piernas. En momento dado se puso de pie y se acercó al cabecero de la cama. Me pidió que ahora abriera los ojos y me besó en la boca con voracidad, dejando que sintiera mi sabor en su boca y haciendo que me faltara el aire. Luego se levantó y abrió el armario. En la puerta, por dentro, había un gran espejo que él inclinó. “Quiero que te veas, quiero que veas los guapa que estás, pero no sueltes el cabecero. Cogió algo de su mesilla de noche y volvió a acomodarse entre mis piernas abiertas. Volvió a poner sus manos abiertas sobre el nacimiento de mis piernas y volvió a pasar su lengua abierta por el centro de mi coño, primero suavemente y luego con más fuerza y rapidez y metió la lengua dentro de mí, follándome con ella, sorbiendo mis jugos y haciéndome estremecer y temblar. Con los pulgares me abrió aún más y se movió hasta mi clítoris rodeándolo con la punta endurecida de su lengua y haciéndome perder la cabeza. “Por favor” le suplicaba, “por favor” y no sabía que pedía, si que me dejara respirar, si que me penetrara, si que siguiera así un poco más, porque estaba a punto de correrme, pero lo que él estaba haciendo no era suficiente, pero casi, casi… “Todavía no,” me sonrió separándose de mí, y mientras me sostenía la mirada cogió algo que tenía a su lado y de repente noté algo húmedo y frío entre mis nalgas, el lubricante que ya había visto antes en su cajón, y sentí uno de sus pulgares rodeando la entrada de mi ano. Me puse tensa inmediatamente, pero Séan me sujetó con fuerza. “Déjame, relájate, te juro que te gustará,” me dijo suavemente con una sonrisa perezosa y relajada. “No” ,le contesté, pero él ya me había advertido que la palabra “no” no iba a funcionar, así que siguió tocándome de la misma manera mientras me miraba con las pupilas dilatadas y oscuras. Bajó la cabeza y volvió a lamer con cuidado mi clítoris, que se volvió a encender inmediatamente. “¿Es esa tu respuesta?” me preguntó. Cuando yo gemí en vez de responder volvió a bajar la cabeza y sentí su lengua sobre mí, a la vez suave y dura, y mientras yo no podía evitar retorcerme buscando la presión que necesitaba, ya sin cerebro en mi cabeza, toda mi sangre y todos mis nervios concentrados en esa pequeña parte de mi cuerpo, noté como su dedo pulgar dejaba de dar vueltas alrededor de mi ano y se deslizaba dentro de mí, invadiéndome y abriéndome y a los pocos segundos otro dedo se unió al primero, abriéndome aún más. Tras el primer pinchazo de dolor, o de sorpresa, todos mis nervios se pusieron a vibrar. Era una sensación tan íntima y tan excitante. Yo no sabía todos los nervios que había en aquella zona pero era evidente que los había, y muchos, y que estaban directamente conectados a mi vagina. Séan me estaba lamiendo y sorbiendo el clítoris alternativamente, mientras sus dedos me abrían y me ensanchaban. Solté las manos de los barrotes y le cogí la cabeza, apretándola contra mí y cuando noté sus dientes contra mi clítoris el mundo entero estalló y desapareció dejándome ciega y sorda en un mundo donde sólo había placer y calidez y eternidad… Poco a poco me di cuenta de que tenía las piernas cerradas con fuerza con la cabeza de Séan entre ellas y le iba a ahogar. Dejé caer las piernas y me concentré en intentar respirar, mientras Séan me besaba con suavidad y me acariciaba y se movía para tumbarse a mi lado y rodearme con los brazos mientras yo caía medio dormida medio en trance, completamente agotada y sin fuerza para mover ni un músculo, a su lado.

“Por Dios, Séan, ¿Dónde has aprendido a hacer esto?” Se rió suavemente. “Nadie nace aprendido. Por supuesto que he practicado, y un montón,” se rió. “Pero gracias por confiar en mí y dejarme hacerlo” me dijo mientras me besaba el cuello detrás de la oreja. “Tú tampoco lo has hecho nada mal” añadió. Ahora ven, quiero que veas lo guapa que estás, y tirando de mi mano me llevó hasta el espejo. A mí me parecía que estaba rara, no me había visto así desde que tenía 11 o 12 años, pero no dije nada. “Y tiene otras ventajas, me susurró, ya lo verás esta noche.” Desde luego, me dejó intrigada. Al darme la vuelta vi que encima del mueble de madera que había en la habitación estaba la palangana que Séan había utilizado y también la hoja de afeitar. Era una navaja de afeitar antigua, de las que yo había visto en la casa de mi abuelos cuando  era pequeña, de las que se abren y tiene una hoja larga y recta que había que afilar y que había que utilizar con mucho cuidado. Me quedé de piedra. “¿Es eso lo que has utilizado?” casi grité “¡Es muy peligroso, me podías haber cortado!” “Si te hubieras movido, si” me respondió tranquilo. “Si no hubieras confiado en mí a lo mejor te habría cortado. Pero confiaste en mí, eso es para mí lo más importante. Y nunca te habría cortado a propósito,” añadió y tras unos segundos dijo en un susurro apenas audible “No sin hablarlo antes” y cogió aire por la nariz mientras cerraba los ojos, como intentando centrarse. Para cambiar de tema y que no notara el temblor que sus palabras me habían producido le miré a los ojos y le dije, mirándole, “Y ahora ¿Qué hacemos contigo?” Él sonrió y me apretó contra la pared entre el mueble y la puerta, me cogió la pierna derecha por detrás de la rodilla y cogió un preservativo que había sobre el mueble. Se lo puso despacio mientras me besaba y me mordía los labios y luego me agarró el culo con fuerza con las dos manos y entró dentro de mí en un solo movimiento. Me levantó la otra pierna y me agarré a sus hombros con fuerza mientras entrelazaba las piernas alrededor de su cintura e inmediatamente empezó a follarme con fuerza y rapidez. Yo no creí que me pudiera correr otra vez, normalmente una vez me dejaba demasiado sensible, así que me centré en él y su placer, pero de repente noté que su mano derecha dejaba de sujetarme un segundo y de pronto oí cómo su mano se estrellaba contra mi piel con fuerza y luego me acariciaba. Noté como algo en mi interior se estrechaba y a la segunda vez que hizo lo mismo noté cómo mi segundo orgasmo estaba ya a punto de llegar, venido casi de la nada. A la tercera me corrí otra vez, sin remedio, gritando como no había hecho hasta entonces, cayendo del mayor de los abismos sin control mientras que desde muy lejos oía a Séan gritar mi nombre. En un rato que no pude cuantificar noté que Séan me dejaba en el suelo y me cogía en brazos para dejarme sobre la cama. “Por Dios, es que eres perfecta” jadeaba. “Qué pena que te tengas que ir tan pronto” Dejó pasar un minuto o dos acariciándome donde me había golpeado con tanta fuerza y con una voz más fuerte dijo, “de todas maneras, no has sido tan obediente. Te dije que no soltaras las barras del cabecero y lo hiciste. Tendrás que estar de acuerdo en que eso tendrá alguna consecuencia.” “Claro,” balbuceé. ¿Qué otra cosa podía decir? Razón tenía.

Me tuve que bañar otra vez porque teníamos que ir a la fiesta principal que habíamos organizado y de hecho venían personas desde Francia, Finlandia, España, otras partes de Inglaterra, un par venían desde Estados Unidos, tres venían desde Japón e incluso venía alguno de los profesores que habíamos tenido. Habíamos alquilado un local e íbamos a ser unas 150 personas, un número que debía ser un récord en lo que a organización a fiestas de reencuentro de estudiantes de forma privada se refiere. Cuando salí del cuarto de baño Séan estaba en el dormitorio con el vestido negro que yo había llevado para esta reunión en la mano. Tenía tirantes finitos y en cuerpo estaba bordado en gris y plata con unos dibujos de flores un poco abstractas. La falda era un poco fruncida y me llegaba bien por encima de las rodillas, como era la moda ese verano. Séan me miró mientras le quitaba el forro interior que llevaba, que estaba unido al vestido sólo por los tirantes y me lo alargó. Yo lo cogí mientras me acercaba para alcanzar la ropa interior. “No, no,” me dijo Séan divertido. “Llevarás el vestido y los zapatos de tacón y… nada más” “¡Venga ya!” le espeté, “¡No puedo salir de casa así!”. Pero vi que Séan no estaba de broma y decidí que, al fin y al cabo, podía ser divertido y era algo que yo no había hecho antes, como tantas otras cosas. Durante la noche no pude pensar en otra cosa que no fuera en sexo: Séan me seguía con los ojos, cada vez más divertido, mientras yo notaba que mis pobres pezones doloridos rozaban constantemente cada puntada del bordado de mi vestido. Cada vez que respiraba o me movía las puntadas en el interior me rozaban la punta de los pezones sin descanso y me distraían de todo lo que pasaba a mi alrededor. Y por fin entendí lo que me dijo Séan después de afeitarme: mi sexo desnudo percibía ahora cada brisa de aire que subía por mi falda, cada arruga cuando me sentaba, cada roce cuando Séan, sin querer, claro, me rozaba al bailar y, lo peor, cada yema de sus dedos cuando hacia el final de la noche me apretó contra una pared que estaba más en la sombra y, mientras me besaba, dejaba que sus dedos subieran por mis muslos, encontrando lo húmeda que estaba con esta situación y me penetraba con un dedo mientras me besaba suavemente en los labios sin prisa ninguna, solo rozándolos, a pocos centímetros del resto de la gente, de nuestros amigos, hasta que reuní fuerzas para apartarle de mí mientras él se reía con los ojos brillantes y se metía con descaro en la boca, de espaldas a los demás, el dedo con que me había acariciado.

Cuando llegamos a casa yo estaba otra vez excitada pero él se apartó firmemente. “Mañana tengo que ir a trabajar, ya lo sabes, y el trabajo es sagrado. Tengo que dormir” dijo con voz firme. Yo sabía que él también estaba excitado, el contorno de su polla se veía claramente dibujado en sus pantalones, pero yo ya sabía que, hablando de trabajo, tenía una voluntad férrea. En la fiesta solo se había tomado una cerveza y varios refrescos, igual que yo. Nos acostamos, me abrazó desde detrás y al poco rato noté cómo se relajaba y su respiración se volvía más regulas mientras yo también me quedaba dormida, agradecida a su trabajo, porque todo mi cuerpo estaba dolorido.

María

Autor: María Martín

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