Home » Blog » Día 2

Día 2

DIA 2

Aquella mañana cuando me desperté mi cuerpo no quería abrir los ojos. Lo de la noche pasada era ahora como algo soñado e irreal, y a saber qué iba a pasar ahora. Me di media vuelta y me di cuenta de que estaba sola en la cama, me giré hacia el otro lado y abrí los ojos y allí estaba Séan, sentado en una silla, mirándome fijamente, muy serio. Me quedé inmóvil durante unos segundos y luego me dirigió una gran sonrisa que hizo que sus ojos azules brillaran y su color se oscureciera. Solo esa sonrisa fue suficiente para que todo mi cuerpo despertara y se me erizara la piel. “Hola, preciosa,” me dijo con voz tranquila y lenta.” Me senté en la cama y en ese momento me fijé en que estaba desnudo, le daba el sol que entraba por la ventana y tenía un brazo descansando en el respaldo de la silla mientras la otra mano se deslizaba despacio sobre su polla, totalmente erguida y brillante, con un ritmo lento y sugerente. “Tenemos que hablar” me dijo, y así como estaba se levantó y, mientras salía de la habitación, se volvió y me preguntó: “Té ¿no?” Por fin me centré. “Té, sí, gracias, como siempre. Con leche y sacarina” “¿Sacarina? ¡Qué guarrería!” Y eso me lo decía desnudo, tan tranquilo, completamente erguido, sin prisas, como si fuera lo normal en un día cualquiera.

Me levanté para ir al baño y cepillarme los dientes y me puse el camisón, que estaba todo arrugado entre las sábanas. Yo había estado muy segura la noche anterior. Sí, era un amigo, pero nada más, y yo le había utilizado porque estaba harta de ser virgen. Ahora me parecía una tontería de niña pequeña. Para eso podía haber usado casi a cualquiera, y no a alguien que yo conocía y apreciaba y que vivía en otro país y de quien no estaba enamorada. Con ese pensamiento noté cómo me empezaba a sonrojar y me empezó a latir más fuerte el corazón. Miré los niveles de azúcar, me puse la insulina, me tomé mis pastillas y pronto Séan volvió con el té y unas galletas y se sentó a mi lado en la cama. “Vamos a ver, quiero que sepas que lo de anoche me gustó mucho y me encantaría repetirlo, ya lo ves” se rió mientras su mano cogía la mía, la alargaba hasta su polla y me hacía agarrarla con fuerza mientras la deslizaba por ella y yo intentaba apartarme. Se rió más fuerte. Siguió “pero hay mucho que hablar. Lo primero es qué quieres tú y debes saber que esto no es nada serio para mí. Si quieres jugar, perfecto para los dos, si no, aquí no ha pasado nada y tan amigos.” Me soltó la mano y la retiré con un poco de pena por la pérdida. “Además, no sé si a ti te parecería bien lo que me gusta a mí.” Ante esta declaración, que no entendí muy bien, tuve que cerrar las piernas con más fuerza y agarrar la taza con las dos manos para poder esconder con mis brazos el efecto de sus palabras en mis pezones, que se habían endurecido todavía más porque una ola de pura excitación recorrió mi cuerpo en ese momento. No sabía de qué estaba hablando, pero sí de que mis fantasías habían aparecido en mi cerebro todas a la vez. No podía pensar en nada que a él le pudiera gustar que no hubiera aparecido por mis pensamientos y me hubiera excitado. Y ahora me sentía excepcionalmente curiosa y harta de ser la niñita pequeña y buena por la que todos me tomaban y yo sabía que no era. Realmente, había estado perdiendo el tiempo y eso debía parar.

Por fin encontré mi voz, que apenas había hecho acto de presencia esa mañana. “Séan, yo también me lo pasé muy bien ayer y esto no va más allá, lo sabemos los dos. Pero yo no vuelvo a Madrid hasta el domingo. Nos queda una semana entera. No sé qué es lo que te gusta a ti o no ni lo que me gusta a mí, realmente, pero sería divertido, a lo mejor, si tú quieres.” Séan me miró otra vez, despacio, y yo sentía sus ojos recorrer mi cuerpo. “Mira, si quieres exploramos hoy y vemos cómo funciona, o no. Exploramos juntos. ¿Hay algo que tú quieras?” ¡Tantas cosas! Pensé yo. Mordiéndome los labios insegura admití que había alguna fantasía por ahí pero no sabía hasta qué punto debía quedar como fantasía o no. No sabía si debía compartirla o quedármela y alimentarla. “Vale, pues ya veremos,” respondió volviendo a acariciarse despacio sin que yo pudiera apartar los ojos. Era increíble que verle así, desnudo, desinhibido, dándose placer a sí mismo sin ningún pudor mientras me miraba a los ojos, me estuviera poniendo en un estado de pura necesidad a pesar de lo que me dolía casi todo el cuerpo tras la noche anterior.

“Vale,” me dijo. “No te veo segura y creo que no confías mucho en mí, así que hoy todo depende de ti. Dime qué quieres y veremos qué podemos hacer. Tenemos todo el día para jugar y esta noche hemos quedado con los demás. Si a la vuelta seguimos de acuerdo mañana será mi turno y todo dependerá de mí ¿Qué te parece? ¿Te parece justo?” “Suena bien, aunque no sé qué podré hacer hoy ¡me duele todo después de ayer!” “Bueno, aunque ahora te duela seguro que en un rato estás mejor ¿No crees?” Salió de la habitación y oí que abría el agua del baño. Yo me quedé pensativa. ¡Qué tentador! Algo me decía que este Séan no era el mismo que casi no se atrevía a dirigirme la palabra hace unos años, aunque sí que me seguía observando. No apartaba los ojos de mí y me seguía poniendo nerviosa, pero de otra manera. Ahora parecía que me miraba como si él supiera algo que yo no sabía, como si conociera un secreto mío del que yo no tuviera ni idea y eso me intrigaba y me excitaba. Ahora hablaba con seguridad y autoridad, caminaba estirado, con seguridad y, aunque seguía siendo delgado, estaba más musculoso, más ancho. Y era esa confianza en sí mismo que ahora exudaba la que era imposible de resistir.

“Me voy a bañar”, dijo. “Luego te toca a ti.” Un momento “¿A bañar? ¿En una bañera?”  pregunté, incrédula. “Sí. Me baño todas las mañanas. No me gustan las duchas. Y mientras estés en mi casa, tú harás lo mismo.” Bueno, increíble, y encima me decía a mí lo que tenía que hacer. Pero al fin y al cabo era verdad que estaba en su casa.

Después del baño volvió a llenar la bañera para mí. Él no me había dejado bañarle ni entrar en la bañera con él, pero hoy era mi día ¿no?. Le pedí que me bañara él a mí. Se acercó a mí y me quitó el camisón, acariciando mi piel con la tela y sus manos, despertando mi deseo. Sus labios seguían el rastro de sus manos besando, lamiendo y mordisqueando, como si tuviera todo el tiempo del mundo pero evitando mis pechos y mis pezones, haciéndome estremecer hasta suplicar que siguiera y no parara, cosas que nunca pensé que diría a nadie y menos a él. “No, ahora no” dijo, y me dio un pequeño azote, más bien una caricia en la nalga. “Al agua, ahora.” Cuando estaba en el agua le vi coger una esponja y poner una generosa cantidad de jabón y empezó a recorrerme la piel con ella, con cuidado de no perderse ni un rincón pero sin llegar donde yo deseaba que llegara, donde mi sangre estaba pulsando desesperada. Séan miraba como yo me retorcía e intentaba que su esponja y sus manos llegaran donde yo tanto lo estaba necesitando y sus ojos me miraban divertidos. “Desde luego, eres muy impaciente. Tienes mucho que aprender. Tanta prisa no es buena.”

El baño se estaba convirtiendo en una tortura: el agua caliente, el roce de la esponja, el vapor que llenaba la pequeña habitación, el olor a flores y limón del gel, la proximidad de Séan y mi desnudez me hacían estremecer y sentirme a su merced y yo estaba temblando, si por frío, nervios, sorpresa ante este nuevo Séan o por pura necesidad, no lo sabía. Pero él tenía razón en una cosa: ya no me dolía nada. Séan me puso champú en el pelo y me masajeaba la cabeza. Al rato me puso la mano en la frente y suavemente pero con determinación me empujó hasta que sumergió mi cabeza en el agua y empezó a enjuagar el champú. Al momento siguiente me empecé a poner nerviosa e intenté sentarme, pero él me mantuvo bajo el agua un segundo más de lo que yo quería. Al fin me senté en la bañera y, enfadada, me puse de pie y me envolví en una toalla mientras salía. “¡Se puedes saber qué haces!” grité nerviosa. “¿Qué quieres? ¿Matarme?” mi respiración estaba acelerada y estaba muy enfadada. Séan se reía ¡Se reía!. Se puso serio de repente y dijo, muy serio. “Mira, esto no funciona así. Este juego normalmente lo dirijo yo pero hoy te he dicho que es sobre ti. Estás callada y no dices nada. Eso me gusta, pero no me gusta que no confíes en mí. ¿Cómo crees que te iba a hacer daño sin hablar antes? De todas formas, hemos quedado que hoy es tu turno, esto es sexo y quiero que digas en voz alta qué quieres, qué estás sintiendo y cómo van las cosas. Quiero que confíes en mí, me conoces hace años y sabes que siempre te he deseado. Has sido cruel y nunca me has hecho caso y yo me he retirado. Pero ahora has estado de acuerdo en venir a mi casa, en dormir en mi cama, en follar ayer conmigo y en tener sexo conmigo esta semana. Si no quieres seguir, dilo. Ya te lo he dicho. Dime que pare y lo haré inmediatamente. No me digas no, o espera o lo que sea, solo pararé si dices ‘para’. ¿Me entiendes? Ya está bien de hacerse la niña pequeña, yo quiero una mujer en mi cama. Yo quiero estar contigo, verte y olerte y ver a qué sabes, sentir tu piel y ver como cambian tus ojos cuando se llenan de deseo, recorrer toda tu piel con mi lengua y enseñarte cosas que aún no conoces. Quiero oír tu respiración en mi oído mientras te acaricio y sentir como te estremeces cuando pierdes el control, cómo no tienes más remedio que dejar de ser la niña buena que intentas aparentar y ver como eres tú de verdad cuando no te quedan defensas y solo queda la verdad de tu deseo y tu entrega. ¿Qué quieres tú?”

Yo me quedé sin palabras, mirándole a los ojos, perdida ante tanta pasión repentina. Sabía que él tenía razón: estaba siendo una niña pequeña, dejándome hacer sin hablar y es verdad que no era justo, pero no sabía qué decir. En voz baja dije “Quiero chupar tu polla” Esto era algo que yo no había hecho nunca y no pensé que nunca lo quisiera hacer pero ya la noche anterior había estado tan tentada a hacerlo. Había leído cómo se hacía en algún libro, claro, había visto algunas películas pero parecía algo sucio y desagradable que solo se hacía por amor a alguien que quería que lo hicieras por él, pero ahora, después del sermón de Séan, me sentía avergonzada de mi conducta pero también excitada y después de ver aquella polla deliciosa toda la mañana, no podía esperar más para ver qué se sentía. Sólo pensar en ponerla en mi boca y recorrerla con mi lengua me hacía sentir húmeda y sentía mi clítoris pulsar y llenarse de sangre. No había pensado que me pudiera excitar solo con pensar en hacer una cosa así.

Cuando dije aquellas palabras los ojos de Séan se abrieron y sus pupilas se dilataron. De pie, como estaba, dejó caer la toalla que llevaba y abrió las piernas un poco, como para mantener mejor el equilibrio. “Soy todo tuyo. Muéstrame lo que sabes hacer.” “¿Aquí? ¿no en la cama?” “No, aquí. Ponte de rodillas y muéstrame cuánto lo deseas” “Bueno, no he hecho esto mucho…” O nada, pensé. “No importa, no hay nada que puedas hacer mal, pero cuidado con los dientes.” Madre mía, iba a hacer esto, y estaba de rodillas y desnuda delante de él. Sólo el hecho de estar así ya me ponía aún más cachonda y notaba como estaba cada vez más húmeda. Alargué la mano derecha y la pasé despacio pero con decisión arriba y abajo.

Me acerqué a él y con la punta de la lengua acaricié la cabeza de ese miembro que me tenía en vilo desde el día anterior. Lo primero que pensé era en lo suave que era y en lo estirada que estaba la piel. En mis manos la sentía pesada y dura, surcada por unas venas casi enredadas, y en mi lengua la sentía suave. Aplané la lengua para saborearla mejor y sabía a jabón y a limpio y a algo que era distinto y me hacía querer enterrar la nariz y aspirar con fuerza. Oí como Séan cogía aire con fuerza y eso me hizo sentirme más segura. En mis manos notaba como esa polla se endurecía y se estiraba aún más y en ese momento me sentí por primera vez poderosa y necesitada. Era increíble que yo pudiera hacer a alguien sentirse así. Con cuidado, abrí los labios y los puse alrededor de esa cabeza que estaba chupando y estuve un rato recorriendo con mi lengua los bordes casi afilados y cuando encontré una especie de grieta en la parte de abajo la recorrí de arriba abajo varias veces, apretando la lengua contra ella y sintiéndome cada vez más segura y más excitada, sobre todo cuando veía el reflejo de lo que estaba pasando en un gran espejo que había en la pared detrás de la puerta. Séan respiraba más fuerte y jadeaba de vez en cuando. “Por Dios, me estás matando. Menos mal que dices que no has hecho antes muchas veces.” Ante estas palabras y siguiendo un impulso dejé que mis labios resbalaran más abajo, recorriendo su carne, acariciándola con mi lengua a la vez, siguiendo el camino tortuoso de sus venas hinchadas. Empecé a moverme arriba y abajo por ella, como había visto a otras mujeres hacer en las películas. Cada vez que volvía hacia abajo me daba cuenta de que llegaba más lejos, pero no era suficiente para mí, necesitaba sentirla llenando mi boca. Séan jadeaba ahora y murmuraba algo incoherente que sonaba como “Sigue así, mi niña” y puso la mano en mi cabeza, acompañándome mientras me movía. Yo ya solo vivía para adorar aquella polla que me llenaba y cuando Séan empezó a mover las caderas, empujándose más y más dentro de mi, hasta llegar a mi garganta, follando mi boca mientras yo evitaba una arcada e intentaba relajar los músculos de mi garganta como si nunca pudiera sentirle lo suficientemente dentro y mi mano izquierda apretaba sus testículos, que ahora estaban pequeños y duros, apretados entre su polla y mi barbilla, mientras yo sentía que mi propio cuerpo empezaba a estremecerse y tuve que alargar la otra mano para tocar mi clítoris hinchado y sentir como mis jugos empezaban a caer de mi coño y a bajar por mis muslos abiertos de lo excitada que estaba mientras dejaba que Séan dirigiera mis movimientos con sus manos sobre mi cabeza. Séan intentó salir de mi boca. Yo no le dejé, enterrándole aún más dentro y, dando un grito, se estremeció y noté que algo líquido llenaba mi boca. Su polla pulsaba y su semen resbalaba por mi garganta mientras su olor me envolvía. Mi mente no estaba pensando y no estaba en mi cuerpo. Se apartó de mí rápidamente, sintiendo que yo no podía respirar y en ese momento yo me corrí mientras me apoyaba en sus piernas y sentía que todo mi cuerpo se estremecía y algo se abría dentro de mí tragándose todo mi cuerpo y flotaba cayendo lentamente a la vez que mi cuerpo seguía pulsando y yo abrazaba con desesperación a Séan, que se había arrodillado conmigo en el suelo y me abrazaba.

“Dios mío, Ana, te aseguro que esto sí que no lo esperaba” me susurró al oído cuando al fin me empecé a relajar, con los ojos abiertos de la sorpresa. “No, ni yo” contesté. “Es la primera vez que una chica llega al orgasmo mientras me chupa la polla” me dijo asombrado. Yo no sé qué me pasó. Seguramente lo caliente que estaba ya desde que me había despertado, estar viendo a Séan pasearse por la casa totalmente desnudo y empalmado sin la menor señal de incomodidad o modestia, totalmente en control, el sermón que me había echado, la necesidad de probar su sabor desde la noche anterior, el encontrarme desnuda y de rodillas ante él, todas las nuevas sensaciones de la novedad de hacer aquello y quizá, sobre todo, el modo como cerca del final tomó todo el control buscando su propio placer, sentir su semen resbalando por mi garganta… solo de pensarlo y de oír las palabras tan vulgares que usaba tan tranquilamente sentía como mi sexo volvía a empezar a pulsar.

Me llevó a la cama y dormimos un rato, exhaustos. Cuando nos despertamos era casi mediodía. Séan se levantó y se vistió y dijo que se iba a hacer la comida. “Tú espera aquí, no te muevas y no te vistas todavía, por favor, es maravilloso verte así.” Solo con estas palabras ya estaba yo otra vez húmeda. ¿Qué me estaba pasando? Había llegado a casa de Séan hacía solo 24 horas y parecía que estaba en un estado de excitación permanente a su alrededor. Era increíblemente confuso. Al rato, Séan me llamó desde la cocina para que fuera a comer. Cogí un vestido para ponerme por encima pero cuando llegué a la cocina Séan me miró y frunció el ceño, solo un segundo, luego relajó la frente y su mirada se volvió más profunda mientras las comisuras de sus labios se elevaban, medio divertidas. “No sé qué voy a hacer contigo. Te pido que no te vistas y apareces con un vestido, a ver si voy a tener que buscar un castigo para cuando no obedezcas. Anda, por favor, ¿Por qué no te lo quitas? De verdad me encantaría verte comer desnuda.” “¡Pero si tú estás completamente vestido!” exclamé. “Sí, esa es la gracia. Venga, prueba a ver como te sientes,” casi suplicaba. No me pude resistir a su tono y su reto, así que me quité el vestido deprisa. “Genial, así estás mucho más guapa. Siéntate aquí,” y me señaló una silla que había cubierto con una toalla.

La cocina era un espacio muy acogedor y se veía que a Séan le gustaba cocinar, aunque resplandecía de limpia que estaba y de la luz del sol que la inundaba. Los muebles eran de madera pero sin muchos adornos y las superficies de un granito muy oscuro. Había una cesta grande llena de verduras frescas y un frutero también lleno. “¿Has comprado todo esto para mí o estás siempre así de bien abastecido?” le pregunté. “Siempre estoy bien abastecido, preciosa, pero sí que he hecho alguna compra especial cuando supe que venías. Es mejor ser prevenido, nunca se sabe qué se puede necesitar ¿no?” y la forma en que lo hizo me hizo pensar que no se estaba refiriendo solo a la comida. “Ah, sí ¿Cómo qué?” le reté. ”¿Ves lo que te digo? Siempre tan impaciente. No te preocupes, por lo que veo es probable que lo averigües pronto.” Sentí que perdía pie otra vez. Estaba claro que Séan iba muy por delante de mí, así que dejé estar el asunto por el momento y me senté a la mesa.

Séan sirvió la comida, que olía deliciosa. Había hecho una ensalada simple pero que estaba perfectamente aliñada y un saltimboca que se derretía en la boca. De vez en cuando me ofrecía algo de lo había en su plato y me lo daba para que lo comiera de su tenedor o directamente de sus dedos, alimentándome. “Come, mi niña, que quiero que te sientas fuerte. Tenemos cosas que hacer,” decía de vez en cuando, pero por lo demás estábamos en silencio mientras la voz suave de Adele llenaba el espacio. Esta situación de estar sentada desnuda comiendo a la mesa mientras él estaba vestido con unos vaqueros que se ajustaban justo donde debían y una camiseta de algodón blanca que resaltaba lo delgado y fuerte que estaba ahora su cuerpo, me hacía sentir extraña, como si no fuera yo aquella mujer sino otra que era más descarada y sexual, que respetaba su cuerpo y sus deseos y no se avergonzaba de ellos, me parecía tan erótica que me hacía ser más consciente de todas las partes de mi cuerpo y mis pezones estaban levantados y de un rosa más oscuro del habitual en mí. Esto junto con el olor delicioso de la cocina, la luz del sol con el polvo que flotaba dentro de ella, la música que nos envolvía, la sensación cada vez que Séan me alimentaba, sobre todo cuando lo hacía con sus dedos, la comida deliciosa y el hecho de que Séan de vez en cuando levantaba la mano y pasaba los nudillos rozando mis pezones endurecidos o pellizcando uno de ellos, y ver como los pantalones de Séan también se veían mucho más ajustados y tenía que cambiar su postura todo el rato, me tenía en un grado de sobreexcitación tal que me alegré mucho de la toalla que cubría mi silla porque notaba otra vez como mi cuerpo respondía y sentía mis jugos rebosando y saliendo de mí. “Me encanta verte así,” dijo Séan al final. “Desnuda mientras te alimento, casi a mi merced. Dime que esta semana eres mía. Dímelo” Sus ojos estaban llenos de deseo y su voz era más ronca que antes, era irresistible y además mi cerebro estaba de vacaciones al parecer. “Por supuesto que esta semana soy tuya para lo que quieras,” afirmé. “No sabes lo que dices,” me respondió con la voz aún más profunda. “Pero me encanta y no te arrepentirás. Si algo va más allá de lo que quieres dime que pare y lo haré inmediatamente y hablaremos sobre ello. Verás qué bien te cuido. Te conozco más de lo que crees, más que tú misma. Te he observado mucho, ya verás. Ahora ven aquí.” Y suavemente me tiró de la mano para que me levantara y me sentó encima de sus muslos, frente a él, con mis piernas abiertas. Entonces sus labios se cerraron sobre uno de mis pezones, haciéndome gemir. Me estaba diciendo muchas cosas que yo me daba cuenta de que no entendía del todo, pero cuando él las decía sonaban deliciosamente oscuras y prometedoras. Me apretó contra él mientras abría sus piernas de tal modo que yo quedaba totalmente abierta y expuesta y mientras su dientes cada vez se hundían más en mi carne y afloraba un dolor difuso pero agradable él me deslizaba por su erección y mi clítoris, que estaba hinchado y algo dolorido, se apretaba contra la tela rugosa de su pantalón y parecía estar a punto de estallar. Con un brazo me apretaba hacia él, sus labios, su lengua y sus dientes estimulaban mis pechos y subían y bajaban por mi cuello y mis hombros dejando regueros de fuego y su otra mano me acariciaba la espalda y bajaba cogiendo mis nalgas, masajeándolas y dándome pequeños cachetes que me estaban volviendo loca, hasta que bajó y acarició mi pobre clítoris suavemente un momento antes de entrar dentro de mí con dos dedos y los empezaba a mover con fuerza. Era demasiada estimulación y de pronto mordió con más fuerza uno de mis pezones y en ese momento volví a estallar en mil pedazos mientras sus dedos entraban en mí con más fuerza y me apretaba hacia él aún más fuerte y mordía la base de mi cuello mientras mi orgasmo se alargaba y profundizaba aún más, enviándome a un mundo paralelo donde el placer y el dolor se habían unido alimentándose el uno al otro y mi espíritu flotaba mientras mi cuerpo se retorcía en los brazos de Séan, hasta que por fin apartó sus manos de mí y me empezó a besar suavemente en los labios, dulcemente y poco a poco volví a ver dónde estaba. “¡Jesús!” exclamé sorprendida cuando pude volver a hablar. “Mi niña,” me susurró él en la oreja, haciéndome cosquillas, “eres deliciosa.” Con estas palabras me levantó en vilo y me sentó en una de las encimeras mientras se bajaba la cremallera de los vaqueros y dejaba que su polla saltara al verse libre por fin. Se puso un preservativo mientras me seguía diciendo lo que yo le gustaba, que siempre había sabido que yo sería preciosa cuando me corría pero que nunca imaginó que me pudiera dejar ir de aquella manera, con ese abandono, que le volvía loco y luego me penetró sin prisa, casi dulcemente. “Eres tan estrecha” se estremeció, “y estás tan húmeda, tan preparada para mí, que no puedo ir despacio. Dime si quieres que pare.” Pero yo no deseaba nada más que sentirle abriéndome, poseyéndome como la noche anterior.” “No, por Dios, no pares. Fóllame ahora.” Y sin más empezó a moverse con prisa y con fuerza, casi con desesperación mientras yo sentía que mi interior volvía a encogerse y de pronto volvió a saltar, como un resorte que había acumulado energía y tenía que soltarla de pronto, y mientras me corría otra vez noté como él también perdía su control y todo mi cuerpo palpitaba junto al suyo, a la vez que el suyo, mientras él se apretaba contra mí con los ojos cerrados con fuerza. Tras un momento se apartó un poco y me miró a los ojos. “Eres un descubrimiento. No podía estar más contento. Eres perfecta.” Se separó de mí y me cogió de la mano para llevarme al baño. Me limpió con cuidado y se limpió él también. “Tienes que descansar. Luego iremos a cenar con los demás y esta noche descansaremos. No quiero tener que estar varios días sin poder tocarte cuando te vas tan pronto y tengo planes para mañana.”

Y así acabó el segundo día de mi viaje, durmiendo mientras Séan se abrazaba a mí por detrás y me apretaba contra él en sueños.

María

Autor: Maía Martín

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Artículos similares

Login

Contraseña perdida?