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Día 1

Le vi por primera vez después de sentir sus manos rozando mi cadera con la punta de los dedos. El roce fué tan suave que pensé que estaba en mi imaginación, en mi deseo. Tan suave que no me pude mover, tenía que ver si se repetía o si estaba ya durmiendo. Le vi por primera vez en la oscuridad.

Hacía cinco años que conocía a Séan, otro extranjero más en la universidad de Manchester. Allí era fácil conocer a otros extranjeros ya que todos estábamos algo desubicados y solos y todos teníamos la misma idéntica falsa sensación de que habíamos encontrado nuestras almas gemelas en los nuevos amigos que habíamos hecho. Séan era irlandés, así que al menos él no tenía problemas con el idioma a pesar de que insistía que para él era otro idioma extranjero que aprendió en el colegio como nosotros, ya que su familia hablaba con él solo en gaélico. Lo que sea. También era el único con coche.

Séan me miraba. Era para partirse de la risa: alto, delgado, rubio, con grandes ojos azules, guapo para llorar, años más joven que yo y… me miraba. Yo, morena, de estatura normal para España, o sea, bajita, no muy delgada, estaba convencida de que se estaba riendo de mí. Pero me miraba. Nunca dijo nada. Nunca se insinuó, claro que yo me lo habría tomado a risa, claro, estaba segura de que sólo quería reírse de mí y no se lo permitiría. Mis amigas se reían: “Solo te mira a ti,” me decían. Ya ya. “Dile que venga a la fiesta con nosotras, que así nos lleva en coche.” Y claro, nos llevaba. Y me miraba. Yo, católica y virgen, ni me planteaba hacer nada acerca de esas miradas. Me parecía demasiado delgado, demasiado alto, demasiado joven y demasiado inexperto. En todo caso, le rehuía todo lo posible. Yo vivía para estudiar, para sobrevivir porque era, soy, diabética y para llorar por dentro porque no podría casarme nunca ya que me habían dicho que no podría tener hijos, que mis riñones no iban bien, que mi futuro no existía. Siendo católica, lo que yo creía, lo que quería era casarme y tener niños, amar a mi marido y sacrificarme por mis hijos, pero nadie se casaría conmigo teniendo tan mala salud y sin poder tener hijos, así que las relaciones sexuales estaba fuera de mi alcance. Pero alguna vez iba de fiesta, me reía, coqueteaba un poco, pero poco, porque en seguida me sentía ridícula. Estudiaba mucho. Cultivaba mis fantasías, que reinaban en mi cabeza constantemente y a veces parecían tan reales. Tan reales. A Séan no le veía.

Yo vivía sobre todo en mi cabeza y el mundo exterior a mí me interesaba, pero menos. En mi mundo todo iba bien. Yo era simpática y abierta. Era guapa y atractiva. Los chicos me encontraban irresistible. En mi cabeza, todas aquellas fantasías sobre sexo tan preocupantes e incomprensibles eran normales, aceptables, incluso apreciadas. Era todo lo contrario a la realidad. Para los demás era una chica callada aunque sonriente. Para los chicos era invisible. No llevaba tacones, no me maquillaba, no llevaba nada escotado ni faldas cortas ni iba a la peluquería si no era imprescindible cortarme el pelo. Por eso, que Séan me mirara, tan callado, era preocupante y le evitaba.

En la realidad no me sabía comunicar ni encontraba sentido a hacerlo. No necesitaba a nadie. Si había más gente, genial, yo siempre estaba dispuesta a escuchar y me maravillaba con las historias de los demás. Si no había nadie, genial también. Estudiaba y leía todos aquellos libros eróticos que había encontrado y en mi imaginación los hacía míos y los ampliaba. A veces los ampliaba mucho y viajaban dentro de mi cuerpo casi tomando el control, pero yo era más fuerte. Era muy satisfactorio y bastante solitario pero mi infancia siempre había sido así. Mis padres me controlaban y me reñían por todo. Mi hermana pequeña me juzgaba y cuando me sorprendió masturbándome me preguntó qué estaba haciendo y cuando se lo dije me informó de que debía saber que yo estaba enferma e iba a ir al infierno y de que yo era una guarra asquerosa. Pero el sexo me llenaba la cabeza y sólo dejaba el espacio justo para mis exámenes. En mi mundo el sexo era excitante y divertido. Sucio, inevitable e intoxicante. Mis deseos eran oscuros y surgían en mi cabeza como de la nada: con extraños, con público, con mujeres y hombres, yo no tenía más remedio que dejarme llevar. Luego me arrepentía, pero no podía pararlo. Eran situaciones perturbadoras. Estaba claro que yo no era normal y era importante que lo entendiera y lo escondiera. No entendí nada hasta que llegó a mis manos, de la forma más tonta, la Historia de O. Yo no sabía qué le pasaba a aquella mujer para ser tan tonta, pero estaba claro que yo era igual que ella.

Cuando compré ese libro justo antes de viajar a Manchester sólo estaba buscando alguna novela para leer. Había oído que había algún escándalo con Las Edades de Lulú y quería comprarlo por la curiosidad, pero no lo tenían. Yo pensaba que era una novela más. En el mismo estante vi la Historia de O y pensé que había oído ese título en algún sitio, así que, aburrida, lo cogí y fui a pagar. El chico de la caja me miró de manera extraña y me dijo “¿Te lo envuelvo para regalo?” “No, no,” le contesté, “Es para mí, gracias” La mirada de aquel chico fue indescriptible, casi dejó de respirar. “¿Te ayudo a leerlo?” casi susurró. “¡Qué tontería!” exclamé, “¡Claro que no, sé leer yo solita!” Hasta que lo empecé a leer y entendí las miradas. Nunca pude volver a aquella librería de la vergüenza. Pero, en fin, lo leí y releí y algo empecé a entender.

Tras acabar mis años en Manchester volví a España, terminé mi carrera, me puse a trabajar en una empresa, estuve en diálisis, recibí un trasplante de riñón… Lo normal. Seguí en contacto con mis amigos de Manchester. Un día llegó un mensaje: ¿Por qué no nos volvemos a ver todos en Manchester? Séan se había quedado allí y tenía una casita en Withington, en el sur de Manchester, así que en seguida me dijo “Ven, yo tengo sitio. Hay una habitación libre.” Hacía cinco años que no le veía y yo seguía siendo virgen.

Este viaje volvió a llenar mi cabeza de fantasías. Quedarme en casa de Séan me ponía nerviosa. Quizá surgiera algo, o no. No sabía qué sería peor. Séan y yo habíamos seguido en contacto por carta y seguíamos siendo amigos educados y distantes. Eran cartas amables y superficiales, dos o tres al año, nada más. Pero yo estaba harta, harta de ser virgen. Ya que no me iba a casar, no importaba que me acostara con él o no y además Séan luego se quedaría allí y yo me volvería. Mi cabeza llena de fantasías me estaba volviendo loca pero vivía aislada, volcada en mi trabajo y me estaba volviendo loca. Si ocurriera algo sería perfecto pero lo dejaría en manos de él. Era impensable que me insinuara yo y además tenía que tener cuidado de guardar mis fantasías bajo llave y no escandalizarle demasiado. Porque, sí, yo era virgen, pero inocente hacía tiempo que no lo era y había leído innumerables libros, desde estudios universitarios llenos de gráficas y porcentajes a manuales de sexo a novelas a alguna película que había conseguido, que no era fácil. Académicamente lo sabía casi todo sobre el sexo. Cuando yo estudio lo hago de manera intensiva y completa y esta asignatura la dominaba. En teoría.

Llegamos a su casa desde el aeropuerto y me enseñó la casa. Había habitación de invitados pero estaba llena de trastos hasta los topes. Ni de broma se podía entrar allí. Como un caballero que era, me dijo que su dormitorio era para mí y que él tenía un saco para dormir en el suelo del salón. Tras una tensa discusión sobre quién tenía que dormir en el suelo llegamos a la conclusión de que podríamos compartir su cama, que era enorme, sin que pasara nada. Yo estaba nerviosa y me quedé en el borde de la cama con la espalda hacia él, no fuera que él creyera que yo tenía algún tipo de plan y le fuera a tentar a hacer algo que él no quisiera hacer realmente. Pasaron los minutos sin que pasara nada. Luego más minutos. Me empecé a relajar un poco y tras casi una hora ya estaba casi dormida cuando soñé que algo me rozaba la cadera.

Todo mi cuerpo se puso en alerta pero no me podía mover. Si, no había duda, Séan apenas me tocaba, era como si su dedo estuviera pasando por encima de mi piel y fuera el aire entre su dedo y mi piel lo que me tocaba. No me podía mover. Era una sensación tan delicada, tan ligera, tan tranquilizadora. Tan, tan insinuante. En un segundo se me quedó la boca seca y toda la piel del cuerpo se despertó a la vez y sentí como una corriente eléctrica me recorría y estaba húmeda y a punto de gemir. Pero no me moví, toda mi concentración estaba en controlar mi respiración para que no lo notara, que no parara, que pensara que yo seguía dormida. Pensé que me iba a correr sólo por aquel toque que no lo era.

Entonces le vi por primera vez, sin verle con mis ojos y sin girar la cabeza. Era como si nunca le hubiera visto antes, nunca había notado su presencia de aquella manera y ahora era lo único que notaba, lo único que existía. Estaba paralizada, no podía dejar que me viera así, excitada y húmeda por él. No le podía decir que era virgen. Seguro que por la mañana se reiría de mí, seguro que era lo que se había quedado sin hacer los años que habíamos estudiado juntos, seguro que era una especie de venganza. Pero daba igual, mi corazón iba a estallar de tanto intentar controlarme, iba a dañarse de los golpes que daba en mi interior, y en ese momento Séan me agarró del brazo y me dio la vuelta. Sólo eso, cómo tomó el control, hizo que todo mi cuerpo se estremeciera de placer. “Sé que estás despierta,” dijo mientras sus dedos bajaban por el interior de mi brazo, haciendo que me estremeciera. “¿Qué quieres que pase?” me preguntó. “No lo sé, de verdad que no lo sé, ¿qué quieres tú?” gemí en respuesta. Tras tantas fantasías, tras tantos deseos, después de todas las veces que había soñado este momento desde que me había invitado a su casa, estaba paralizada. “No importa,” pensé. Pasara lo que pasara sobreviviría pero de ninguna manera podía decirle lo que yo quería, cómo eran mis fantasías. No podía arriesgarme. O decidía él o yo no haría nada. En mis fantasías, yo nunca decidía pero nunca era forzada.

Séan se puso de rodillas y encendió una luz en la mesilla. “Quiero verte” dijo decidido, y casi se me paró el corazón. Inmediatamente me calmé y dejé que me sentara en la cama y me quitara el camisón verde que llevaba, que yo sabía que era demasiado corto y revelador, con un bordado de perlitas en el borde del escote. No sabía si debía haber llevado ese camisón o no, pero era el único nuevo que tenía y tenía una bata a juego. Lo había comprado para el hospital, pero cuando vi cómo me quedaba no me lo había llegado a poner.

El camisón resbaló por mi cuerpo, acariciándolo y acentuando la sensibilidad de mi piel, la humedad que resbalaba por mis muslos, la precariedad de mi respiración. Subió lentamente por mi estómago y mis pechos, por mis brazos levantados, mi cara, para caer en el suelo mientras Séan me miraba y no hacía nada. “¿Qué quieres?” me volvió a preguntar en un susurro. Yo notaba como todo mi cuerpo estaba vivo y como me iba poniendo roja, avergonzada sin remedio de lo excitada que estaba por una cosa tan tonta. Mis pezones estaban tan duros que casi me dolían, mi piel estaba erizada por la anticipación y el deseo y mi sexo estaba tan húmedo que hasta yo podía olerme a mí misma. Pero no podía hablar.

Séan se quitó la camisa de su pijama, muy despacio, como para no asustarme, y mi respiración se hizo inmediatamente más errática y tuve que abrir la boca para que me llegara algo de aire a los pulmones, toda la sangre que quedaba en mi cerebro decidió que ese órgano ya no era necesario y encontró otras partes en las que esconderse. Luego, sin dejar de mirarme, se quitó los pantalones y se hizo un vacío en mi interior. Ahora ni siquiera estaba respirando. Nunca antes había visto a un hombre desnudo en la realidad y Séan era espectacular. Espectacular. Su polla estaba totalmente erguida y así, sentado hacia mí como estaba, con las piernas cruzadas sobre la cama, me pareció demasiado grande y estaba perfectamente brillante y deliciosa. El control para no alargar la mano inmediatamente hacia su cuerpo era algo que yo no sabía que tenía. Noté como mi vista se desenfocaba de lo dilatadas que debía tener las pupilas y notaba mi pulso latiendo a toda velocidad, la sangre recorriendo mi cuerpo en cinco segundos de lo rápido que iba. Séan era precioso.

Séan cogió mi mano izquierda con cuidado pero sin dudas, acarició la palma con el pulgar suavemente, se la llevó a los labios despacio y, sin dejar de mirarme a los ojos, la puso hacia arriba y me dio un beso en la muñeca y bajó hasta el centro de la palma dándome besos chiquititos, luego la puso entre sus manos y me dijo, sin apartar los ojos de los míos y sin parpadear “Ana, es la última vez que pregunto, dime qué es lo que quieres o apagamos la luz, dormimos plácidamente y nada ha pasado.” Yo, que no podía hablar de lo seca que tenía la boca y lo vacío que estaba mi cerebro, no podía ni imaginarme darme media vuelta y dormir y sólo pude inclinarme hacia él y besarle aquella boca tan perfecta y susurrar “Te quiero a tí.”

En ese momento me agarró la mano con fuerza y tiró de mí hacia él besándome por fin. El primer beso que me daba en todos los años que nos conocíamos y nada era como otras veces, con otros chicos, cuando los besos habían sido más por aburrimiento y por falta de nada mejor que hacer que por otras cosas. Besos pacientes y lentos, amistosos, aburridos. Besos sin inspiración ni futuro ni presente. Besitos chiquititos en su intención. Besos egoístas y cobardes, interesados, sin promesa, ignorantes. Cuando Séan me besó el mundo se desvaneció. No había luz ni oscuridad, no hacía ni frío ni calor, no estábamos en ningún sitio. Séan era lo único que existía, su sabor mentolado, el olor de su colonia agarrándose a mi piel, su cara afeitada de esa mañana y ahora con la barba que me rascaba las palmas de las manos. Puso sus manos en mis hombros desnudos y su boca se deshizo, su lengua recorrió mis labios, suave y dura, cambiante, se metió entre ellos y entró en mi boca como si yo no tuviera derecho a mi propia boca, como si fuera suya para hacer lo que él quisiera, acariciando con su punta el cielo de mi paladar, sorbiendo mi lengua como si quisiera quedársela para siempre, casi bajando por mi garganta para devorarme desde dentro. Completamente seguro de lo que quería, de lo que buscaba.

Hasta que no se apartó no me di cuenta de que no me quedaba aire en los pulmones. Pensé vagamente que debía decirle que esto no me había pasado antes, que aunque tenía 26 años no había estado con nadie, pero mi cerebro ya no funcionaba en absoluto.

Después de tantos años de frustración y preocupaciones, de fantasías y novelas eróticas, de sueños y autocontrol, ahora esto.

Apartó las manos de mis hombros, bajándolas por los brazos muy despacio y las dejó en mis pechos, como comprobando su peso. Sus ojos me miraban despacio, miraban mi piel y mis ojos. “Son tan pequeños,” susurré. En respuesta apartó las manos y luego cogió uno de mis pezones y lo apretó con fuerza. Al sentir ese dolor punzante e inesperado, al ver sus ojos enfadados me quedé sin respiración y noté como algo líquido se deshacía dentro de mí y entre mis muslos, aún cerrados, me sentía aún más húmeda. “Eso lo debo decidir yo, y te digo que son perfectos” dijo muy serio. “Son perfectos y no permitiré que digas ni pienses otra cosa. Recuérdalo.”

Él no lo sabía ni llegó a saber nunca hasta qué punto su comportamiento me encendía y me derretía, como mis fantasías iban en esa dirección. Ni él ni yo entendimos que, si no había estado nunca con ningún hombre era porque en realidad no eran lo que yo buscaba. Unos parecían querer complacerme a mí, otros no sabían lo que querían, otros buscaban que yo tomara la iniciativa, otros pedían permiso y todo eso yo no podía hacerlo porque a mí no me servía. Séan, por el contrario, me estaba acariciando y besando de aquella forma que me tenía sin respiración pero era también para complacerse a sí mismo en la manera en que me complacía él a mí. Me excitaba y me acariciaba, pero el mayor beneficiario era él y los dos lo sabíamos y saberlo y verlo en sus ojos me hacía explotar desde dentro. Desde el primer momento yo era suya y él podía hacer lo que quisiera, mi única misión se había convertido en seguirle a él, darle todo lo que él necesitara o deseara. Yo ya no importaba si no era para darle a él placer, yo era su regalo y él lo tomaba como si fuera su derecho. Y yo me deshacía desde dentro y no podía más que dejarle hacer.

Cuando dejó de tocarme y me miró expectante lo único que pude hacer fue alargar mi mano y recorrer con las yemas de mis dedos su polla, que parecía tener vida propia y pulsaba ante mis ojos. Séan cerró los ojos y respiró por la nariz y entonces la agarré con la mano, llena de curiosidad. Estaba caliente y muy dura. Era sorprendentemente gruesa. Tenía venas que sobresalían y las recorrí con los dedos de la otra mano mientras él se echaba hacia atrás con los ojos cerrados. La empecé a acariciar despacio, sin saber muy bien qué hacer, qué quería él que hiciera. Resulta que a pesar de las pocas películas porno que había visto y de las muchas historias que había leído, aún así no sabía qué hacer. Vi que aparecía una gota blanquecina en la punta abultada de su polla e inmediatamente fui a recogerla, bloqueando la necesidad de acercar la lengua y saborearla. ¡Madre mía! ¡Qué iba Séan a pensar de mí! Por lo menos que era una puta, eso seguro. No hacía ni diez horas que había llegado, después de no verle durante cinco años y ¡de pronto quería chuparle la polla estando desnuda en su cama! Ese pensamiento me paró en seco. Séan abrió los ojos en ese momento, percibiendo mis dudas, supongo, y todo cambió en un instante.

Séan se sentó otra vez, de repente, apartando mi mano. Se tumbó a mi lado y me cogió las muñecas, poniéndolas a cada lado de su cara. Me dijo al oído, mandando escalofríos por todo mi cuerpo “Mira, esto es raro después de tanto tiempo. No hay nada que tengamos que hacer y podemos parar en el segundo que tú quieras. Si no me paras yo seguiré. Mírame y dime que pare.” “No pares aún” fue lo único que apenas pude susurrar y en ese momento me empezó a besar el cuello, la oreja, besando y sorbiendo y mordisqueando todos los nervios que yo no sabía que tenía allí mientras apretaba mis muñecas contra la almohada, cada vez más fuerte. Besaba mi cuello y mis labios, entraba en mi boca y bajaba a mis pezones, que estaban tan sensibles que casi saltaban. Yo me intentaba zafar de sus manos para abrazarle y acariciarle a él, pero cuanto yo más intentaba liberar las manos, más fuerte las apretaba él, hasta que me di por vencida y dejé de luchar por liberarme. Entonces Séan me miró un momento, una mirada líquida y complacida en sus ojos. “Qué bien, ni niña. Gracias.” Yo no entendí nada, pero mi cuerpo estaba cada vez más enloquecido, temblaba y sentía frío y calor y placer y necesidad, todo a la vez. “¿Paro?” me preguntó con fuego y sinceridad en los ojos, mientras ponía la mano en mi estómago y me mordía los pezones. “No, por favor” susurré. Y metió la mano entre mis piernas, separando los labios. En cuanto rozó mi clítoris sentí una explosión que literalmente me levantó de la cama. Si Séan no me hubiera estado sujetando las muñecas sobre mi cabeza, creo que me habría caído. Me soltó y me abrazó mientras yo intentaba procesar lo que había pasado. Por primera vez había tenido un orgasmo sin provocarlo yo misma y no se parecía a nada que hubiera sentido antes. El mundo había desaparecido y sólo lentamente volvía a ver alguna sombra, alguna luz, volvía a sentir mi respiración.

Seán me miró y se rió. “¡Madre mía! Nunca he conocido a nadie tan sensible. Eres irresistible, nunca pensé que fuera así, con la de veces que me he masturbado pensando en ti, en este momento…” Yo le sonreí, imagino que una sonrisa bobalicona. “Igual que yo” dije sin elaborar qué era igual o no. Le cambió la mirada otra vez, otra vez de repente. Se le oscurecieron los ojos y se le aceleró el pulso y, sin ceremonias, me cogió la mano y la puso en su polla, sin soltarla, obligándome a que le acariciara, imponiendo un ritmo y una presión mientras me miraba a los ojos, demandando que le tocara como él quería, hasta que sonriendo apartó su mano y se puso de rodillas entre mis muslos, apartándolos sin miramientos y me miró a los ojos como si pudiera ver todo mi interior. Sacó un preservativo del cajón de la mesilla y se lo puso despacio, con los ojos fijos en mi coño, que yo notaba que estaba chorreando y pulsando por él a pesar de la fuerza de mi orgasmo de hacía un minuto. “Dime que pare,” me ordenó. Pero yo no podía. En mi interior gritaba “¡Espera!. Es mi primera vez, tengo miedo, ten cuidado” , pero ni una palabra logró salir de mi boca. “Mañana exploraré todo lo que es mío,” dijo mientras se situaba justo a la entrada de mi vagina y empezaba a entrar dentro de mí. Debió notar alguna resistencia porque paró un momento para decirme lo estrecha que era y preguntarme si hacía tiempo que no estaba con nadie. “Mucho tiempo” respondí. “Sigue por favor.” Salió otra vez y esta vez,  en un movimiento lento y poderoso entró dentro de mí hasta el fondo sin que me diera tiempo para tomar aliento. Yo noté como tomaba posesión de mí y me ensanchaba y el pequeño dolor que sentía se evaporó en cuanto su boca alcanzó mis pezones, ya doloridos y empezó a besarlos y morderlos otra vez, y ese dolor junto al placer que estaba empezando a aparecer en cuanto se empezó a mover dentro de mí hicieron que olvidara todo lo demás. Empezó a moverse cada vez más deprisa, sin control por fin, follándome como si quisiera que todo su cuerpo entrara dentro del mío y no sólo su polla. Yo no tenía tiempo de procesar todo aquello, sentía placer y dolor y preocupación y libertad y deseo y, sobre todo, necesidad de que él tomara su placer y en ese momento, de la nada, apareció otro orgasmo que me dejó ciega y sin respiración y oí una voz que podría ser la mía gritar el nombre de mi amante.

Cuando me recuperé y fui consciente otra vez de donde estaba vi que Séan también se había corrido. “Ahora vengo, no te muevas,” dijo, y fue al baño a limpiarse y trajo una toalla para limpiarme a mí. “¡Madre mía!. Eres maravillosa.” Me limpió con cuidado. Pensé que vería la sangre y se enfadaría porque no le había dicho nada, pero no había sangre ninguna. Había sido mi primera vez y no había sangrado nada de nada. No sabía si estar contenta o triste. Nada había marcado aquella primera vez.

Séan nunca lo supo, nunca se lo dije. Al fin y al cabo mi virginidad era mía y de nadie más, y yo, desde luego, había disfrutado perdiéndola. O regalándola. O lo que sea. Estaba segura de que por la mañana él iba a actuar como si nunca hubiera ocurrido nada. Estaba segura de que su único objetivo, acostarse conmigo al menos una vez, estaba cumplido. Y el mío también. Comprobé que mi glucosa en sangre estuviera bien después de una actividad tan poco habitual, comí un par de galletas y me tumbé a su lado sonriéndole. Mañana ya veríamos, podía irme a un hotel si las cosas estaban raras con Séan, si ya no quería que siguiera en su casa. Séan se apretó contra mí y su sonrisa me pareció que era de triunfo, me dio un beso en la nariz, me tapó con el edredón y los dos nos dormimos casi de inmediato. Al menos, había conseguido un objetivo que no me había dado cuenta que me había propuesto, y estaba satisfecha.

No me podía ni imaginar lo que iba a pasar al día siguiente, tan segura estaba de que ahora Séan no era ni siquiera mi amigo. Pero sí, por la mañana fue mi amigo y fue mi amante y no fue ni dulce ni largo ni considerado, sino perfecto, intenso e imparable. Pero es otra historia. U otras muchas historias.

 

María

Autor: María Martín

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