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Despedida

El amor puede llegar en cualquier momento y lugar, no importa si alguien está preparando su boda. Y con el amor llega el sexo, aunque solo sea por un momento y como  despedida… así nos lo cuenta Ernesto Michenco en este relato.

DESPEDIDA

Fue una noche fría cuando mi mamá me pidió que fuera a la estación del Metro. Eran como las ocho de la noche. Estaba viendo la televisión. A veces los programas son tan interesantes que no quieres ni moverte, mucho menos hacer algún mandado; pero, ni modos. Dejé la sala, fui a mi cuarto a por una chamarra, tomé las llaves y algo de dinero; por si acaso. Antes de salir avisé a mi mamá que ya me iba. Caminé siete calles hasta la estación del Metro. Mi mamá me dijo que esperara a una de sus sobrinas del pueblo que estaba estudiando la secundaria en el turno de la tarde y venía a nuestra casa a quedarse. Fue muy explícita en muchas cosas pero se le olvidó decirme cómo era, así que ya no esperé afuera en la calle. Entré a los andenes del Metro y me quedé esperando en una de las salidas por la cual forzosamente tenía que pasar.
Tenía la tarea difícil de identificar a Norma, así se llama la sobrina de mi mamá.

Reuní un poco de seguridad y le pregunte al primer grupo de muchachas de la secundaria “x” uniformadas que venían pasando. Sabía que me iban a cotorrear, pero en fin; pregunté: ¿alguna de ustedes se llama Norma? No contestaron y siguieron su camino, riéndose a carcajadas. Listo, ahí viene otro grupo. Pregunté otra vez y así sucesivamente, con la esperanza de encontrarla. Dieron las nueve de la noche y ni luces de Norma. Pensé que a lo mejor se retrasó por estar platicando con sus amigas, así que seguí en mi actividad improvisada, pero dieron las 10 de la noche y norma todavía no aparecía. Ya me estaba impacientando. Por fin, a las 10:45 de la noche, cuando estaba por irme a mi casa, una muchacha en uniforme de secundaria me preguntó si yo me llamaba Román. Entonces comprendí que era ella. Le contesté que sí.

  • Te estuve esperando desde las 8 de la noche ya me iba a marchar, que bueno que te encontré. Te enseño el camino hasta la casa. La estación del Metro Tacubaya tiene ocho salidas distintas y aun a veces me llego a equivocar de salida.

A partir de esa ocasión ya tenía el compromiso de esperar a Norma en la estación del Metro pero no fue por voluntad propia; fue porque mi mamá me lo impuso sin preguntarme.

Norma media 1.60 m de altura, esbelta, ojos negros expresivos y brillantes, boca pequeña con labios gruesos, bonitas piernas, senos pequeños y firmes, su cabello largo hasta la cintura y de un negro esplendido. Durante el tiempo que estuvo en casa de mis padres usaba un perfume especial. Me dijo el nombre del perfume (charmisse). Cada que se bañaba se lo ponía y era la forma en que me daba cuenta cuando se acercaba a mí. Nos fuimos conociendo cada día más. Ella estaba por cumplir los 18 años. Yo ya sabía que tenía novio, por eso no hice mis intentos por conquistarla. Según me comentó, estaba comprometida para casarse; pero quería terminar la secundaria para, por lo menos, tener una ocupación mientras ocurría su boda.
Recuerdo una ocasión que estábamos desayunando en la mesa que estaba dentro de la cocina. Entonces interrumpió la conversación para ir a abrir la puerta ya que estaban tocando. Antes de salir me pidió que tapara su plato para que no se enfriara y pudiera disfrutarla caliente todavía. Vi sus labios con un brillo diferente. Creo que en ese momento me enamoré. Yo no podía decirle mis sentimientos y preferí callarlos, pero, seguía yendo a esperarla en la estación del Metro.
En otra ocasión, cantando una canción de una artista famosa de los Estados Unidos en los 80, llamada Donna Summer, Norma la cantaba diferente, solo que en su inocencia o no sé qué, también imitaba los jadeos sexuales de la canción. La canción se llama “Love to love you baby”. Cuando recuerdo aquellos sonidos experimento una erección. Cómo me hubiera gustado hacerle salir esos jadeos sexuales. El caso es que más me inquietaba el no poderle expresar mis sentimientos. Caí en una frustración que ya no pude evitar y desde ese momento nuestra relación fue más difícil. No quería tratarla mal, pero no me gustaba pensar que no era nada en su vida, aunque tampoco ella lo sabía. Creo que hubiera sido mejor que se lo hubiera dicho. Ya no la esperaba en la estación pero mi necesidad de verla, aunque fuera de lejos, era mucho mayor. Así pues salía un poco más temprano para verla en la escuela. Entonces me retiraba y hacía tiempo para llegar un poco más tarde que ella. Siempre me preguntaba a donde me había ido a vagar y eso me gustaba. Peleábamos por situaciones que yo no le decía pero que tenían que ver con ella.

Como de costumbre, el tiempo pasó muy rápido y cuando me di cuenta, ya habían pasado muchas cosas desagradables entre nosotros. Mis compañeros del grupo de música folclórica ya me habían preguntado qué me ocurría, pues últimamente estaba muy desconcentrado, incluso sin ánimo. En esos días estaba haciendo un calor exagerado en la ciudad de México. Difícilmente se podía ir con pantalones por las calles. En algunas fuentes los niños se metían a bañar por el calor extremo.
Estábamos practicando en el primer piso las canciones que íbamos a interpretar en una presentación; pero como hacía mucho calor juntamos un dinero para comprar helados. Entonces yo me propuse para ir a comprarlos.
Alcancé a mirar el cielo nublado pero no le di importancia. La heladería estaba a dos calles. Cuando salí vi que Norma iba caminando por la calle con una sombrilla para cubrirse del sol. No pensé que fuera al mismo lugar, así que coincidimos. Aprovechando la ocasión le pedí una disculpa por mi mal comportamiento y como muestra de mi cambio le invite a un helado, pero ella insistió en darme una probadita. No me negué. Nos quedamos platicando un momento mientras preparaban nuestras órdenes.
Al salir del establecimiento cayó una lluvia tremenda que si no fuera por la sombrilla que llevaba Norma, nos hubiéramos mojado más. En el trayecto hacia la casa la abracé pero como mi mano apretaba de cuando en cuando su hombro, se volteó para decirme que no la apretara. Entonces nuestras bocas estaban a escasos centímetros y nuestros ojos se miraban como queriendo algo. En mi caso era un deseo ardiente por besarla, pero el beso no se dio. Volví a mis asuntos pero esta vez con unos ánimos renovados.
El trato con Norma fue mucho más cariñoso por mi parte, pudimos todavía tratarnos hasta antes que se fuera. Me dijo que ya se tenía que regresar al pueblo y que ya no quería, pero como ya estaba todo preparado para su boda, no se le hacía justo no llegar. Me dijo que tenía un presente para mí.

La última noche de Norma en mi casa no había regalo. Tengo la costumbre de que cuando bajo a mi perro de la azotea, generalmente duerme en mi cuarto unos días pero dejo la puerta entreabierta; por si, tiene que salir a hacer sus necesidades al patio.
Eran como las 12 de la noche cuando alguien me movía despertándome y al mismo tiempo me pedía que no hiciera ruido. Todavía soñoliento pude distinguir a Norma. Llevaba un camisón verde y largo que le llegaba a los tobillos. En la penumbra pude distinguir cómo se lo quitaba. La silueta desnuda de Norma se acercaba a mí. Se metió entre las cobijas y me empezó a besar y a acariciar. Yo estaba molesto porque no quería que se fuera, más todavía por lo que en ese momento estaba pasando. Sus caricias me hacían falta.

Bajó mi bóxer, puso mi pene a punto y se montó encima de mí. Con el vaivén sus senos se movían cadenciosamente. Los tome entre mis manos y mientras movía las caderas hundiendo mi pene en su vagina, yo acariciaba sus senos. Esos jadeos de placer no los escuché porque no queríamos hacer ruido. Aun cuando se los aguantaba, pude escuchar alguno que no pudo retener, hasta el punto de derramar mi preciado líquido espeso. Derrumbó su cuerpo sobre el mío y descansamos un momento.

Ya está amaneciendo, el tiempo sigue su curso con violencia, te vas a llevar un buen recuerdo de mí. Abro sus piernas y en la posición del misionero la vuelvo a ensartar contemplando su pubis y la abertura de su vagina derramando sus jugos al ritmo de la penetración. Acabamos juntos en un orgasmo maravilloso. Tristemente vi partir a norma hacia un destino incierto.

Hoy, en la actualidad, a unos 20 minutos del pueblo donde vive, no me atrevo a visitarla. Mi cuerpo no es el mismo; la distrofia muscular merma día con día la vitalidad de mis piernas, funciono perfectamente bien sexualmente, pero no quiero, supongo que debo esperar.

ERNESTO MICHENCO

 

Autor: Plataforma de amor

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