DESEO

Primer capítulo

Acabo de despertar. Miro hacia tu lado de la cama pero ya te has ido. Huelo las sábanas, necesito sentir tu olor. Tu perfume me hace revivir recuerdos muy cercanos, momentos vividos hace apenas unas horas. Pero tú ya no estás, al menos de momento. Me levanto muy despacio, como suelo hacer cuando estás junto a mí para no despertarte. Miro el reloj: las 9 de la mañana. Probablemente tu avión esté a punto de aterrizar, a dos mil kilómetros de distancia.

Me dirijo a la ducha. Necesito desperezarme pero al mismo tiempo me da pena que el agua borre las huellas de tu piel en la mía. Mi camisón resbala lentamente, como si tampoco quisiera desprenderse de mi cuerpo. Mi cuerpo… No puedo evitar recordar cómo se movía al son que marcaban tus caricias. Un baile en el que la música fluye cuando tus manos me acarician suavemente y tu lengua apenas me roza. Un baile diferente en cada momento, con una música improvisada y sin que falle ninguna nota.

Cierro los ojos mientras el agua se desliza y en ese momento el teléfono interrumpe el recuerdo. Eres tú, has llegado a tu destino.

– Buenos días.

Tu voz penetrante es tan sugerente que un escalofrío me recorre de arriba abajo.

– ¿Te he despertado?

– No. Acabo de entrar en la ducha, te respondo, mientras te deseo sin decirte nada.

– En la ducha… ¿sin mí?

– No, contigo… Estaba recordando nuestra romántica noche… ¿Dónde estás?

– En el hotel. Acabo de llegar y no podía esperar un solo minuto más sin oírte.

Mi voz se confunde con el ruido lejano de la ducha, mientras la suya se va diluyendo. La mala cobertura interrumpe la conversación y un desagradable pitido no me permite seguir disfrutando de él en la distancia.

Vuelvo a marcar su número. Una voz impersonal me dice que está fuera de cobertura. Tecnología… siempre falla cuando uno más la necesita.

El agua sigue fluyendo mientras observo cómo mi cuerpo desnudo y húmedo ha dejado un charco en el suelo. Ni siquiera me importa. Me gustaría volver a oír su voz. Lo necesito imperiosamente. Un espejo me devuelve a la realidad. Me miro detenidamente. Mi figura delgada, curvilínea se destaca en la habitación. Mi pelo mojado deja al descubierto una expresión feliz. Sí, feliz porque estoy enamorada.

Mi mano se desliza por mi cuerpo. Comienzo a tocarme como si acabara de descubrirme por primera vez. Y tal vez sea así. Las prisas siempre hacen que las duchas sean rápidas. Secarme, ponerme crema, vestirme a toda velocidad, maquillarme y lanzarme al bullicio de la gran ciudad. Por la noche el cansancio es tan grande que solo tus manos, tu boca, en definitiva tú, me hace revivir, sin que yo pueda prestar atención a algo diferente.

Cierro los ojos. Respiro profundamente. Mi mano parece descubrir lugares a los que solo tú accedes. Es como si, a pesar de la distancia, fueras guiándome.

Mi cuerpo está revolucionándose. Cojo el teléfono. Necesito volver a escuchar tu voz. Imposible. La tecnología sigue evitando nuestro contacto pero no me resisto a estar sin ti.

Avanzo por la habitación buscando un álbum de fotos. Ahí estás, sonriendo, haciéndome sentir segura de mí misma, sin complejos, simplemente maravillosa…

Suena el timbre. Atropelladamente me pongo el albornoz. Abro la puerta y veo un ramo enorme de rosas rojas y a un chico de unos 20 años mirándome sorprendido. Seguro que no esperaba encontrar a alguien recién salido de la ducha.

–  ¿Andrea Zabala?, me pregunta.

–  Sí, soy yo, respondo tímidamente. Me tiende el ramo y vuelve a mirarme detenidamente.

Noto que con las prisas no me he atado el cinturón. Cierro rápidamente la puerta y compruebo que parte de mí está al descubierto. Me río de mí misma, feliz con mis rosas rojas entre las manos. En la nota adjunta un mensaje: “Pasión: ese es el significado de estas flores. La misma que despiertas en mí. Espera mi llamada esta noche”. Erik.

Esta noche… mi primer impulso es coger el primer avión para reunirme con él pero como no es posible, no me queda más remedio que esperar.

Cojo una de las rosas, mientras pongo el resto en un jarrón con agua para que no se estropeen. Presiden la habitación, junto a su foto. Me gustaría darle una sorpresa pero sé que está a punto de comenzar una reunión muy importante, por lo que en este momento no es buena idea llamarle pero ¿por qué no hacer algo diferente? Miro las rosas una vez más y entonces se me ocurre la sorpresa perfecta para no interrumpir demasiado la reunión pero sí lo suficiente para decirle que su regalo ha llegado a mis manos… o a mi cuerpo.

Vuelvo a tumbarme en la cama y pongo los pétalos alrededor de mis pechos, bajando por la cintura hasta llegar a mi clítoris, en forma de corazón. Me hago una foto con el móvil y se la envío con un simple mensaje: GRACIAS. TE QUIERO.

La respuesta no se hace esperar a través de un WhatsApp

–  ¿Esperas que con esta foto pueda concentrarme en la reunión? ¿Puedes imaginar el efecto que ha provocado en mí? Afortunadamente tengo que estar sentado pero puedo asegurarte que has hecho que me excite hasta límites insospechados. Me encantaría estar allí para quitarte cada pétalo con mi lengua. Besar cada partícula de piel que hay debajo de ellos…

Afortunadamente yo no estoy en ninguna reunión. Cojo la última rosa que queda en el jarrón y comienzo a acariciarme lentamente con ella como Erik lo hubiera hecho. Su foto me mira a lo lejos mientras mis jadeos van en aumento. Tras el orgasmo, me abrazo a la almohada como si fuera él. Minutos después me quedo dormida.

Segundo capítulo

 Horas después y tras desperezarse, Andrea decidió ir a unos grandes almacenes para comprar ropa interior sexy. Quería estar lo más deslumbrante posible cuando volviera Erik.

De camino recordó cómo se conocieron. La casualidad, al menos eso creía ella, les hizo encontrarse en Cádiz. Su amiga y ella habían decidido dar un paseo por la zona de copas. Al ir a cruzar un paso de peatones un coche paró y desde una de las ventanillas se asomó la cabeza de John preguntando algo que no alcanzaron a oír. Carla se acercó pensando que tendría que indicar alguna dirección, pero realmente lo que ambos pretendían era invitarlas a una discoteca.

–          ¿Te apetece ir a bailar? Preguntó a Andrea. Dicen que tienen cuatro entradas y que les gustaría ir con nosotras.

–          Supongo que estamos locas porque no les conocemos pero ¿por qué no? Estamos de vacaciones…

Subieron al coche y en aquel momento sucedió algo. Andrea no se había fijado en Erik hasta que se sentó en la parte trasera del vehículo. Él se volvió para saludar y en ese instante a Andrea le dio un vuelco al corazón. No sabría decir qué ocurrió pero se alegraba de estar allí. Tras unas frases intrascendentes y de las consabidas presentaciones, llegaron al lugar de moda. Andrea se dio cuenta de que ellos, antes de parar el coche, habían decidido quién les gustaba y, por suerte, Erik también se había fijado en ella.

Tras una primera copa Erik le propuso dar una vuelta por el recinto: una discoteca abierta a pie de playa. La noche era maravillosa. La luna llena hacía presagiar buenos augurios, aunque era la mirada de Erik la que aseguraba a Andrea que sería una noche inolvidable, como así fue. Intentaron pasar entre la multitud, bailaron, rieron, unas cuantas confesiones al oído, pequeños abrazos, roces que hacían que la temperatura de ambos fuera aumentando… y por fin el beso. Andrea recordaría siempre ese beso apasionado, tanto que le hizo sentir algo parecido a un orgasmo. Sabía que nadie la creería cuando lo contara pero era cierto. Nunca antes había experimentado algo parecido al besar a alguien por primera vez.

El deseo se apoderó de ambos. La noche, la música, el verano, las vacaciones, la playa, el calor y una irresistible química se habían confabulado para hacer que aquella noche resultara mágica.

La luna llena iluminaba la bahía y una estrella fugaz apareció de repente. Andrea pidió un deseo:

–          Quiero que esta noche no termine nunca…

Sabía que materialmente esto era imposible pero las cosas pueden durar tanto como nosotros queramos, tan solo hay que recordarlas para volver a vivirlas. Más allá de lo que pudiera pasar más adelante, Andrea quería disfrutar de cada segundo y por ello decidió “perderse” con Erik. Encontraría a Carla en otro momento. Le enviaría un WhatsApp para que no se preocupara, ella lo entendería.

–          ¿Vamos a dar un paseo por la playa? Propuso.

Erik no lo pensó. Desde el momento en el que la vio quiso conocerla y ahora que lo había hecho tenía que reconocer que le atraía como pocas mujeres lo había hecho. No quería pensar en nada, solo vivir aquella noche.

El paseo por la playa fue muy romántico. Las horas habían pasado volando y la madrugada estaba a punto de hacer su aparición. Era increíble pero estaban solos en aquella maravillosa playa, saltando las olas, besándose, mirando las estrellas.

–          ¿Nos bañamos? propuso Erik

Andrea se quitó inmediatamente el sugerente vestido que llevaba. Erik se quedó mirando el sexy conjunto blanco de ropa interior, que resaltaba junto al moreno de su cuerpo escultural. Andrea, pícara, sabiendo el efecto que había conseguido, salió corriendo hacia el agua y se lanzó al mar mientras Erik todavía estaba desabrochándose el pantalón. Andrea nadó lo más lejos que pudo y Erik le dio pronto alcance. Ambos sabían lo que iba a suceder …

Jugaron durante unos segundos en el agua. Aparecían y desaparecían bajo las olas, ajenos al mundo. Los abrazos se multiplicaban y los besos también. Erik se volvía loco viendo emerger el sujetador blanco en medio de la noche, hasta que se lo arrancó en un ataque de pasión. Sus pechos pequeños y bien formados aparecieron ante él mientras el sujetador se iba alejando de ellos con las olas. Andrea se aferró fuertemente a Erik y en ese momento él decidió dar rienda suelta a sus sentimientos. Se separó de ella, se sumergió nuevamente para hacer que Andrea se quedara completamente desnuda, al tiempo que él se despojaba de sus calzoncillos. Salió a la superficie para coger aire nuevamente y entonces penetró en ella, olvidándose de todo. Los gemidos de Andrea se confundían con el rumor de las olas mientras su ropa interior desaparecía en alta mar y su ropa de fiesta les esperaba en la orilla.

Ambos siempre recordarían aquella primera noche como especial. A veces es complicado hacer el amor por primera vez con un extraño, pero no sucedía esto entre ellos. Todo había resultado natural y sencillo. Tras el orgasmo nadaron hacia la orilla con miedo de no encontrar la ropa pero nadie había pasado por allí y todo permanecía tal y como lo habían dejado.

Se vistieron rápidamente mientras el agua empapaba rápidamente el vestido de ella, marcando sus pezones. Erik la abrazó, la besó repetidamente y la levantó en brazos varias veces, apretando su cuerpo con el suyo, sintiendo, nuevamente, ganas de volver a penetrarla. En lugar de eso decidieron dar un paseo por la playa para secarse y volver en busca de Carla y John. Sin embargo se perdieron. Fueron incapaces de volver a la discoteca ni al hotel porque Andrea había olvidado el bolso en la discoteca y el móvil, el dinero y todos los objetos de ambos estaban allí.

Ya secos se tumbaron en la arena, mirando las estrellas. No podían parar de hablar y de reír. Parecía que se conocían de toda la vida aunque tan solo les unían unas cuantas horas. Comenzaba a refrescar y ella se acurrucó entre los brazos de él. Erik comenzó a acariciarla suavemente, a besar su cuello, su cara. Sus labios se buscaban y sus cuerpos también y así volvieron a hacer el amor por segunda vez. Esta vez Erik tan solo tuvo que levantar levemente su vestido tras comprobar que la playa seguía desierta, para, con toda la dulzura del mundo, volver a hacer que ella gimiera de placer.

Las vacaciones dieron paso a una bonita historia de amor en la que la pasión siempre jugaba un peso importante. Erik volvió a Inglaterra y ella permaneció en Madrid pero siempre con la intención de que uno de los dos trasladara su residencia para poder vivir juntos. Pasaban las semanas esperando con ansiedad que llegara el viernes para reencontrarse en Londres o en Madrid,

Tercer capítulo

 Andrea, ya en el centro comercial, se dirigió a la sección de lencería y comenzó a mirar los picardías más exclusivos. Cogió uno negro y otro blanco, los colores preferidos de Erik. Entró en el probador y se desnudó. Cuidadosamente se puso el negro.

–          Espectacular, se dijo a sí misma. Completamente ceñido a su cuerpo, realzaba todavía más su figura. No tenía ni un gramo de celulitis en su piel, firme y tersa.

Mientras decidía probar el blanco recordó una de las primeras veces en las que Erik se desplazó a España para verla. El tiempo había cambiado y no traía ropa apropiada, por lo que fueron a comprar un abrigo. Al entrar en un probador Erik se abalanzó sobre ella inesperadamente por detrás. Comenzó a besarle el cuello como si nunca antes lo hubiera hecho, desesperadamente, mientras sus manos acariciaban con violencia sus pechos. Andrea no podía evitar los gemidos, temerosa de que alguien les oyera y pedía a Erik que lo dejara para otro momento, pero él no reaccionaba. Andrea se dejó llevar y siguió el juego de su novio, olvidándose de donde estaban… hasta que el personal de seguridad llamó a la puerta del probador exigiéndoles que salieran… Así lo hicieron, muertos de vergüenza al principio y de risa después.

Andrea tenía que reconocer que a Erik le gustaba el morbo, hacerlo en sitios públicos y provocar a los que tenía delante. Ella, tan tímida siempre, perdía el sentido del pudor con él y llegaba un momento en el que también lo necesitaba.

Uno de los momentos que más le gustaba recordar era una de los primeros reencuentros: Tras coger un taxi, la mano de Erik se deslizaba por debajo de su vestido Las miradas fugaces del conductor se reflejaban en el espejo. No sabía decir si le producían más placer sus caricias o saber que alguien les estaba mirando. Andrea observaba al taxista. Su fija mirada desvió la del conductor, mientras ella intentaba ahogar cualquier sonido que pudiera delatar lo que estaba ocurriendo.

A Erik le encantaba hablar con los taxistas en esta situación. Sus dedos acariciaban su clítoris mientras a ella le hubiera gustado acariciar las partes más íntimas de su novio, pero nunca lo hacía. Así iban atravesando las calles de Madrid mientras la vida continuaba fuera del vehículo y Andrea quería mucho más.

Una de sus fantasías sexuales era ir a Nueva York y hacer el amor en una limusina. Todavía no lo había propuesto pero esperaba que Erik le diera esa sorpresa así algún día.

Al final decidió llevarse los dos conjuntos. Eran bonitos, sugerentes y elegantes. Estrenaría uno esa noche y cuando Erik llamara se lo diría. A su regreso se pondría el otro y haría una cena especial, con velas. Quería vivir otra velada inolvidable.

Ya en casa decidió darse un baño relajante de sales. Encendió un incienso y puso música romántica. Se metió en la bañera y permaneció en ella algo más de media hora, mimándose, deseando que llegara la noche para volver a oir su voz.

Llamó a Carla para suavizar la espera.

–          ¿Qué tal, querida? Preguntó su amiga al otro lado de la línea.

–          Estoy dándome un pequeño lujo: un baño con sales. Relajación total.

–          ¿Dónde está Erik?

–          En Escocia. Tenía una reunión. Pasará allí tres días. Tengo ganas de verle, la verdad, y eso que se ha ido esta mañana…

Carla se rio. Sabía lo enamorados que estaban. Ella había sido testigo de aquel amor desde sus inicios. Se dio cuenta de las chispas que saltaban cuando se conocieron y supo inmediatamente lo que iba a pasar aquella primera noche cuando les vio salir de la discoteca. Por eso no le extrañó que Andrea no apareciera por el hotel y a la mañana siguiente tuvo que salir en su búsqueda, extrañada por la falta de noticias. Les encontró dormidos en la playa, con cara de felicidad…

Ambas se conocían desde adolescentes. Siempre juntas, habían atravesado por diferentes etapas con la mayor de las complicidades y, aunque Andrea fuera una gran enamoradiza, Erik había hecho que solo tuviera ojos para él. Carla sabía que Andrea vivía por y para él y que el sentimiento era mutuo. Y, en cierta forma, les envidiaba… En sus ojos se reflejaban la chispa del amor y del deseo, provocando la envidia de todos los que tenían a su lado.

–          Adivina qué ha hecho Erik hoy…

–          Ni idea.

–          Me ha enviado un ramo de rosas precioso y yo le he mandado una foto con sus rosas adornando las zonas de mi cuerpo que más le gustan.

–          Seguro que le ha encantado tu regalo, más que nada porque le habrá pillado por sorpresa.

–          Síiiiiiiiiiiiiiiii. Estaba en la reunión cuando lo ha recibido ja, ja. Imagina su cara… habrá sido todo un poema…

–          Puedo imaginarlo… Momento memorable. Seguro que el resto de participantes en la reunión habrían pagado para ver la foto. ¿Qué vas a hacer esta noche? ¿Salimos a cenar?

–          Nooooooooo. Erik ha quedado en llamarme. Creo que va a querer hacer el amor por teléfono. Sabes que le encanta hacerlo cuando estamos separados unos días.

–          Sí, lo sé. La verdad es que no sé cómo lográis mantener la llama viva después de tanto tiempo, yo nunca lo consigo.

–          Tengo que reconocer que ha sido una gran suerte encontrar a Erik y te lo debo en parte a ti.

–          No me debes nada. Fue él quien se fijó en ti en aquel semáforo y el que ideó el plan de la discoteca para conocerte. Ahora tengo que colgar. Ya me contarás qué tal la llamada de esta noche…

Ambas se despidieron riéndose mientras Andrea salía de la bañera. Ya faltaba menos para que Erik llamara y hacer el amor telefónicamente. Aunque eso era lo que Andrea creía porque los planes de Erik eran otros…

Cuarto capítulo

Tumbada en la cama, con el picardías blanco y zapatos
de tacón de aguja negros, de 10 centímetros, como a Erick le
gustaba, Andrea esperaba impaciente la llamada. Erick no había
dicho a qué hora telefonearía pero a ella le extrañaba el retraso.
Era cerca de media noche y nunca solía llamar tan tarde.
Media hora después la llamada llegó pero no era el número
de su novio. Andrea respondió.
– ¿Hola?
La voz de Erick sonaba extraña.
– Perdona el retraso. He tenido un día un poco extraño…
Durante la comida nos han robado. Estábamos en uno de los
mejores restaurantes de la ciudad, hemos dejado las cosas
encima de la mesa durante unos minutos porque queríamos ver
las vistas desde la magnífica terraza y cuando hemos vuelto…
no estaban ni nuestros maletines ni mi teléfono… Se me olvidó
cogerlo…
– ¿Cómo puede ser que haya sucedido esto en un lugar
tan chic?
– El dueño no puede explicárselo. La policía piensa que ha
sido un camarero. Iniciarán una investigación. He tenido que
comprarme un teléfono urgentemente… Tenía una llamada muy
importante esta noche… ¿Dónde estás?
– En nuestra cama…
– ¿Qué llevas puesto?
– Un picardías muyyyyyyyyy sugerente…
– ¿De qué color?
– Es una sorpresa, quiero que lo veas cuando vuelvas…
– Te diría que me enviaras una foto pero prefiero imaginarlo.
Lo veré cuando vuelva a casa… Respecto a la fecha de vuelta,
me temo que voy a retrasarme un par de días. El cliente es
bastante reticente a algunos puntos del proyecto y tenemos que
convencerle como sea. Nos ha dado dos días más de plazo.
– Oh, noooooooooooo. ¿Qué voy a hacer tantos días sin ti
en esta cama tan grande?
– Puedo darte algunas ideas…
– Creo que ya las he puesto en práctica…
– Ah sí… ¿puedes adelantarme algo?
Un pitido sustituyó la voz de ambos.
– Erick, Erik… dijo Andrea. Pero un pitido fue todo lo que
obtuvo por respuesta.
Definitivamente no era su día de suerte con el teléfono.
Guardó en la tarjeta SIM el nuevo número cuando de repente
sonó el timbre de la puerta.
Rápidamente se puso una bata y salió disparada a abrir,
aunque antes miró por la mirilla. No eran horas de visitas. Al otro
lado vio a un mensajero con un paquete.
– ¿Quién es?, gritó.
– Soy un mensajero de SEUR. Traigo un paquete para Andrea
Zabala de parte de Erick Schmit.
Andrea abrió la puerta con cuidado. Le extrañaba que Erick
le enviara algo a esas horas pero era cierto que era el hombre
más impredecible que conocía…
– Buenas noches, dijo el mensajero, mientras le entregaba
el paquete. ¿Puede firmar aquí, por favor?
Andrea lo cogió. Apenas pesaba… Firmó y se despidió con
un “Buenas noches y gracias”.
Dejó el paquete encima de la mesa del salón y fue a por unas
tijeras a la cocina para abrirlo. Tenía que reconocer que Erick era
una sorpresa constante y eso la encantaba.
Al abrirlo no se sorprendió. En el interior un antifaz y unas
esposas, junto a la colonia que tanto les gustaba a los dos.
Al lado una nota: “Ponte un poco de colonia, coloca las esposas
en tu muñeca izquierda y engánchala a la cama. Deja la llave
en la mesilla. Ponte el antifaz pero antes coge el móvil y pon
el manos libres. Espera mi llamada…”
Erick, Erick… pensó, mientras una amplia sonrisa iluminaba
su cara. Se dirigió a la habitación. Sentada en la cama olió la
colonia. Siempre le recordaba a él porque era la primera que le
regaló y desde entonces era fiel a la misma. Roció su cuello con
ella. Extrajo las esposas y la llave y se la puso en la mano
izquierda, tal y como Erick había sugerido. Las enganchó a la
cama y puso la llave a su alcance. Tras esto dejó el manos libres
preparado y se puso el antifaz. No veía absolutamente nada…
pero no importaba. Solo esperaba que la llamada se produjera
pronto. Estaba muy excitada…
El teléfono sonó. Se quitó el antifaz durante unos segundos
porque no acertaba con la tecla.
– ¿Ha llegado mi regalo? Preguntó una sugerente voz
al otro lado.
Inmediatamente volvió a colocarse el antifaz.
– Sí, respondió. Ha llegado y he seguido tus instrucciones.
La impaciencia puede conmigo en este momento. Me gustaría
que estuvieras aquí…
Erick abrió sigilosamente la puerta y se adentró en su casa.
– Lo siento. Tardaré más de lo previsto pero como puedes
comprobar, no dejaré que te olvides de mí ni un segundo.
Hablaba mientras se dirigía a la habitación. Se quedó
mirando en la puerta a Andrea en todo su esplendor. El picardías
era muy sugerente, con encajes que dejaban entrever las partes
más eróticas de su cuerpo.
– ¿Y si voy yo a verte? No creo que pueda aguantar tantos
días sin verte…
Lo que menos imaginaba Andrea era que él había decidido
adelantar el viaje para estar con ella y que estaba a pocos
centímetros de ella.
Los ojos de Erick estaban devorando su cuerpo. Comenzó a
quitarse cuidadosamente la ropa para no hacer ruido.
– ¿Sabes qué me gustaría hacer ahora?, preguntó. Oler tu
perfume, sentir tu piel, acariciarte lentamente, que mis manos
vayan quitando tu ropa interior blanca…
– ¿Cómo sabes que es blanca? No te he dicho el color…
– Lo imagino, sabes que me gusta imaginar… No solo
es blanca sino que tiene encajes, dejando traslucir tus pechos.
Los zapatos también son nuevos y preciosos. Has encendido una
vela y te gustaría que te acariciara… así…
Su mano acarició el brazo que estaba amarrado a las
esposas y Andrea sintió un escalofrío.
– Erick, estás aquí, dijo mientras se quitaba el antifaz.
Erick no respondió. Simplemente se abalanzó sobre ella…

Autor: Plataforma de amor

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