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Bajo las escaleras

Tercer relato de Ernesto Michenco, desde México, para Plataformadeamor.com: “Bajo las escaleras”: Gracias de nuevo Ernesto.

BAJO LAS ESCALERAS

Fue un día normal de trabajo en el Conalep, “Huixquilucan”, disfrutando de un clima agradable. A pesar del sol que resplandecía, con poder en lo alto, de vez en cuando una brisa fresca recorría los jardines del plantel. La vista es fantástica. Esta parte del estado de México es la más verde en época de lluvias. El verde es el color que destaca sobre todas las cosas en una variedad infinita de tonos propia de la zona boscosa del estado.
Pero el trabajo, que también es una necesidad; obliga y es necesario salir del embeleso del paisaje.

En el cubículo de maestros hay solamente tres profesores y se está planeando una capacitación pedagógica a la que tenemos que asistir. Todavía no llega toda la plaza magisterial. Pude sentarme un momento y divagar mi mente mientras empieza la capacitación. Son las 9 de la mañana.
Cuando la hora se acerca se puede escuchar el murmullo de los profesores, los alumnos y las personas encargadas de la capacitación. Mis amigos se acercaron a saludarme. Los alumnos se amontonan alrededor de nosotros. Somos cuatro. Nos apodan “los reyes malos”, por aquello de los tres Reyes Magos (Melchor, Gaspar y Baltasar) pero nosotros nos autonombrábamos (“malhechor”, “gastar” y “va a saltar”), (Héctor, Gustavo y Román), respectivamente; pero falta uno que se llama David; él era el rey David.
La capacitación consistió en métodos de enseñanza. Fue muy amena pero también divertida. De lejos pude ver a Yolanda con sus compañeras, maestras apenas. Intercambiamos unas cuantas palabras. La saludé de beso, pese a que no le gustan las manifestaciones de cariño en público. Me dijo que se iba a ir apenas terminando la capacitación, pues le tocaba salir con su novio.
Poco a poco se fueron marchando hasta que el plantel volvió a quedar en silencio. Los cantos de las aves ya se podían escuchar. Son, si acaso, los sonidos más relajantes que me gusta escuchar. Eran las 4 de la tarde. A mi parecer Yolanda ya se había ido pero no; mientras yo estaba en el cubículo de maestros ella llegó. Me dijo que si le podía hacer un favor. No dudé en decirle que sí. Me dijo que le había ocurrido un accidente con su periodo menstrual y quería que viera si su ropa estaba manchada de sangre. A veces es mal momento para llevar vestido blanco. Tenía puestas unas medias blancas. Le pregunté que cómo, a lo que ella me respondió. “voy a subir al primer piso y cuando baje, fíjate por debajo de las escaleras, pero fíjate bien”. Al principio pensé que me estaba tanteando pero como empezó a subir las escaleras, pude darme cuenta que tan en serio estaba hablando. Ya en el primer piso se asomó. Yo le dije que si ya, entonces ella empezó a bajar las escaleras. Lentamente, al principio. Me sentí incomodo, nervioso. Tenía miedo de que alguien viera mis intenciones.
No había manchas de sangre, lo que vi no sé con qué compararlo. Solo sé que fue una visión muy excitante. Llevaba puestas unas medias blancas que en el resorte que prensaba sus muslos tenia moñitos rojos, llevaba puesto un liguero muy ligero en color rojo, sus bragas eran blancas, pude ver el puente de algodón de sus bragas que sugerían algo abultada su vulva, una línea discreta que dejaba apreciar la entrada de su vagina.
La respuesta no se hizo esperar- La erección que presenté no la podía ocultar. Mi voz empezó a temblar con la sola presencia de Yolanda. No pude responder a sus preguntas pero tampoco escuché lo que me preguntó. Mi cuerpo también tenía un ligero temblor. De reojo pude ver cómo se reía de esta situación y mi forma tan torpe de reaccionar. Se me subió un calor a la cara, estaba totalmente rojo y ya estaba sudando. Me faltaba el aire. Estaba tratando de controlar mis impulsos para no abalanzarme sobre ella con el propósito de tener sexo. La excitación fue tal que incluso experimenté un dolor intenso que no sé si me dolían los testículos o el pene completo. Ya estaba escurriendo líquido precoital cuando me agaché tocando mis partes nobles por el dolor extremo que estaba sintiendo. Estaba al punto del desmayo. Yolanda quiso ayudarme a incorporarme pero no podía. Varios de los maestros, cuando se dieron cuenta de que estaba en el suelo retorciéndome de dolor, me ayudaron a levantarme. Aun en la silla donde me habían sentado, el dolor era insoportable. No aguanté más y por fin me desmayé.
Ya en la enfermería, después de 20 minutos, desperté por fin. Yolanda me estaba esperando. Me dio un beso pero creo que no estaba para soportarlo. Sentí un dolor leve y preferí no dar muestras de cariño. Estábamos esperando la salida del autobús; subimos. Después de pagar nos instalamos en los asientos, más o menos a la mitad, entonces Yolanda volteó hacia mí y me dijo que; qué me pareció su vestimenta

  • ¿Te gustó?
  • Me fascinó, respondí.

Le comenté eso del liguero y cómo reaccionaba a ese tipo de estímulo.

  • Pero que te pasó; no íbamos a tener sexo frente a todo mundo ¿verdad?
  • Qué bárbara eres. Ese control me ocasionó mucho dolor. Estás preciosa. Siempre me has gustado y sigo enamorado de ti.

Quisimos reanudar lo que empezó. No pude hacerlo, la simple erección me causaba dolor. Tuvieron que pasar tres días.
Posteriormente le pregunté a Yolanda por qué no salió con su novio en esa ocasión. Estaba molesta porque, como de costumbre, no tenía tiempo para ella. Ese día quería que fuera especial para los dos pero como te sobreestimulé, ya no pudimos tener relaciones sexuales.

  • Ardo de ganas por un poquito de eso… Tú sabes; eso que solo tú me sabes dar.
  • ­ Mmmm… Necesito primero ir al auditorio del parque de la juventud y quiero que me acompañes. Es un encargo que me pidió uno de mis alumnos. ¿Quieres ir?

Me dijo que sí y nos encaminamos hacia el auditorio. No llegó el estudiante que estaba esperando. Al pasar sobre las áreas verdes y calculando que casi no había gente; la besé con fuerza y con unas ansias como si nunca hubiera tenido sexo en mi vida. Besé su cuello, su boca hasta su cabello, mientras le iba bajando los jeans. Oprimí sus senos, rasguñé su espalda, acaricié sus nalgas. Con la cabeza de mi pene rocé los labios de su vagina, su clítoris. Acaricié sus piernas también. Ya estando al punto; penetré lentamente su intimidad y mezclamos nuestros jadeos y quejidos en una sinfonía musical, hasta llegar a una explosión exquisita. Después de terminar nos limpiamos y nos vestimos. Me dijo que me había desquitado por lo de aquel día. Lo único que contesté fue:¿ qué te pareció? Si quieres hasta aquí la dejamos. Bueno, en el caso que no te haya gustado; pero, si te gustó, la recomendación es probar otras dos veces para poder tomar una decisión.

  • No te mordiste la lengua, fue lo que me respondió.
  • Ay; Yolanda. La lucha se le hace; la suerte es mala.

Nos empezamos a reír como un par de locos. La fui a dejar a su casa.
Los momentos que vivimos es algo que siempre recordaremos en nuestras vidas. Aunque no hayamos sido novios, estoy seguro que lo recuerda y si puedo lograr un orgasmo con mi simple recuerdo; me considero pagado.

Ernesto Michenco

 

Autor: Plataforma de amor

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