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69 en el 94

Publicamos este relato breve que nos envía Johny Wraiter. ¡Muchas gracias!

Invierno. Una mañana del año 94. Había terminado de cumplir los 18. Sí, ya ves, tengo un pasado. Estaba sola, como muchas veces, como casi siempre últimamente. Chema estaba fuera todo el fin de semana, con el grupo de amigos (¡y amigas!). Yo, como siempre, no le había podido acompañar:

– ¿Dónde quieres ir tú, tan pequeña, con esa gente tan mayor?

– ¡No me quiero pasar todo el tiempo cuidando de mi hermanita!

Mis padres habían ido a esquiar. Yo, como muchas veces, como casi siempre últimamente, no les había querido acompañar. Una vez sola, en casa, me arrepentía de no haberlo hecho, la verdad. Pero si alguna vez, en aquellos últimos tiempos, iba con ellos, me arrepentía de haberlo hecho. La nieve me encanta, pero ir con los padres apagaba aquel hechizo, convertía en oscuridad el resplandor que recordaba de la nieve de mi niñez. Ahora, años más tarde rebosantes de pérdidas, vendería el alma por estar con ellos, por poder disfrutar, aunque fuera un minuto, de su compañía. Poder oír un consejo, cualquiera de aquellos entonces tan abundantes y que tanto me molestaban.

El frío no me invitaba a levantarme. Había querido dormir desnuda, completamente. Era la primera noche que lo hacía, quería ver qué sensación tenía. La verdad es que en la cama, abrigada por infinitas mantas, estuve muy bien. Me sentía libre, mágica, especial, ligera, vaporosa. ¡Podría haber hecho un anuncio de compresas y todo, sin desentonar! Bueno, debía levantarme pronto, Montse estaría por llegar. ¡Qué rollo tener que estudiar incluso en los fines de semana! ¿Pero quién se quería levantar de la cama viendo la ventana completamente empañada por el frío que reinaba en el exterior? Estaba bien tapada, hasta la frente. Entonces tocó el timbre.

– ¡Montse! ¿Ya? Me dijo que vendría a las 10 y apenas son las… 10 menos 10. ¡Esto no es ser puntual, esto es pasarse!

Fui a abrir la puerta, aún totalmente desnuda pero algo cubierta con la sábana. No, no era Montse. ¡Era Juan!

– Me dijiste que podía estudiar con vosotras y…

Es cierto. Le había dicho que podía estudiar con nosotras. Como tantas otras veces. Una manera como otra de intentármelo ligar. Una manera, como las otras, que hasta ese día habían fracasado estrepitosamente. Estaba encantador. Y sorprendido, con unos ojos muy abiertos, cerca de salirle de las órbitas.

– Pero, ¿dónde vas así?

¿Mi respuesta? Un abrazo, un beso en los labios, una sábana en el suelo, un susurro, ternura extraordinaria, contrabando de sensaciones… Montse llamó muchas veces a la puerta. Pero ese día no abrí la puerta. Durante toda la mañana y toda la tarde. Había ido a la nieve con mis padres, oficialmente.

Mi despertar sexual no supuso, contra mi voluntad, mi primer lazo afectivo. Juan estaba enamorado de otra. Poco después me tuve que hacer a la idea y, tras muchas lágrimas, aceptar que no era mío, que nunca lo había sido ni lo sería.

Juan nunca ha explicado a Montse, su novia desde el 95 y esposa desde el 99, que ese día, que ahora jocosamente llamo el día del 69 del 94, él y yo nos estudiamos de verdad, a fondo. Con él, de maestro privilegiado, aprendí lo que nunca me había ni imaginado que se pudiera aprender, las lecciones que nunca olvidaré y que todavía hoy me derrito de sólo recordarlo.

Johny Wraiter

Autor: Johny Wraiter

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